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De muchos, al Uno completo

por Michel Fariña, Juan Jorge; Laso, Eduardo

A la memoria de Matilde Horne, que vislumbró el final de la película

¿Quién no ha pasado noches en vela siguiendo los episodios anfetamínicos de Breaking Bad? ¿Y quién no ha disfrutado al menos de algún capítulo de su excelente precuela, Better Call Saul? Para los fanáticos de Vince Gilligan, Pluribus resultaba por lo tanto una cita obligada. Y por cierto la obra no sólo no decepcionó, sino que aportó profundidad a los planteos anteriores. Y lo hizo a partir de una genial puesta en abismo con la que vamos a introducir este comentario.

Recordemos que una puesta en abismo es una obra dentro de otra obra, cuando la primera establece un diálogo con la segunda, aportándole elementos que permiten resignificarla de manera sustancial. En un episodio clave de la serie vemos a su protagonista, Carol Sturka, en actitud relajada leyendo un libro. La cámara enfoca la portada y advertimos que se trata de “La mano izquierda de la oscuridad”, de Ursula K. Le Guin, publicada originalmente en inglés en 1969. Recordemos que Carol es escritora… y que esta es la única referencia literaria no ficcional que aparece en toda la serie. La elección no es por lo tanto casual. ¿Qué nos dice Gilligan con esta figura?

“La mano izquierda de la oscuridad”, traducción directa del inglés The Left Hand of Darkness, es una expresión que aparece en la novela de Le Guin para hacer referencia a la cara oculta de las cosas, a aquella faceta que no vemos de la realidad. Es que su trama está ambientada en Gethen, un mundo alternativo cuyos habitantes son “ambisexuales”, es decir que pueden cambiar de género masculino o femenino por ciclos a lo largo de la vida. Esto desafía la visión binaria que tiene el protagonista, un humano que lucha por entender este mundo alienígena y desconocido. En suma, el “lado izquierdo”, remite a esa lógica neutral en materia de género, a una sociedad en la cual no hay conflicto, porque al eliminarse las diferencias sexuales se suprime también el sentimiento de dualidad, que, según la tesis de la novela, sería origen de la agresión humana.

En este mundo utópico no hay por lo tanto guerras, ya que, al no existir las divisiones de sexo, sus habitantes carecen de sentimientos tales como el nacionalismo, que motiva el odio chauvinista. Al eliminarse tal diferencia no tendría sentido el conflicto, porque cualquier distinción sería, cuanto menos, arbitraria. En suma, el título sugiere que ver más allá de las etiquetas de género resulta crucial para comprender la verdadera naturaleza de los demás y de uno mismo. [1]

Por esta vía “en abismo”, Vince Gilligan nos sugiere que aquel planteo filosófico-existencial reaparece con el inicio de este segundo cuarto del siglo XXI, ahora plasmado en su “Pluribus”. Pero nos propone una trama que no requiere trasladarnos a mundos remotos, sino que el experimento de Ursula Le Guin acontece en el propio planeta Tierra. Un extraño virus supuestamente llegado desde una lejana galaxia suprime la maldad humana. Transforma a las personas en amadoras a ultranza de sus semejantes, no importando su sexo, ideología, nacionalidad, lengua o religión…

A diferencia de otros virus extraterrestres, como el que asola al planeta en “El Eternauta”, este no genera reacciones negativas ni estrategias preventivas en la población, sino por el contrario una militancia activa para promover el contagio. Así, en poco tiempo toda la humanidad queda tomada por este sentimiento de igualdad y amor, en una suerte de comunión global.

Con guiños a los tratamientos neurocognitivos, a las terapias genéticas y a la inteligencia artificial, uno de los resultados del experimento es que las personas dejan de tener atributos individuales para adquirir las experiencias, sentimientos y capacidades de la humanidad en su conjunto. Cualquiera puede pilotear un jet, hacer cálculos prodigiosos o compartir información sensible sobre los semejantes. Ya no hay secretos entre las personas ni nadie puede mentir, como tampoco matar ni producir daño a ningún ser vivo, sea animal o vegetal. Se comprende entonces el título de la serie, estetizado como PLUR1BUS, originado en “pluribus unum”, que en latín significa «de muchos, uno».

¿Utopía o distopía? Lo cierto es que por una rara anomalía hay trece personas en el mundo que no se contagian. Pueden hacerlo voluntariamente si así lo desean, pero si se niegan, el resto debe respetar su decisión. Carol Sturka es esa escritora de Albuquerque, en Nuevo México, que a la manera de Genly Ai, el humano de la novela de Ursula Le Guin, trata de comprender a esta nueva especie que habita el planeta. Y sin adelantar la trama, digamos que al hacerlo abre una impensada pregunta sobre el destino de la humanidad, pero ante todo sobre su propio deseo.

En suma, Vince Gilligan imagina una sociedad-enjambre en la que todas sus partes conforman una unidad interconectada que se vale de los conocimientos de todos los individuos del planeta integrados en una sola mentalidad. Un Uno que borra todas las diferencias singulares, permaneciendo incorporada la memoria de cada sujeto como información útil dentro del colectivo, y cuya meta última parece ser integrar a los poquísimos humanos que restan sin convertirse.

De pronto, toda la humanidad se reduce a un Uno que emplea a los millones de sujetos individuales, ahora despojados de su subjetividad, a convencer a los trece humanos restantes que se sumen a esta comunidad beatífica, bajo la promesa de una felicidad sin conflictos ni límites. El precio a pagar es el propio yo singular, en favor de una unión que promete ser plena y gozosa.

Gilligan evoca de este modo el imaginario cristiano de la comunidad de iguales, y las experiencias de las sectas religiosas, llevando al extremo la idea de una sociedad-organismo en la que todos se funden en un Uno que en el fondo es Nadie en particular. Y hasta ahora lo que vemos es la tensión permanente entre la defensa que hace Carol de su propia singularidad, y la campaña de seducción de este Uno, convocando a que se sumen al paraíso en la tierra. ¿Qué desea este Uno? La serie nos deja en vilo acerca del horizonte último al que apunta, que por ahora parece ser integrar toda diferencia humana en una Unidad completa.

En determinado momento Carol, que finalmente ha entablado una relación amorosa con Zosia, una integrante de la sociedad-enjambre, le pregunta dónde está la persona que habitaba su cuerpo. Es la misma pregunta que el creyente se hace sobre la vida en el más allá: si existiera la vida eterna ¿seguiré siendo yo? Y si no seguiré siendo yo ¿de qué vida eterna se trataría? Freud planteaba que la muerte para el ser humano, es la muerte del yo, de la propia personalidad. No es ningún consuelo integrarse a un Todo para la eternidad, al modo en que proponen algunas religiones de inspiración budista, si en ese proceso el propio yo desaparece. Morir es para la subjetividad, justamente la muerte del yo. Así que lo que Carol está preguntando es en rigor qué pasará con ella misma como sujeto singular, si aceptara integrarse al Pluribus, y también, por cierto, a quien le está hablando. ¿Dónde está Zosia, esa bella mujer que ama? ¿Sigue existiendo en el Todo-enjambre?

¿Y si todo se redujera a ese conocido chiste en el que un alma debe optar entre el cielo y el infierno? Seducido por lo que el diablo le muestra de un averno que semeja un hotel caro de Las Vegas, el alma elige quedarse allí. Para su sorpresa, una vez adentro, el paraíso del goce que se le había prometido ha desaparecido y en su lugar se encuentra con un escenario de gritos, fuego y tortura infinita. “¿Dónde está lo que me habías mostrado?, pregunta, desesperado, el condenado. El diablo le replica: “es que hasta ayer estábamos en campaña proselitista”.



NOTAS

[1La versión en español de la novela de Ursula Le Guin tiene una breve historia detrás, que interesa a este comentario. La traducción fue una iniciativa de Paco Porrúa desde su ya mítica Editorial Minotauro –responsable también de la edición en español de “El señor de los anillos” y de otros hallazgos de la ciencia ficción, incluida la obra previa de la propia Le Guin. El equipo de traductores estaba integrado por el propio Porrúa (que firmaba como Luis Domenech) y por dos prodigios: Francisco Abelenda y Matilde Horne. Matilde tuvo a su cargo dos tomos de la obra de Tolkien y la saga completa de “Un mago de Terramar”, de la propia Le Guin. “La mano izquierda de la oscuridad”, quedó bajo la responsabilidad exclusiva de Abelenda. Francisco y Matilde eran, además, amigos que vivían para el bello arte de la traducción e intercambiaban siempre ideas. Pero Matilde, que volcó al español las páginas más bellas de Ursula Le Guin, estaba traduciendo en esa misma época para Amorrortu al Jean-Baptiste Fages de “Para comprender a Lacan” y al Laplanche de “Vida y muerte en psicoanálisis”. Feminista intuitiva, Matilde estaba sin embargo advertida de los riesgos que supone suprimir diferencias que para el psicoanálisis resultan no contingentes sino estructurales. La historia le dio la razón.

Película:Pluribus

Título Original:Pluribus

Director: Vince Gilligan

Año: 2025

País: Estados Unidos

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