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Afectar lo monstruoso en tanto ética del psicoanálisis. Frankenstein y la subjetividad de la época

por Fracuelli, Paola Gabriela

Universidad de Buenos Aires

Resumen:

Es motivo de la presente investigación continuar con el trabajo realizado por Eduardo Laso en Creadores y padres en el mito de Frankenstein (2026) con el fin de articularlo a las presentaciones clínicas de la época, signadas por la dificultad de localizarse subjetivamente respecto al deseo del Otro. Presentaciones en las que predomina la posición de objeto de goce para el Otro sin velo, siguiendo los planteos de Diana Rabinovich en su libro Clínica de la pulsión: las impulsiones. (1985). Articularemos estas dificultades en la constitución subjetiva en tiempos instituyentes, con la última versión del film Frankenstein de Guillermo del Toro. Pondremos el acento en la intervención de la figura femenina, Elizabeth, en consonancia con la función del analista ante estas presentaciones clínicas en las que el Otro se presenta desde la omnipotencia, en su vertiente de goce desenlazado del deseo.

Palabras Clave: transferencia | afectación | ética | responsabilidad-subjetiva

Affecting The Monstrous as The Ethics of Psychoanalysis: Frankenstein and Contemporary Subjectivity

Abstract:

The purpose of this research is to continue the work carried out by Eduardo Laso in Creadores y padres en el mito de Frankenstein (2026), aiming to articulate it with contemporary clinical presentations characterized by the difficulty of subjectively locating oneself regarding the desire of the Other. These are presentations where the position of an object of jouissance for the unvailed Other predominates, following the formulations of Diana Rabinovich in her book Clínica de la pulsión: las impulsiones (1985). We will articulate these difficulties in subjective constitution during instituting times with the latest film version of Frankenstein by Guillermo del Toro. We will place special emphasis on the intervention of the female figure, Elizabeth, in consonance with the analyst’s function when facing these clinical presentations where the Other appears from omnipotence, in its facet of jouissance unlinked from desire.

Keywords: transference | affectation | ethics | subjective-responsibility


“La invención no consiste en crear desde el vacío sino del caos”.

Reflexión de Mary Shelley, autora de Frankenstein (1816), que nos conduce a una pregunta. ¿A qué nos referimos en psicoanálisis cuando hablamos de invención?

No cabe duda de la trascendencia que tuvo la obra literaria llevada a la adaptación cinematográfica, para el nacimiento de un estilo: la ciencia ficción.

Pero resulta pertinente diferenciar la invención de una obra, de la juntura de restos que dan por resultado una creación monstruosa. No es lo mismo amalgamar fragmentos, al modo de un collage, con una orientación estética, que lo que le ocurre al experimentador, protagonista de la trama.

Continuando con la línea de investigación de Eduardo Laso en Creadores y padres en el mito de Frankenstein (2026), la juntura de restos cadavéricos que realiza Víctor en la trama, y de la que resulta una criatura monstruosa, podría ser leída desde el psicoanálisis como lo opuesto a la invención. Lacan elabora este término ligado específicamente al campo del deseo. Es más, alude con ello a lo que resulta esperable en el trayecto de un análisis. La invención de un nombre propio más allá de la demanda del Otro. La invención de un deseo a nombre propio.

Nos interesa indagar respecto de los efectos monstruosos que resultan del no haber sido alojados en el deseo del Otro, tal como ocurre con Frankenstein, a quien ni siquiera se le ha donado un nombre. Se lo llama así en alusión a su creador, Víctor Frankenstein. Tal como lo señala Laso, el experimentador utiliza el indicativo it para referirse a su criatura, en tanto cosa no humana.

Pero específicamente, pondremos relevancia en los efectos de humanización que se van produciendo en el desarrollo de la trama, a través de la presencia de Elizabeth, en articulación con la función del analista y su ética.

“Como en el devenir de un tratamiento, en la experiencia estética hay algo que circunscribe un punto real imposible de simbolizar. El cine como pasador de lo real al campo de lo simbólico a través de la imagen permite que algo pueda ser leído ahí, cada vez”. (Michel Fariña, Laso, 2019)

En “Dos notas sobre el niño” (1969) Lacan habla de un deseo que no es anónimo, poniendo relevancia en cómo ha sido transmitido el deseo del Otro.

El tema que nos ocupa son aquellas presentaciones clínicas en las que el Otro no se presenta desde la carencia sino desde la omnipotencia, completo. Dificultando entonces la ecuación simbólica niño-falo imaginario, en el campo de lo que se denomina síntomas contemporáneos o patologías actuales.

En “Conferencia en ginebra sobre el síntoma” (Lacan, 1975-76, p.15) dice:

“Bien sabemos en el análisis la importancia que ha tenido para un sujeto, quiero decir para lo que en ese momento no era todavía sino nada de nada, la manera en que ha sido deseado. Hay personas que viven bajo el golpe… del hecho de que uno de los dos padres... no los ha deseado. Es precisamente eso, el texto de nuestra experiencia de todos los días… la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar no puede más que llevar la marca del modo bajo el cual los padres lo han aceptado. Sé bien que hay en esto todo tipo de variaciones, y de aventuras. Incluso un niño no deseado puede… ser mejor acogido más tarde. Esto no impide que algo guardará la marca de que el deseo no existía antes de una cierta fecha.”

Entonces, que un niño no sea deseado no quiere decir que no pueda ser mejor acogido más tarde. Ahí entra en juego la función analista en tanto fundante de un alojamiento, allí donde nos encontramos con el desamparo. Esto ha sido elaborado por Lacan en el seminario La angustia al abordar el deseo del analista a través del caso Frida de Margaret Little.

Por otra parte, nos resulta relevante acerca del planteo de Lacan en Conferencia en Ginebra sobre el síntoma, que el no deseo del Otro, se inscribe. Es fechable dice el autor. Es decir, que esas marcas tendrán que ser leídas y entonces reescritas, porque implica un duelo en juego ese lugar que no hubo en el deseo en tiempos instituyentes. Presentaciones clínicas en las que se juega una mostración a la espera de ser leída. Continuando con el planteo de Diana Rabinovich en su libro “Clínica de la pulsión: las impulsiones” (1985), el fantasma fracasa en su función de soporte del deseo, presentándose en su vertiente de goce. El sujeto se muestra entonces sin velo como objeto de goce del Otro.

Volviendo a la criatura monstruosa de la trama, podemos hacer una lectura refiriéndonos a la última versión de Guillermo del Toro, respecto a la diferencia que introduce la presencia de Elizabeth. En las versiones anteriores, la figura femenina queda relegada a su función de partenaire de un hombre. De hecho, en el último film también se reduce, hacia el final de la trama, la complejidad y riqueza que venía representando lo femenino, al amor romántico que también se pone en juego en las ediciones anteriores y que, justifican luego, la realización de una secuela: La novia de Frankenstein.

Nos interesa articular la figura de Elizabeth con la función analista en tanto posibilidad de fundar un deseo en el Otro, allí donde fue fallida su transmisión en tiempos instituyentes.

Víctor, es hijo de un padre que no lo ha alojado en su deseo. Es, como el hombre de las ratas, fruto de un matrimonio por conveniencia.

El protagonista relata: “Mi padre era un barón y cirujano prominente que se casó con mi madre porque su dote era considerable y su linaje, noble. Proveyó a mi padre de los medios para conservar su rango y su patrimonio”. Las escenas que acompañan el relato, nos permiten captar la carencia amorosa jugada en la transmisión paterna. El no deseo en juego respecto a este hijo, Víctor. Haciendo de la transmisión respecto de su propio deseo en relación a la experimentación científica, un adoctrinamiento. Convirtiendo de esta manera a su criatura, Víctor, en un apéndice de aquel que ocupa el lugar de padre. Ese lugar de omnipotencia será el que justifique la interpretación que realiza Víctor respecto de la muerte de su madre, quien sí había estado a la altura de su función.

El protagonista le reprocha a ese Otro cruel y caprichoso encarnado por el padre: “La dejaste morir”. Confirmando, una vez más, que no cuenta con los recursos para horadar eso que se le presentifica como goce del Otro. Si es un médico intachable, un Otro sin barra, compacto ¿cómo explica que no sea capaz de evitar la muerte? Pero sobre todo, hay una lectura acertada de este hijo, de la incapacidad de amar en ese hombre, tanto a esa mujer, como al producto de su relación con ella.

Es en esta coyuntura dramática, que redobla el trauma estructural, en el que Víctor decide ir más allá de su padre, pero sin haberse servido de él, tal como lo plantea Lacan en el Seminario 23 (1975-76, clase 13-4-76).

Allí donde el padre le responde: “nadie puede vencer a la muerte”, el hijo sanciona “yo lo haré”. Víctor no recibe esta respuesta como transmisión de la castración, porque no llega desde el amor. Por el contrario, allí donde en principio podía cuestionar de alguna manera lo caprichoso de este padre, ahora pasa a ocupar su lugar. Frente a la confrontación con la castración que representa la muerte de su madre, responde renegando de la misma e identificándose a ese rasgo de omnipotencia que otrora podía cuestionar. Queda claro en la trama que la búsqueda maníaca de renegar de lo imposible, se enlaza a una solución sintomática que le evita la angustia.

Es en medio de esta búsqueda frenética ligada a un imperativo superyoico, que aparece una contingencia. La entrada en escena de una mujer. La prometida de su hermano. La decisión del director del film, de convocar a la misma actriz para que represente a la madre de Víctor y a Elizabeth, nos allana el camino para situar su relevancia respecto de la entrada de la vertiente del deseo allí donde Víctor se había identificado a un rasgo de omnipotencia paterna y al mismo tiempo, se muestra como objeto de un goce obsceno desenlazado del deseo.

El detalle del color rojo que en un principio viste a la figura materna, se desplazará en distintas escenas dejando pasar el rasgo cautivante, el agalma, que hace a la causa del deseo entramado en la novela edípica.

En este tiempo de desborde, Victor mostraba ser el producto desafectado de su padre. A través de lo femenino, entra una orientación deseante, humanizante. En la trama, el acento está puesto en la vertiente romántica del amor. Pero nos interesa poner relevancia en el gesto de amor ligado a la función analista. Víctor encontrará en esta mujer, aquellos rasgos maternos que, si bien no lograban limitar la ferocidad del capricho paterno, cumplía una función de pacificación para este hijo.

Es decir, retroactivamente, por los efectos en él, podemos leer que esta madre, aun estando a la altura de su función, no logró transmitir una legalidad que le permitiera un mayor recurso simbólico para salirse de las fauces del superyó.

Elizabeth es una mujer interesada en la exploración científica. Pero, allí donde para Víctor todo era posible, introduce la vertiente ética. El No todo, lo imposible, permite que se construya un borde, y entonces lo posible. Su función, en tanto semblante de a, agujerea ese aparato simbólico, el científico en este caso, permitiendo inscribir un borde que oriente, desde una perspectiva deseante, el horizonte de lo posible. Pero también será la vía para que pueda llegar a un atisbo de responsabilidad subjetiva. A la altura del seminario Aún (1972-73), el a es el nombre de la falla o de la pifia, según la traducción. En transferencia se va incluyendo el a causa de deseo, como elemento heterogéneo. Reservorio libidinal que no pasa al espejo del gran Otro. El a en tanto falla que el analista semblantea, permite equivocar las marcas que llegan del discurso del Otro, de la novela familiar, para recuperar la función creadora del significante. Cuando en transferencia van entrando las diferencias con lo que se supone el único destino posible para el neurótico, cuando se van viendo y escuchando las consecuencias aplastantes de la fusión al Otro, se abre la posibilidad de reescribir esas marcas. Hasta que las sagradas escrituras o discurso del Otro no sea puesto en cuestión, funciona como voz superyoica o destino neurótico. Podríamos pensar, a la espera de ser leído/borrado para de allí advengan nuevas escrituras. A medida que se empieza a torsionar la cadena significante que mortifica, angustia mediante, se crea la oportunidad para que produzcan verdaderos movimientos ligados a la posibilidad de la construcción de una libertad posible. La palabra va perdiendo su mordaza al tiempo que se va revelando la estructura significante que la determina y su límite real. No todo es simbolizado, ni simbolizable, en el discurso del Otro. Así como tampoco en la identificación imaginaria en el espejo. Hay un margen de libertad, borde real del significante que permite el movimiento de sentidos fijos y la creación de nuevas escrituras que tocan el cuerpo.

En el primer encuentro, entre Víctor y Elizabeth, luego de que él explique frenéticamente su búsqueda experimental en torno a “la regeneración de la vida por medios físicos y químicos", esta mujer realiza una intervención que incluye la castración, haciendo referencia a un más allá del cuerpo biológico.

Tras una pequeña risa irónica de ella, Víctor pregunta: “¿No valen la pena mis ideas?”. A lo que Elizabeth responde: “La guerra, por ejemplo. No creo que valgan la pena las ideas por sí mismas. Honor, país, valentía. Sin duda son ideas elevadas que merecen la pena en sí mismas. Sin embargo los hombres pierden la vida por ellas. Y no de una manera elevada. La pierden boca abajo en el lodo, ahogándose en su sangre, gritando de dolor. Hombres que eran padres, hermanos o hijos de alguien… solo para morir en un campo de batalla alejados de quienes provocan estas tragedias. Eso pasa cuando los tontos persiguen sus ideas.

Él pregunta: ¿me está diciendo tonto?”. El silencio de Elizabeth permite que comience a entrar alguna resonancia.

A través de estas palabras, entra una arista que el protagonista se saltea en su búsqueda personal. Él está deshumanizando a aquellos a quienes les quita partes de su cuerpo para experimentar. Cuerpos doblemente abusados. Primero, objeto desecho para aquellos que detentan el poder de enviarlos a una guerra, y ahora restos para ser reutilizados en una investigación científica.

Allí donde reniega de la muerte, por lo insoportable del dolor que le causó la pérdida de su madre, le retorna desde esta mirada, algo desconocido de sí.

Se ha convertido en el padre feroz para quien él no ha sido más que un objeto de adoctrinamiento. Aún no decanta en concernimiento, pero será a través de esta figura femenina, que se irá afectando aquello que no lo está en un principio.

Es por este motivo, que leeremos a través de la intervención de Elizabeth, la función del analista en articulación con el recorte clínico.

Será luego de la concreción de la criatura, que Víctor tendrá la posibilidad de arribar o no a una implicación subjetiva, nuevamente a través de la diferencia que introduce Elizabeth respecto de la misma. Allí donde Víctor parecía, en un principio, cuidar de la criatura, prontamente se revela que solo le importa en términos de ser de su propiedad. Tal como hiciera su padre con él, representa un objeto de goce. No es fruto de un deseo de hijo, siguiendo la línea de Laso. Ni siquiera le ha sido asignado un nombre.

En una escena se representa lo que Lacan trabaja como estadio del espejo pero, tal como lo elabora en el seminario La angustia, la identificación queda en el plano virtual. Víctor le dice frente a la imagen en el espejo: “Ese sos vos”. Pero lo más importante que ubica Lacan, ya contando con su invención del a en este seminario, será un segundo momento. Cuando el niño al girar en búsqueda de la mirada del Otro que lo sostiene, en el mejor de los casos, se encuentra con el asentimiento de que lo que ama realmente es al que está del otro lado del espejo. Aceptando sus fallas. Instaurando la diferencia entre el sujeto en su singularidad y el yo ideal o virtual. Entonces, por un lado se constituye la libidinización de la imagen pero también queda a resguardo que no todo pasa al espejo. A esto Freud, en Introducción del narcisismo (1914) lo llama reservorio libidinal y Lacan va a ubicar allí, a la altura del Seminario 10, el a en función causa de deseo. Lo no especularizable sostiene el lugar del sujeto en su singularidad. Estamos en la vertiente del deseo como causa resistiendo a lo que el Otro puede llegar a nominar, simbolizar o representar.

Cuando este segundo tiempo no se constituye con eficacia, el sujeto por advenir, puede quedar identificado al yo ideal, es decir al virtual, pegado al fondo del espejo, sin recursos suficientes para sustraerse de lo que interpreta como demanda del Otro. Recordemos que la constitución de la imagen o yo ideal en el espejo está sostenida por el Otro de los primeros cuidados. Si el Otro no acepta al niño con su mancha, en su singularidad, la mirada se vuelve superyoica. Falla la constitución del ideal del yo que funciona como la terceridad o distancia necesaria para no quedar pegado al yo ideal que es equivalente a lo que se supone demanda el Otro. El trabajo del análisis entonces, tenderá a producir esa operatoria. Deponer la mirada superyoica, la mirada que mejor elude la castración, y entonces producir otra que es el objeto escópico, lo inespecularizable, prestando el intervalo para que el sujeto pueda alojarse con su mancha, en su singularidad, preservando lo irrepresentable. Operatoria que no es otra que el deseo del analista, que en estos casos va a requerir, como dice Haydee Heinrich en su libro “Cuando las neurosis no son de transferencia” (1996), que el analista deje más en evidencia, la hiancia que el sujeto no deja de demandar (la autora dice mostración de la hiancia) para que tal vez así, pueda producir la confianza necesaria que hace al lazo transferencial que no va de suyo. Son pacientes que muestran que su vida no vale y que nada de lo que hagamos va a servir para cambiar eso. Tenemos que lidiar con esta falta de confianza sobre todo a partir de la maniobra fundacional de transmitir nuestra falta, para que el objeto al que se identifica el sujeto pueda empezar a ser alojado. En general, son pacientes que por haber sido rechazados, rechazan lo que podamos llegar a interpretar, y es por este motivo que este tipo de intervención no llega. Un ejemplo de este tipo es el caso Frida de Margaret Little, en el que la intervención al modo de la interpretación no llegaba a producir efecto. Hasta que la angustia de la analista, así lo va a decir Lacan en el Seminario 10 cuando aborde el deseo del analista, será la vía para que Margaret Little, se convierta en digna de confianza para esta paciente. Angustia del analista en tanto poner a disponibilidad la hiancia necesaria para que el sujeto pueda alojarse. El intervalo que propicie la pregunta por el deseo del Otro, la pregunta por el que me quiere, “ofertándoles otros decires y otras miradas que dejen trazas amorosas para el advenimiento del sujeto y la apropiación del cuerpo”. (Iuale,2020) Gestos amorosos que transmitan que son dignos de recibir amor. Esta sería la vía primera para que se pueda ir nombrando esto que es mudo, que se ofrece a la mirada del analista: soy un desecho y no hay nada que puedas hacer con esto, para que vaya entrando algo de la deuda simbólica con el analista como operación fundante. Son pacientes que van por la vida haciéndose rechazar, porque repiten ese lugar primero. Entonces si estamos advertidos de esto, en vez de rechazarlos, podemos ver la vulnerabilidad que se esconde tras esa mascarada de hostilidad.

Volviendo al film, resulta interesante que la criatura se reconozca en una imagen inerte que se encuentra colgada en la pared. Una cosa. Este Otro de los primeros cuidados, que no está a la altura de su función, castiga el cuerpo que él mismo ha construido por no poder lograr sus expectativas. Es entonces, cuando algo de lo ominoso entra por primera vez. Al ver la reacción de la criatura, pregunta: “¿vos me tenés miedo a mi?” ¿Quién es el monstruo?

Es en este punto en el que el encuentro entre Elizabeth y la criatura representa lo que entiendo como un gesto de amor fundante. Tal como lo plantea Lacan respecto a aquellos que no han sido deseados por alguno de sus padres.

Elizabeth encarna el deseo del Otro que ha resultado fallido en tiempos instituyentes. Dona la falta para que se produzca el pasaje de objeto de goce a sujeto deseante. Afecta esa masa amorfa hecha de retazos, construyendo entonces, un cuerpo.

Allí donde Víctor, le había prohibido tocarlo, Elizabeth permite la exploración del universo que lo rodea. Se deja tocar y lo toca, lo mira, le habla, tal como lo hace un Otro que está a la altura de su función respecto a la llegada al mundo de una criatura. Nota sangre en su cuerpo y sanciona: “¿quién te ha herido?”

Tal como en un principio había situado la sangre que corre por las venas de aquellos que mueren en una guerra y de la que los Amos quedan intocados.

El deseo del Otro sanciona la diferencia entre un cuerpo biológico, que puede moverse mecánicamente, autómata, de un cuerpo vivo, deseante. Lo humaniza. Con Freud podemos hablar de un cuerpo libidinizado.

La trama argumental pone el acento en el amor romántico, como se dijo previamente. Es por este sesgo que entra la vertiente de los celos de Víctor hacia la criatura, en relación a la mirada de Elizabeth. Y entonces ocurre lo que esperaba el Amo. La criatura habla. Dice el nombre de Elizabeth.

Victor, que estaba al tanto del encuentro que se acababa de producir, le dice a ella: “No deberías acercarte a eso”. “It? pregunta ella. “En esos ojos vi el dolor”.

Víctor desde los celos le reclama: ¿Y mi dolor? De lo que tu me has negado. Lo que mi corazón quiere”. Claro que se refiere a la posibilidad de un romance entre ellos, pero ella vuelve sobre otra vertiente del amor que llama “entendimiento”.

A su reclamo le responde: “¿Tu corazón? De toda la anatomía humana, ese es el órgano que menos comprendes”.

Y da la estocada final: “Solo los monstruos juegan a ser Dios”.

Este es un momento en que se juega una decisión al nivel del deseo. Bien podría haber revertido como concernimiento. Ya que hay una responsabilidad subjetiva inconsciente, en el haber resuelto, tras la vacilación fantasmática que introdujo el fallecimiento de su madre, con la renegación de la pérdida a través de la vía maníaca.

Por el contrario, esto ominoso que entra y le devuelve una arista desconocida de sí, la monstruosidad que genera la renegación de la castración, no le decanta en concernimiento y entonces, el camino hacia la culpa y sus consecuencias es ya previsible. Recordemos que para Lacan solo somos culpables de haber cedido en el deseo. (Lacan, 1959-60)

Al ver, a través del amor, la posibilidad de otro destino, decide dejar pasar la oportunidad de humanizarse, y redobla la monstruosidad en él. Luego de esta escena se desquita con la criatura.

Lacan habla de esta subjetividad, que reniega de la castración, con estos efectos de circularidad infinita, a través del pseudo discurso capitalista.

“Lo que distingue al discurso del capitalismo es la Verwerfung, el rechazo fuera de todos los campos de lo simbólico, de la castración. Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado lo que llamaremos simplemente, las cosas del amor, amigos míos. ¿Ven eso? No es poca cosa.” (Lacan,1972)

La subjetividad que produce es insaciable. Todo es posible.

Lejos de concernirse, desquita su ira con la criatura que genera por primera vez una reacción que él considera peligrosa y justifica entonces, el comienzo de su aniquilación. Claramente es efecto de la resonancia que generó la intervención de Elizabeth lo que produce una vacilación fantasmática, pero nuevamente resuelve vía la renegación. Culpa a la criatura por la muerte del tío de Elizabeth, financista del proyecto de investigación a los fines de sus propios beneficios; que Víctor lo salve de una enfermedad mortal. Este personaje finalmente muere en medio de una discusión con Víctor cuando éste se entera que no hay más dinero para financiar el proyecto. En ese momento, el protagonista utiliza sus últimos recursos para llevar a cabo la concreción de su objetivo, y es esa misma noche cuando despierta la criatura. Hasta aquí el recorte del film del que me sirvo para articular la función del analista allí donde ha resultado fallida la transmisión del deseo del Otro, quedando el sujeto identificado a ser objeto de goce.

El horror que le devuelve primero la criatura, que motiva la pregunta: ¿Vos me tenés miedo a mí?, pero específicamente, la intervención de Elizabeth que le devuelve lo monstruoso de su accionar, no genera un efecto de concernimiento. Muy por el contrario, lo lleva nuevamente a la renegación de la castración. No se deja incautar por eso desconocido de sí que entra como ominoso, sino que lo lleva a la destrucción de ese espejo. Con la destrucción de la criatura intenta renegar de esa imagen en el espejo que le devuelve la mujer amada. Y con esto, las consecuencias mortíferas que lo empujan a la culpa.

En este punto, coincidimos con Laso en que:

“La última versión del mito, dirigida por Guillermo del Toro, propone un final tan forzado, que abre a la pregunta de por qué la criatura perdonaría a su creador, cuando este no ha hecho otra cosa que humillarlo, lo que toca al problema de las condiciones, pero también de los límites, de lo perdonable”.

Y agregamos en la misma línea la pregunta acerca de qué llevaría al creador al arrepentimiento. Entendemos, de acuerdo a lo elaborado previamente, que se encuentra en el terreno de la culpa y no de la responsabilidad subjetiva. No se produce en la trama argumental, algún giro que nos permita captar un punto de advenimiento respecto al concernimiento en su posición subjetiva ante el goce y el deseo.

Para abordar esta temática, partimos del cambio de perspectiva en la formalización del Otro de lo simbólico en el seminario La lógica del fantasma. (Lacan, 1966-67, p.277) Lacan se pregunta qué es el Otro. Y responde:

“...el Otro es el cuerpo... lugar donde poner inscripciones… El cuerpo está destinado a ser marcado. Siempre se lo ha hecho, y el primer conato del gesto de amor siempre consiste un poco en esbozar más o menos el gesto de marcar”.

En la misma línea, en Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los escritos (Lacan, 1973) alude a que el analista tiene la responsabilidad de ofrecer una experiencia amorosa inédita.

“La transferencia es amor… que adquiere allí una forma tan nueva que introduce en él la subversión, no porque sea menos ilusoria, sino porque se procura un partenaire que tiene la posibilidad de responder… esta posibilidad, esta vez viene de mí y yo debo proporcionarla”. (Lacan, 1973, p.584)

Del encuentro con el goce de los otros de los primeros cuidados, o “de los primeros descuidos” como dice Luján Iuale (2022), quedan marcas, trazas que serán traducidas en huellas al ser leídas-borradas.

Serán las sucesivas traducciones de ese agujero, de esa cantidad que introduce el trauma de lalengua, lo que constituirá al Otro de lo simbólico en un segundo momento. Esta nueva formalización implica una orientación en la dirección de la cura ya que permite situar la intervención analítica en tanto operación de lecto-escritura para tramitar el goce de otra manera y entonces producir nuevas escrituras. A la altura del seminario “Aún” (Lacan, 1972-73), lalengua, enjambre zumbante de Unos, será la forma de situar este núcleo traumático, real, del lenguaje.

“El lenguaje es una elucubración de saber sobre lalengua. Pero el inconsciente es un saber, una habilidad un savoir-faire con lalengua. Y lo que se sabe hacer con lalengua rebasa con mucho aquello de lo que puede darse cuenta en nombre del lenguaje”. (Lacan, 1972-73, p.167).

Iuale, L. (2018) plantea:

“Todo el trabajo de ciframiento intentará hacer pasar el goce por el inconsciente. De allí que el inconsciente implique un cierto saber hacer con el trauma de lalengua… El niño padece la “obscenidad” que toda lengua entraña, la cual se presenta al modo de un imperativo que parasita al viviente. (Lacan, 1977, p.39). El ser hablante ha padecido una lengua entre otras y el lenguaje viene a operar como estructura de ficción que permite metabolizar el goce que lalengua conlleva, aunque deje un resto imposible de tramitar.” (2018).

Es decir, será a través de las sucesivas traducciones del “torbellino” que introduce el trauma de lalengua, que se producirá la operación de vaciamiento, e inscripción de ese vaciamiento en tanto letra- S1. Nos interesa articular la función de nominación respecto al “Uno, en cuanto no encierra más que un agujero” (“Aún”, p.153), con la función del analista. Uno que escribe un vacío creando un borde. Este S1 tiene función de cicatriz del agujero, en tanto anudamiento.

En el film, es la presencia de Elizabeth la que libidiniza la masa amorfa hecha de restos cadavéricos, creando entonces un cuerpo. Es a través de la transmisión encuerpo, que articulamos a la función del analista, que se funda entonces un acto de recibimiento al mundo por primera vez. Acto de alojamiento, soportado en el deseo del Otro, que reescribe las marcas y sanciona: “¿Quién te ha herido?”. Se pregunta, a partir del lugar de objeto al que ha ido a parar la criatura, por lo fallido de la función del Otro que lo ha traído al mundo. Lectura que permite en un análisis, dejar de responder automáticamente a lo que se interpreta como goce del Otro. Este movimiento es el que no deja entrar Víctor ante el tono de horror que le devuelve Elizabeth respecto de lo monstruoso de un goce obsceno que lo habita. Se ha convertido en su padre. “Sólo los monstruos juegan a ser Dios”. No cuenta con los recursos necesarios para dejarse incautar por ese saber no sabido que se cifra en el inconsciente, con las consecuencias de la culpa ligada al imperativo superyoico que pide: Goza! (Lacan,1972-73, clase 1).

Por fuera del lazo amoroso, solo queda la destrucción. Algo que en nuestra época es moneda corriente. Lógica de la segregación en la que se apoyan las bases para la emergencia de Amos que como Víctor, jueguen a ser Dios.

El a en tanto escritura de la relación sexual que no hay, lo más propio y a la vez ajeno, ya que no pasa al espejo del Otro permitiendo entonces una ex–sistencia en el borde, lo éxtimo, puede ser vivido como causa del deseo, lo más vivo del sujeto en tanto inhaprensible por lo simbólico, motor del movimiento, o puede irrumpir como persecutorio. Lo no reconocido de sí, cuando deviene rechazo de la castración, puede generar consecuencias mortíferas para el sujeto en tanto hay un empuje a colmar el vacío, con la consecuente impotencia en el lugar de lo imposible. Pero también genera consecuencias en el encuentro con los otros ya que no hay lugar para la diferencia. Soporte de la lógica de la segregación en el intento de hacer de dos el Uno totalizante, a diferencia de la lógica del No todo que incluye lo heterogéneo irrepresentable en el conjunto abierto. El conjunto cerrado, al sostenerse en el adentro y afuera, propicia que la alteridad, se viva como amenazante, sentando las bases para que un Amo encarne el lugar del Ideal en torno al cual la masa se identifica. El lugar del Ideal, siguiendo a Freud, no necesita ser encarnado en un líder. Allí pueden ir a parar consignas.

Es sobre esta lógica tendiente al aislamiento, infatuación del narcisismo y su contracara, la eliminación de la diferencia, rechazo de la castración, que se puede sostener el entramado significante de la época que va desde la concepción de un sujeto autoengendrado, y por lo tanto la apuesta a la voluntad, el sí se puede, con la consecuente idea de que si no se puede es porque no se quiere lo suficiente.

La impotencia recae sobre sí en el lugar de la falta en tanto imposibilidad lógica.

Y en lo referente al prójimo, una tendencia al aislamiento y rechazo porque por algo será que no puede. Otra versión del “algo habrán hecho” que pareciera retornar en la actualidad bajo la forma de lo que se denomina “discurso del odio”. La subjetividad producida por este discurso entendida como individuo, no dividido, propicia la aparición de ciertos significantes Amo (pseudo discurso capitalista) como por ejemplo “los argentinos de bien” en contraposición con los que “quieren cagar en un balde”. Este último corresponde a un dicho del ministro de desarrollo urbano luego de haber perdido las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Esta idea se asocia a otra solución propuesta por una funcionaria del gobierno, en los inicios de la gestión, al momento de preguntarle por el futuro de la obra pública. “En vez de pagar impuestos, que los vecinos se junten y se pongan las cloacas”.

En un “discurso” que apunta a desmantelar al Estado, en tanto regulador de los avances del neoliberalismo a nivel mundial, la idea de la “libertad” toma el carácter superyoico que apunta a la capacidad de cada quien, que desarticulada de la gestión político-económica, será elevada al carácter de creatividad, o adaptación. El “reinventarse” que tanto se celebra desde las cúpulas del poder. Mientras las redes sociales se inundan de “lobos solitarios” que venden cursos sobre cómo incrementar la proactividad. Imperativo superyoico para quienes desde la desesperación por no llegar a fin de mes, empiezan a naturalizar el tener dos trabajos porque “no hay plata”.

¿Cómo dar lugar a que se oiga y se vea lo que la planicie de lo inmediato no permite dimensionar? ¿Los que no ven ni oyen han sido vistos y oídos?

Nos preguntamos si la identificación que hizo masa en torno a un líder carismático que encarnaba un ideal mesiánico, implicará tal vez una subjetividad arrasada por el desamparo. Una posición no tan alejada de algunas presentaciones que llegan al consultorio en una entrega sacrificial, a pura pérdida, por la desconfianza que conlleva no haber sido alojados previamente. Por tal motivo, tal vez, se dejan arrastrar por consignas que plantean una supuesta salida, aunque brutal, de un destino que se supone ya escrito.

Sólo quedaría entonces, orientarnos por nuestra función como analistas analizantes para alojar la singularidad de cada argumento, en la medida en que eso pueda abrirse.

Alojar implica el compromiso de acompañar a que se pueda tomar dimensión de algunos dichos, para que pueda resonar lo que de sí no fue visto ni oído. Eso que ha quedado aplastado en un contrataque defensivo desde un yo que se pretende autónomo y que por algún motivo se identifica con consignas que hablan de la supervivencia del más apto sin darse cuenta de que no van a quedar del lado del mango de la motosierra.

Habiendo decidido neutralizar al yo, se abre a la invitación a que sea alojado lo desconocido de sí. Tiempo de captación en el trayecto de un análisis. Transferencia en su vertiente real y lazo social, implican que se preserve el hueco que resguarda el vacío para que resuenen las diferencias. El vacío, en tanto a causa de deseo, que permite el movimiento que equivoca el sentido único de los dichos que se reproducen, sin generar dimensión. Para que, con la distancia necesaria de lo inmediato, se logre arribar a algún concernimiento.

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Película:Frankenstein

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