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El camino al infierno puede estar empedrado de buenas intenciones (Mindfulness y psicoanálisis)

por Romero, Nicolás Matías

Universidad de Buenos Aires

Resumen:

El siguiente artículo desarrolla, tomando como modelo la serie Mindfulness para asesinos, la importancia de considerar el rol del terapeuta frente al sufrimiento o malestar del sujeto. Cuando una posición sostiene el lugar del discurso del amo, las indicaciones pueden justificarse para cumplimentar con los ideales del sistema capitalista, bajo el mandato de adaptarse a una sociedad de consumo que exige rendimiento y producción sin límites. En cambio, el psicoanalista apunta, por medio de la responsabilidad subjetiva, a interrogar el goce propio de cada sujeto, a través de desarmar las identificaciones imaginarias que dificultan revelar la verdad del inconsciente. Es esta apuesta la que puede lograr transformar el síntoma en un saber singular sobre el propio deseo.

Palabras Clave: Mindfulness | amo | analista | deseo

The Road to Hell May be Paved with Good Intentions (Mindfulness and Psychoanalysis)

Abstract:

Taking the series Mindfulness for Murderers as a model, this article explores the importance of considering the therapist’s role in relation to the subject’s suffering or distress. When a stance upholds the position of the "master’s discourse," therapeutic directives may be justified as a means of fulfilling the ideals of the capitalist system—driven by the imperative to adapt to a consumer society that demands limitless performance and productivity. In contrast, the psychoanalyst aims—by fostering subjective responsibility—to interrogate each subject’s specific mode of *jouissance* and to dismantle the imaginary identifications that hinder the revelation of the unconscious truth. It is this approach that can transform the symptom into a singular form of knowledge regarding one’s own desire

Keywords: Mindfulness | master | analyst | desire


"No resulta aventurado pensar que el psicópata es un tipo de vanguardia, un nuevo modelo de personalidad que en el siglo XXI podría ser la expresión central de la naturaleza humana..."
Indio Carlos Solari (Revista Cerdos & Peces N° 7, diciembre de 1986. Entrevista realizada por Enrique Symns)

La frase “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” parece tener un antecedente en el siglo XII por San Bernardo de Claraval, un santo francés que la popularizó, aunque se sostiene que ya circulaba socialmente en épocas previas. Lo que interesa es el sentido que convoca, ya que refleja que no alcanzan las buenas intenciones para que un sujeto pueda adjudicarse un acto como ético, sino que también debe juzgarse los medios y las acciones que acompañan a la consecuencia del mismo o, dicho de otra manera, puede suceder que el fin no justifique los medios [1]. De faltar esto, las consecuencias podrían ser desfavorables o hasta incluso adversas al objetivo primario. Ahora bien, nuestra sociedad presenta infinidad de eventos que se puedan amoldar a la frase citada, y también intervenciones de profesionales que pueden sostener esta posición ante sus pacientes (donde muchas veces se prioriza el juicio desde la moral y se analiza a partir de los resultados acontecidos).

El mindfulness y el psicoanálisis, aunque poseen metodologías distintas, comparten el objetivo de comprender la mente y la conducta del sujeto, buscando mejorar el bienestar integral del paciente y aminorar el sufrimiento humano. El mindfulness, como técnica de meditación, busca entrenar la mente para sostener la atención plena y ejercitarla para que el sujeto pueda “conectarse” con el presente, observando así los pensamientos y emociones sin las limitaciones que propicia la capacidad del juicio (tanto para los procesos psíquicos internos como del mundo que lo rodea). De este modo, trabajando sobre la conciencia y la aceptación, aspira a no reaccionar automáticamente a las ideas y afectos para alcanzar la mejor toma de decisiones. En cambio, el psicoanálisis se centra en explorar el inconsciente para comprender las motivaciones y experiencias reprimidas y olvidadas, buscando que el sujeto pueda hacer de su síntoma un lazo con el otro.

Reconozco loables contribuciones del mindfulness para abordar la salud de las personas, e incluso puede, llegado el caso específico a evaluar, ser una prestación mancomunada junto al psicoanálisis. Aclaro que, ante todo, este artículo no es propuesta desvalorizadora del mindfulness, sino una crítica a su uso por fuera de un marco que lo regule y supervise, siempre bajo un profesional idóneo en salud mental. Además, se busca arribar con el trabajo sobre la serie a un cuestionamiento de los cimientos éticos de tal práctica, para no descuidar la importancia fundamental de la interrogación sobre el proceder que debe tener cualquier técnica y procedimiento. Por lo tanto, reitero, este artículo no tiene como objetivo desacreditar al mindfulness ni a las prácticas de meditación, menos aun cuestionar al mismo a partir de los aportes del guion, si no tomar el enfoque general del mismo y contrastar con el psicoanálisis para ubicar las posiciones éticas diferenciadas que orientan la práctica clínica. Por este motivo, me interesa detenerme a analizar los problemas que pueden suscitarse cuando la interrogación por el deseo y la dimensión ética ante el lugar del otro no están presentes en un dispositivo. Es a partir de una serie que desarrolla este tema que intentaré adentrarme de manera más precisa en su análisis.

Mindfulness para asesinos (temporada 1) es una serie alemana del año 2024, cuya dirección pertenece a Boris Kunz, Martina Plura y Max Zähle, y el guion a Anneke Janssen, Doron Wisotzky y Michael Kenda. Cuenta la historia de Björn Diemel (Tom Schilling), quien nos afirma al inicio que no es una persona violenta, más bien todo lo contrario, ya que jamás se metió en peleas, y la primera vez que mató a alguien tenía 42 años… “y una semana después ya he matado como media docena, pero con la mejor de las intenciones, fue la consecuencia lógica de mi nuevo enfoque considerado de la vida para compaginar perfectamente mi profesión con mi vida familiar”. Agrega que con el mindfulness pudo lograr encontrar un equilibrio entre su familia y el trabajo. Es apropiado recordar el célebre comentario de Freud (1930) en El malestar en la cultura sobre el lugar del amor y el trabajo en la vida de una persona, o sea, el gozar y el producir, como dos ámbitos donde el hombre se desarrolla y los que definen el equilibrio psíquico de un sujeto, favoreciendo que se sostenga en uno cuando el otro pierde su contribución libidinal, de modo tal que ambos pilares son fundamentales (p. 79). Esto evidencia la importancia de abocarnos a considerar como analistas esos dos factores, ya que son indicadores clínicos fundamentales.

El protagonista de la serie presentaba complicaciones en ambas cuestiones. Por un lado, su esposa Katharina Diemel (Emily Cox) le reclamaba que pase tiempo con la familia y, sobre todo, que comparta actividades con su hija, Emily Diemel (Pamuk Pilavci). A su vez, la disconformidad con su trabajo es notoria, siendo poco reconocido por sus jefes a pesar de su dedicada labor como abogado. Particularmente, una de las tareas del buffet jurídico al que pertenece es defender a personas con conductas antisociales, desde simples delincuentes hasta narcotraficantes. Este sujeto parece tener condiciones necesarias que lo podrían llevar a replantearse cuál es su lugar en el malestar que atraviesa, y, por ende, las consecuencias que le depara. Recordemos que, como abogado penalista, las exigencias de su trabajo son imperantes, sobre todo por el tipo de clientes que representa. Ante el panorama complicado que atravesaba, aunque no sin reticencia, el protagonista acepta la sugerencia de su conyugue para consultar con un instructor de mindfulness. Así es que aparece Joschka Breitner (Peter Jordan) como referente fundamental para asumir los cambios que buscaba en su vida. Ya el encuentro con el profesor le permite tener un saber que viene del lado del Otro. Primero lo diagnostica, adjudicándole estrés, para luego describir sus síntomas y comunicarle la importancia y los efectos que tendrá la práctica de meditación en su vida. Estos cambios se evidencian en Björn Diemel desde el comienzo, ya que puede crear “islas de tiempo” para compartir actividades con su hija, apagando el celular y desatendiendo las demandas continuas de sus jefes, tomando así distancia de las presiones del trabajo. En efecto, las clases de mindfulness le permitieron desarrollar la conciencia de la percepción plena, para una comprensión más profunda y consciente de la experiencia del aquí y ahora.

El punto a evaluar es qué efectos tiene para la vida de un sujeto tal práctica, más allá de la gratificación que provee cumplir con los requerimientos de la sociedad de producción, y desde qué lugar puede alcanzar y disfrutar de tales logros. En la serie el protagonista no parece querer replantearse sobre su responsabilidad subjetiva ante lo que le sucede. Aquí la posibilidad de interpelación ante su deseo sería fundamental para reflexionar sobre su situación y padecer, o sea, el lugar de responsabilidad que tiene sobre aquello que lo aqueja, como destacaba tempranamente Freud. Se podría apostar a que de este modo alcanzaría una mayor plenitud en su desarrollo personal, familiar y social. Pero el mindfulness no es una práctica que priorice la reflexión sobre el deseo, más bien tiende a afrontarlo como un obstáculo para su fin último. Acerca de esto, Kabat-Zinn [2], referente que introdujo esta práctica en la medicina occidental, argumenta en su libro Mindfulness en la vida cotidiana lo siguiente:

Sabemos que las cosas se despliegan según su propia naturaleza. Podemos acordarnos de eso y permitir que nuestras vidas se desplieguen del mismo modo. No debemos permitir que nuestras ansiedades y nuestro deseo de conseguir ciertos resultados dominen la cualidad del momento, aun cuando las cosas sean dolorosas. Cuando debemos empujar, empujamos. Cuando debemos tirar, tiramos. Pero también sabemos cuándo no empujar y cuándo no tirar. (p. 53)

Otro aporte de Bhante Gunaratana (2012), monje budista theravada y maestro de meditación, es ilustrativo al respecto: “Nuestra mente está abarrotada de opiniones y críticas. Hemos erigido, a nuestro alrededor, barreras artificiales y acabamos atrapados en la prisión de nuestros deseos y de nuestras aversiones… o, dicho en otras palabras, sufrimos” (p. 15). Observamos que la forma de abordar el sufrimiento en esta práctica estará relacionada con una focalización sobre objetivos que permitan controlar los estímulos internos y externos, ya que:

Lo que realmente buscas no son los objetivos superficiales. Esos no son más que medios para alcanzar un fin. Lo que realmente buscas es la sensación de liberación que experimentas al satisfacer ese impulso.... Lo que realmente buscas es la paz, la felicidad y la desaparición del deseo. (Bhante G., 2012, p. 17)

Queda claro que se plantea como necesario intentar eliminar, para el control de las emociones y los pensamientos, el deseo. Y es este el camino que realiza nuestro protagonista. Es así que en las diferentes clases que tiene Björn Diemel, el instructor enfatiza sobre las ventajas del mindfulness, ya que este le permitirá focalizar su atención al momento presente, evitando extraviarse en recuerdos o situaciones de su mente que no puede controlar, ya que, además, al conectar las emociones que asocia con tales recuerdos se pierde de disfrutar el momento actual, por ejemplo, con su hija. Para esto debe enfrentar las situaciones a conciencia, no extraviándose, “dejando en blanco todo lo que no tiene que ver con el aquí y el ahora”, y si la mente divaga debe respirar. Textualmente le dice: “La respiración es una herramienta esencial en mindfulness, que permitirá centrarse en la conexión entre el cuerpo y la mente, reduciendo la influencia que las emociones negativas pueden tener en ambos”. En efecto, se tratará de enfocar los sentidos en el presente, usando la respiración y concentrándose en las cosas positivas. Así, podrá cambiar la forma de reaccionar ante los otros, logrando “manejar a los imbéciles del trabajo” y compartir más tiempo con su familia, todo esto al tomar clases por doce semanas para alcanzar estos cambios. Los reconocidos psicólogos e investigadores Williams, Teasdale y Segal (2014), que crearon la Terapia Cognitiva Basada en la Atención Plena (la cual combina la meditación y la atención al momento presente con técnicas de la psicología), desarrollan este punto cuando sostienen que:

El entrenamiento en el mindfulness enseña precisamente estas capacidades: le devuelve el control de su atención de manera que, en cada momento, usted puede sentirse a sí mismo y al mundo sin la implacable voz autocrítica que tan a menudo le acecha para juzgarle. La práctica diaria del mindfulness reduce la tendencia a amargarse y a preocuparse por todo. (p.116)

El psicoanálisis, en cambio, desde sus orígenes se enfrentó a la psicología y a las disciplinas científicas que abordaban al hombre desde los estudios y métodos de control. Por lo tanto, se orientó sobre lo expulsado en aquello abordajes, como ser los actos fallidos, los lapsus, los sueños, entre otros fenómenos del lenguaje que son singulares en cada sujeto, ya que allí reside la manifestación más clara de un deseo que está reprimido y que busca expresarse desde lo sintomático. Estos se vuelven elementos fundamentales, nervaduras del significante, como lo nombrará Lacan (2012) en su Seminario 3. Sobre estos lineamientos es que Freud consiguió desarrollar una alternativa para explicar la constitución del yo, señalando que está dividido y que, para sostenerse ante esta división, el sujeto crea un fantasma para responder a la enigmática pregunta sobre el deseo del Otro, alcanzando así una ilusión de completud que es estructuralmente imposible. De ahí que en Kant con Sade Lacan (1985), con su dialéctica del deseo y el lugar de la ética que eso determina, sostenga que “el deseo…se sostiene gracias a un fantasma uno de cuyos pies por lo menos está en el Otro, y precisamente el que cuenta” (p. 742). Esta propuesta teórica es diferente al mindfulness, cuya búsqueda de una totalidad en el control de las emociones y los pensamientos rechaza la singularidad del sujeto. En cambio, la ética de Freud para la práctica terapéutica del Psicoanálisis tiene una perspectiva formal que apunta a una cura analítica, la cual consiste en que el sujeto llegue a ubicar el deseo en el lugar del imperativo categórico, que es el lugar del amo y del control. En este sentido, no se hace referencia a un contenido o deseo en particular, sino a la función misma del deseo de cada paciente. También esto se relaciona con la propuesta de Lacan que plantea no una máxima sino una pregunta sobre el propio deseo, y que apunta no a un deber ser a futuro sino dirigida a lo que el sujeto ha dicho o hecho sobre la conformidad con el deseo que lo habita. Por otro lado, también el psicoanálisis considera que el yo es una instancia de desconocimiento o autoengaño, por lo tanto, no puede ser el principio ni el centro para el autoconocimiento, más bien es una ilusión que se construye el sujeto para lidiar con la realidad, la cual también es una construcción. Por eso el yo no es el amo en su propia casa, vivienda subjetiva que tiene a la consciencia como punta del iceberg, ocupando el resto lo no consciente, por eso las formaciones del inconsciente serán la guía para orientar el camino terapéutico, siendo el síntoma la brújula principal en esa dirección clínica. Volveré sobre esto más adelante.

En la serie es notorio como en el transcurrir de los episodios el abogado puede desarrollar la atención plena y manejar las herramientas que le facilitarán cambiar tanto su posición con la paternidad como su ubicación en lo laboral, pero no sin consecuencias para terceros. Encontramos que el mindfulness prioriza la eficiencia de una técnica de meditación para la consecución de los fines que el sujeto pretende alcanzar, sin proponer la posibilidad de la división subjetiva que habilite la responsabilidad por el deseo y el lugar del otro. Se puede sostener también que hay una similitud, en algunos puntos, de la técnica del mindfulness con la ética teleológica que desarrolló Aristóteles, ya que existe una relación en las tradiciones contemplativas de ambas, donde el entrenamiento mental tiene como objetivo desarrollar una conducta compasiva y virtuosa. Por lo tanto, sostengo que tanto el mindfulness como la ética teleológica pueden justificar o derivar en actos que no son considerados sancionables (en tanto reprochables o inmorales), ya que evalúan el comportamiento priorizando el fin último al nivel del consecuencialismo y el carácter del individuo con relación a sus destrezas.

Las orientaciones del instructor Breitner se presentan cada vez con mayor precisión, a medida que establece un vínculo más consolidado con su discípulo Björn, y es así que este puede manejar sus emociones en post de sus objetivos, a pesar de no ser actos moralmente correctos. Un punto de clivaje fundamental acontece cuando se encuentra en una situación extrema a poco de empezar a desplegar sus técnicas de control emocional. Sucede que Dragan Sergowicz (Sascha Alexander Geršak), líder del grupo mafioso dedicado al narcotráfico y al cual representa, es acusado por el asesinato, con pruebas evidentes, de un súbdito y mano derecha de Boris (Luca Maric), jefe de un cartel rival. Aquel era perseguido por la policía y próximo a ser capturado, por eso lo busca en su estudio jurídico. Su abogado, Björn, logra poder organizar un plan para fugarlo en el baúl de su auto, y así sacarlo del edificio donde están sus oficinas, lugar al que pronto arribaría la policía. Para resolver la situación, bajo la amenaza atemorizante de Dragan, recuerda una de las instrucciones de Breitner para manejar con calma la escena, concentrándose en lo que tenía que hacer en el momento, sin proyectar ni dejarse llevar por la ansiedad y la presión de los demás. Lo que es similar a la articulación teórica que desarrolla Bhante G. (2012):

Lo que hemos denominado obstáculos o impedimentos son algo más que simples hábitos mentales desagradables. Son las manifestaciones primarias del proceso del ego. La sensación del ego es, esencialmente hablando, una sensación de separación, una percepción de distancia entre lo que llamamos yo y lo que llamamos otro…La codicia y el deseo no son sino intentos de obtener, de eso, algo para mí, mientras que el odio y la aversión reflejan la tentativa de poner más distancia entre “yo” y “eso”. Todos los obstáculos se derivan de la percepción de una barrera que separa al yo del otro, y, cada vez que incurrimos en ellos, la fortalecen. La atención plena o mindfulness, por el contrario, nos permite percibir las cosas profundamente y con gran claridad. (p. 161)

Bajo esta modalidad, la estrategia del protagonista, plenamente consciente, es sostener el plan para fugar a Dragan. Conduce con su hija hacia la casa del lago que le prestó su jefe. Sortea con elegancia y tranquilidad los distintos obstáculos que se le presentan, como el policía que lo detiene a la salida del garaje y la conversación con la investigadora encargada del caso, Nicole Egmann (Britta Hammelstein). Al llegar a la casa que le habían prestado junto al lago, la niña escucha los golpes del jefe de la mafia que estaba en la parte trasera del auto. Björn le dice que trajo trabajo allí y su hija le recuerda las islas de tiempo para compartir actividades juntos. Es así que prefiere dejar encerrado a Dragan como modo de castigo y se replantea como llegó a tener que tomar clases de mindfulness para priorizar estos encuentros con su hija. Bhante G. (2012), al explicar el mindfulness, sostiene algo similar cuando manifiesta que “Del mismo modo que el experto en armamento es capaz de desactivar una bomba, la atención plena o mindfulness permite desactivar las distracciones” (p. 117). Como consecuencia de su postura, el jefe de la mafia muere debido a las altas temperaturas y la falta de oxigenación en el baúl del auto. El protagonista dice que la ironía fue que murió de agotamiento “como resultado de mi día de relajación”. Encontramos que ese goce superyoico empuja a que alcance cada vez más satisfacción del lado perverso, organizando escenas donde el otro se ubica como un objeto que satisface su goce, ya que funciona para ocultar la falta o la castración del Otro y manteniendo la fantasía de completitud de aquel. Por ende, ese superyó no prohíbe ni castiga como en un neurótico “clásico” con la culpa o la inhibición, sino que lo empuja a actuar para cumplir con el alcance de un mandato por el supuesto goce absoluto.

En el capítulo quinto, el instructor le señala que:

“La resistencia interna a un acto que percibimos inmoral suele oponerse a un impulso interno con frecuencia… nombra a esa resistencia interna que te está impidiendo hacer algo, después nombra al impulso interno que te lleva a realizar una acción, coloca a ambos en una balanza, así sabrás muy pronto ante el cuál ceder entre ambos”.

El recuerdo de las instrucciones de Breitner acerca de cómo lidiar con una resistencia interna que tiene su origen a nivel moral es muy eficiente para el abogado, ya que con esos consejos puede enfrentar y desempeñar su crueldad a través de un goce perverso, aminorando los sentimientos y pensamientos relativos a la culpa que le puede suscitar el producir daño a terceros.

Este desarrollo permite entender como el mindfulness es descripto como la capacidad humana de estar totalmente consciente de dónde estamos y de lo que estamos haciendo, sin reaccionar de forma excesiva o abrumarnos por lo que ocurre a nuestro alrededor. Kabat-Zinn (2009) la definió como la actividad de prestar atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar. Por ende, tres pilares la definen: la intención, la atención en el presente y la actitud de aceptación (sin analizar apresuradamente para sacar conclusiones). Con relación a este punto, es importante reconocer lo que sostiene Bhante G. (2012) acerca de que “El proceso de la atención plena o mindfulness nos ayuda a cobrar conciencia, más allá de la imagen del ego, de lo que realmente somos” (p. 35). Y como es una práctica, la empareja con la enseñanza de caminar al niño, por eso es un programa de práctica formal, un tiempo concreto para practicar meditación vipassana [3]. Ese tiempo de formación fue la fase de práctica formal, de ahí que “El mismo procedimiento básico seguimos en el caso de la meditación. Elegimos, para ello, un momento destinado al desarrollo de esa habilidad mental llamada atención plena (mindfulness)” (Bhante G., 2012, p. 77). Este autor sostiene, además, que el proceso de la atención plena o mindfulness nos ayuda a cobrar conciencia, más allá de la imagen del ego, de lo que realmente somos.

Cabe aclarar que el mindfulness tiene sus raíces filosóficas y éticas en la tradición budista (especialmente en la psicología del Abhidharma), con conceptos formalizados hace más de 2.500 años. La base filosófica del mindfulness, que es “el budismo Theravada (pronunciado “terra vada”) ha desarrollado un sistema sumamente eficaz para explorar los niveles más profundos de la mente que llega hasta las raíces mismas de la conciencia” (Bhante G., 2012, p. 8). Por eso se sostiene que el mindfulness actual extrae sus lineamientos de la meditación budista, eliminando el aspecto religioso. De este modo, aplica la práctica de la atención plena para controlar la mente y reducir el estrés y la ansiedad, cambiando los propósitos filosóficos profundos para alcanzar un bienestar psicológico y la regulación emocional. Como punto fundamental a destacar, en el budismo, la atención plena no funciona sola, ya que hay un entrelazamiento entre la ética y la sabiduría, donde la compasión y el cuidado del otro son pilares para esta tradición, puntos que fueron dejados de lado cuando se trasladó a occidente, cuestión que desarrollaré líneas abajo.

La ética del psicoanálisis tiene un vasto desarrollo, comenzando por Freud cuando la resumía, entre otras maneras, con la fórmula articulada a partir del método que busca “suprimir las represiones”, siendo la apuesta de Lacan un giro que la completa al apostar a la interpelación del sujeto respecto a la actuación por el deseo. Este último abordará el tema de la ética del Psicoanálisis en distintos lugares, siendo uno de fundamental importancia el Seminario 7. En particular, me interesa detenerme en el énfasis de que el deseo es su interpretación, ya que no se trata de los pensamientos del analista o de las concepciones del bien y del mal que tenga (cayendo en un idealismo en ese caso), sino de “algo que se realiza en el análisis mismo” (Albornoz, 2013, p. 14). Por eso la ética es del Psicoanálisis como una posición política que derivará en la técnica y la táctica, y no una cuestión de la persona que lo practica. Para poder conceptualizar esto, Lacan se referirá a Aristóteles y su ética teleológica, ya que este identifica en serie el deseo con el hombre y las dificultades que aquel le depara, junto al placer y el Bien, como las coordenadas a abordar para hacer una sociedad justa y virtuosa. Y también podríamos ubicar aquí la posición de la ética del mindfulness, ya que para lograr la atención plena se busca el rechazo del deseo como originario de las distracciones del sujeto, ya que no facilitaría la posibilidad de menguar el sufrimiento. Para lograr superar esto, por ejemplo, el deseo para Aristóteles debía quedar del lado de la bestialidad, ya que no puede ir de la mano de las posibilidades que permiten acceder a lo justo y el Bien. Este exilio del deseo del hombre (porque para el estagirita el deseo es la bestia que habita en el hombre), evidencia su imposibilidad de soportar la falta estructural que introduce el lenguaje. De este modo, queda claro que se trata de una ética del amo donde quedan ubicados tanto Aristóteles con su teoría teleológica como el mindfulness con su apuesta al control de la mente a través de las indicaciones de un instructor. Lacan, en cambio, sostiene que el deseo es lo propio del hombre, y lo introduce para situar las coordenadas que hacen de la ética del Psicoanálisis el reverso de la del amo. Lacan (2012) dirá claramente en Televisión que “no hay otra ética más que del bien decir, pero el bien decir no dice dónde está el bien” (p. 549), ya que decirlo implica posicionarse como amo. Distinto es posicionarse como objeto causa que impulse el deseo del paciente para conseguir los medios para realizar el mismo, o sea, una ética que apuesta a que el sujeto ponga los bienes al servicio del deseo y no al revés (asumiendo la falta en Ser y las modalidades del goce que lo habitan). Modos de gozar que quedan impedidos de ser analizados e interpelados en el protagonista a partir de poner su deseo al servicio de los bienes, los cuales son sus objetivos, tales como la guardería para hija y el lugar del liderazgo en la mafia organizada, entre otros. Incluso el poder compartir tiempo con su hija podría ser tomado como un bien, ya que no parece implicarse en lo afectivo y lúdico del encuentro, si no en cumplir con un mandato sociofamiliar.

Considero, entonces, que se puede ubicar la ética del mindfulness (atención plena), por su funcionamiento, como una ética del discurso del amo, según lo podemos apreciar en la exigencia de dominio, donde tal práctica suele operar bajo un mandato consciente de control de la concentración, la atención y las emociones. Pero también si tomamos en cuenta que el significante amo (S1) dicta cómo debe funcionar el sujeto, impidiendo la división subjetiva para favorecer la adaptación a la realidad y la consecución de los objetivos. Y si pensamos acerca de la auto-regulación para el control de las emociones también podemos pesquisar ese tipo de discurso, ya que prioriza el rendimiento y las respuestas a las demandas en el tipo de sistema que ocupa el sujeto. En cuanto al lugar del síntoma, no se genera un espacio subjetivo para que aparezca algo del orden de la interrogación, sino que se promueve un bienestar inmediato que intenta obturar la falta inherente del ser humano. A su vez, el lugar del instructor es manifiesto, ya que se coloca en una posición de quien tiene el saber acerca de cómo vivir bien y la dirección hacia el objeto que debe ser alcanzado. Al contrario, encontramos que la ética del psicoanálisis no es una ética del goce sino una ética del deseo, como se describió líneas arriba, la cual se pondrá en juego en el acto analítico, dejando de lado la posibilidad de articular qué es y qué no es ético ante lo que un sujeto manifiesta, o sea, no se posicionará en una deontología de los actos del sujeto como forma preconcebida de la conducta humana y en los fines a perseguir en nombre del bien. Por eso, el deseo del analista es un deseo más allá de todos los bienes, un deseo que permite causar el decir del paciente. Este lugar es primordial que sea cuidado, ya que “El psicoanalista es esperado en el lugar del objeto a del paciente, en su relación con el deseo del Otro histórico de ese paciente, que éste requiere, necesita” (Rabinovich, 2015, p. 97). Esta valoración del deseo del analista permite a Lacan retomar el trabajo sobre el poder de la transferencia y lo simbólico en la técnica analítica y, a su vez, el fantasma que da cuenta de la estructura del deseo, de ahí que sea fundamental sostener esto último antes que el objeto por el cual se interese el paciente. Es que esto determina una ética, una ética del deseo y no de la persona en sí misma. Por eso la pregunta no es qué desea, sino desde qué posición desea el sujeto, lo que permitirá orientarse en la transferencia tal como debe ser entendida a partir de Freud.

De este modo, se vuelve evidente que, en la formulación de Lacan, lo decisivo es el fantasma que sostiene al deseo y no el objeto como algo por lo que se interese el sujeto. Esta demarcará claramente una vía de intervención que no será por el resultado o el fin de la intención del sujeto hacia un objeto de interés como eje primordial, si no de la puesta en juego de la posición deseante. Entonces, lejos de querer buscar una propuesta totalizadora que unifique en un criterio la máxima a alcanzar, el psicoanálisis se propone una pregunta precisa sobre el deseo y la acción. En efecto, la propuesta de Lacan es plantear no una sentencia sino una pregunta sobre el propio deseo, y que apunta no a un deber ser a futuro sino dirigida a lo que el sujeto ha dicho o hecho sobre la conformidad con su deseo. Pregunta que no puede resolverse en el campo de la reflexión filosófica sino en un análisis, en tanto la pregunta apunta al deseo inconsciente que habita el sujeto. Por lo tanto, la posición del analista, quien opera desde la docta ignorancia (bajo el Sujeto Supuesto Saber) no busca imponer un ideal de vida, si no generar las condiciones para que el paciente pueda desplegar el goce sintomático que lo habita, de ahí que la ética del bien decir o del deseo es diametralmente opuesta a la del discurso del amo, ya que parte de la aceptación de la falta, de la castración y del no saber, sin imponer ideales de felicidad o adaptación al mercado.

Este análisis, según mi consideración, no puede dejar de lado la importancia que tiene la extrapolación del contexto religioso de las prácticas de meditación orientales para aplicarlas en occidente, como es el caso del mindfulness y del yoga, y es lo que usualmente se llama secularización. El yoga, por ejemplo, también se utiliza como ejercicio físico y mental (sin adoptar necesariamente el hinduismo como religión), ya que colabora o suele influir, en el control del estrés y la ansiedad. Si algo muestran estas prácticas es que se han difundido como métodos milagrosos (más allá de la comprobación “científica”) para los problemas de los ciudadanos que se quieren adaptar a un mundo cada vez más exigente, ayudándoles en la concentración, el estrés o la ansiedad, y así lograr afrontar las ambiciones contemporáneas de plenitud y autorrealización. Sin embargo, en las prácticas de meditación antiguas, como el yoga, no se encuentran promesas de bienestar, felicidad o expansión. Al respecto, estas palabras de Zineb Fahsi (2025) de su libro El yoga, nuevo espíritu del capitalismo me resultan pertinentes:

Estos imperativos de bienestar, felicidad y perfeccionamiento de sí erigidos en una nueva moral me parecieron extrañamente en sintonía con ciertas ideas centrales de la ideología neoliberal, que sugieren que el bienestar, la felicidad o el éxito tiene que ver con estrategias individuales y no con cuestiones políticas; que alientan al individuo a concebirse como un pequeño emprendimiento que debe administrarse según una lógica de competitividad y de rendimiento. (p. 11)

Así, al alejarse de sus principios éticos y religiosos, esta técnica de meditación se volvió un instrumento al servicio del capitalismo neoliberal. El investigador Mark Singleton se dedicó a estudiar la extrapolación del yoga a EE.UU., analizando las influencias anglosajonas para su reformulación, ya que ese lugar se volvió un epicentro de la globalización de yo y, a medida que su sistema económico fue mutando, requirió de mayores instrumentos para controlar los efectos de la adaptación a un sistema cada vez más estresante. Lo que queda claro es que en este marco político la voluntad puede obtener un gran refuerzo con estas técnicas de meditación, bajo la ilusión de que todo es posible en este mecanismo de producción globalizado, donde el individuo, dentro de una cultura empresarial, debe aspirar a alcanzar todo su máximo potencial.

Ante este panorama, vemos que es a medida que avanza el siglo XX donde se desarrollarán las distintas estrategias para el crecimiento personal, como es el caso del mindfulness, el yoga, la programación neurolingüística, el enegrama, entre otras, que funcionan para alimentar la idea de que la felicidad y el éxito son cuestiones del individuo y no de una aspiración colectiva, lo que se fomentará como un círculo vicioso dentro de un mercado capitalista que sólo dejará al sujeto en el rol de consumidor. Por eso las terapias llamadas alternativas cobraron, con el paso del tiempo y junto a la psicología positiva, un rol preponderante en el mundo de occidente. Byung-Chul Han (2021) coincide con esta lectura cuando en su libro Psicopolítica habla acerca de que el mindfulness dejó de ser una técnica de liberación budista, ya que el capitalismo la transformó en una herramienta para la autoexplotación. O sea, es una técnica más para adaptarse silenciosamente al mercado y rendir lo máximo posible. Por eso lo nombra como una especie de adaptación budista al capitalismo, ya que ofrece una especie de muletas al ego para que se repare rápidamente y vuelva al sistema productivo. Además, con esta vuelta el sujeto se controla internamente, ya no desde un agente externo con en las dictaduras o en las sociedades disciplinarias que describió Michel Foucault. De esta forma, el mindfulness despolitiza el sufrimiento, lo saca de la dimensión socioeconómica global para depositarlo solamente en un desafío individual que ayude a transitar un mundo insufrible. Al transformarse por la mercantilización y trivialización de la filosofía y meditación budista, la práctica se desliga de la ética que la funda, que puede tener, como ejemplo, la función de disminuir el remordimiento o la culpa cuando cae en manos de alguien inescrupuloso. En este horizonte, es difícil pensar que quede lugar para la pausa y la reflexión sobre el padecer del goce si lo que impera es la acomodación sumisa a un mercado de productos, donde el individuo mismo se termina volviendo un objeto más de consumo. Así, el mindfulness se erige como nueva religión del yo, no comprometida con el lazo social, depositando la responsabilidad de forma atomizada en los individuos que consumen prácticas de meditación como cualquier otra forma de mercancía ofrecida en las góndolas del sistema. Además, algunas de estas prácticas de meditación aspiran a un estado espiritual que Freud (1930) abordó en su texto El malestar en la cultura, cuando habló del sentimiento oceánico como la sensación de disolver los límites del yo para sentirse conectado con todo el universo. Se puede sostener que el mindfulness busca justamente esta conexión, pero ya Freud articuló que la gran diferencia radica en que eso es una ilusión infantil que puede conducir al engaño del sujeto, mientras que el mindfulness considera que eso es un bienestar posible de alcanzar de forma radicalizada y beneficiosa para lidiar con el exigente mundo adulto. En este recorrido sucinto, vemos que el discurso del amo presenta distintas estrategias al sujeto para sostenerse adaptativamente en un sistema que funciona como una masa informe que anula la singularidad, con la ilusión de alcanzar un goce ideal a través de las prácticas de meditación como meras mercancías. Como se viene describiendo en este artículo, el psicoanálisis, a partir de considerar el lugar del síntoma como mensaje del inconsciente a descifrar, permite ubicar otras coordenadas para afrontar las exigencias de este sistema productivo, no en la sintonía de priorizar la adaptación, sino como puesta en acto de un deseo que haga lazo social desde la singularidad.

Es interesante lo que sucede en el capítulo octavo, cuando el instructor le dice al protagonista que:

“Existen dos formas de dolor, el dolor de recibir una herida, y el dolor de estar hurgando en esa herida. No podemos deshacerla, aunque queramos, pero si evitamos que la herida siga siendo hurgada, sanará más rápido, te lo aseguro”.

Aquí resuena el legendario abordaje sobre la distinción entre psicoanálisis y psicoterapias de Freud (1917). En su Conferencia de introducción al psicoanálisis, La terapia analítica (número 28), destaca la importancia de considerar el trabajo con el inconsciente a partir de la maniobra sobre la transferencia para abordar el síntoma, no como algo a extirpar sino para acompañar el desarrollo del sujeto en el camino del análisis. De ahí que la eficacia a la que se apuesta parte de un sujeto que se involucre en su cura por el goce sintomático que lo atraviesa. En cambio, de forma general, las psicoterapias buscan eliminar el síntoma bajo la sugestión, o maquillarlo a través de la sustitución o la evitación de la pulsión que rodea a la “herida”, estrategias que no pueden impedir la repetición y el desplazamiento sintomático, por la inexactitud de la eficiencia.

Como se dijo anteriormente, la división subjetiva que propone el analista busca implicar al sujeto con su propio deseo, intentando que asuma la responsabilidad por el ejercicio del mismo. Punto fundamental donde el sujeto se interroga por su síntoma y la entrada en análisis en el caso de que el dispositivo esté sostenido para tal cometido. En cambio, el abogado en las sesiones de mindfulness no se interroga por sus elecciones ni aparece nada del orden de lo sintomático que lo angustie. Apuntando a la productividad y la eficiencia, bajo las instrucciones de Joschka Breitner, logra invertir el orden asimétrico que tenía con los jefes del estudio jurídico, imponiendo pretensiones, como por ejemplo obtener ventajas económicas para él, ya que les refiere que asume riesgos a representar a los jefes mafiosos. Todas estas técnicas del mindfulness, donde no se implica subjetivamente en lo que le sucede, lo ayudan a manejar las diferentes situaciones que debe ir atravesando, logrando mantener la calma y evitando mostrar signos al otro sobre su tensión psíquica, para poder así alcanzar sus objetivos, aunque nunca se implique en el malestar que lo atraviesa. En cambio, el propósito del trabajo psicoanalítico es ubicar una posición subjetiva, sobre un horizonte ético, ya que desde las intervenciones se busca producir, entre otras cosas, la interrogación sobre el síntoma, para que el sujeto pueda analizar el lugar que ocupa en el campo del Otro. Y esto está en relación con el texto Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, donde Lacan (2011) plantea que la psicología apuesta a la unidad del sujeto. En cambio, el psicoanálisis plantea al sujeto como un ser en falta, supuesto y dividido, donde la implicancia subjetiva, bajo los lineamientos de la ética psicoanalítica, permiten poner en juego las condiciones de su goce.

A modo de conclusión: el psicoanálisis enseña a reflexionar sobre cómo la posición ética del analista favorece que el sujeto pueda interrogarse por el sentido de su síntoma y así asumir la responsabilidad subjetiva por el sufrimiento que lo atraviesa, comprometiéndose, en el mejor de los casos, por las condiciones del goce en su existencia. La advertencia respecto a que el camino al infierno casi siempre está empedrado de buenas intenciones apunta a considerar que tampoco está exceptuado de esto el espacio de la terapia, ya que en nombre del bien se pueden llegar a cometer las mayores atrocidades. Por eso, la utilización del discurso del amo es opuesta a la invitación que ofrece el psicoanálisis, de ahí que se sostenga que no se trata de evaluar los actos por la eficiencia que justifica los medios a partir de los resultados. Al contrario, posicionarse en dirección a un goce menos mortífero es una de las formas de ubicar la aspiración de la eficacia de un tratamiento psicoanalítico, apostando sobre lo deseante que nos arranque de ese averno en vida que es el imperio de la pulsión de muerte. En este camino de la terapia analítica, se trata de desarmar las ilusiones del yo, identificaciones imaginarias que dificultan revelar la verdad del inconsciente para transformar el síntoma en un saber sobre el propio deseo. En palabras de Freud (1895) es más elocuente cuando argumenta que la eficacia del psicoanálisis está en transformar la miseria neurótica en un infortunio corriente. Esta es una de las premisas más famosas del psicoanálisis y se encuentra tempranamente en Estudios sobre la histeria. La misma tiene un gran valor ya que evidencia que el objetivo de la cura no es intentar eliminar todo el sufrimiento bajo el ideal de aspirar a una felicidad absoluta, ya que la infelicidad es inherente a la condición humana. En cambio, apunta a que el objetivo es evitar identificarse al padecimiento como elección de vida y aceptar que, dentro del azar, los dolores, las frustraciones de la vida y todas las adversidades inevitables, un cambio en la posición subjetiva permite afrontar la existencia con mayores posibilidades de vivencias de satisfacción.

Referencias:

Albornoz, E. (2013). Pensar con los pies. El psicoanálisis como crítica de la razón kantiana. Buenos Aires: Letra Viva.

Aristóteles (1981). Ética Nicomáquea (edición bilingüe). Madrid: Centro de Estudios Constitucionales: Gredos.

Byung-Chul Han (2021). Psicopolítica. Barcelona: Herder.

Freud, S. (2009). Obras Completas, vol. II. Buenos Aires: Amorrortu.

Freud, S. (2009). Obras Completas, vol. XXI. Buenos Aires: Amorrortu.

Fahsi, Zineb. (2025). El yoga, nuevo espíritu del capitalismo. Buenos Aires: La cebra.

Gunaratana, B. H. (2012). El libro del mindfulness. Barcelona: Kairós.

Kabat-Zinn, J. (2009). Mindfulness en la vida cotidiana. Barcelona: Espasa.

Lacan, J. (2011). Kant con Sade. Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI.

Lacan, J. (2012). Televisión. Otros escritos. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (2012). Seminario 3. Las psicosis (1955-1956). Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (2013b). Seminario VII. La ética del psicoanálisis (1959-1960). Buenos Aires: Paidós.

Miller, J.-A. (1992). Psychothérapie et psychanalyse. Revista La Cause freudienne, n° 22. 1-6. París: La causa freudiana.

Rabinovich, D. (2015). El deseo del psicoanalista. Buenos Aires: Manantial.

Williams, Teasdale y Segal. (2014). El camino del mindfulness. Barcelona. Espasa.



NOTAS

[1La famosa frase “El fin justifica los medios” tiene un largo lastre en la historia, sin tener un autor verificado, pero es generalmente atribuida al diplomático, autor, filósofo político, y escritor florentino Nicolás Maquiavelo por referencias a su obra El príncipe.

[2En 1979 este biólogo molecular produjo un modelo pionero, ya que extrajo los fundamentos de la meditación budista en la Universidad de Massachusetts. De este modo, creó el programa Reducción del Estrés Basado en la Atención Plena, eliminando el karma, la reencarnación y las creencias religiosas, dejando solo la técnica de la atención.

[3Práctica de la meditación vipassana: El término “vipassana” es una palabra pali que suele traducirse como “visión profunda”, porque su objetivo es el de proporcionar al practicante una visión cabal del funcionamiento de las cosas y la correspondiente comprensión de la naturaleza de la realidad.

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