Facultad de Psicología, UBA
Resumen:
El presente escrito se articula en torno a un interrogante fundamental: ¿qué coordenadas subjetivas se ponen en juego cuando un joven, en pleno tránsito adolescente, se decide a tomar la palabra? Como soporte clínico y narrativo para este despliegue, nos serviremos del film de suspenso argentino Si muero antes de despertar (1952), dirigido por Carlos Hugo Christensen.
El eje de nuestra indagación recorta un dilema ético y subjetivo que asalta al protagonista de doce años al intentar formular un decir sobre un asunto de gravedad vital. Se encuentra tironeado entre el un juramento de silencio y la urgencia de denunciar un riesgo inminente que su testimonio podría conjurar. Mientras el joven intenta sostenerse en un ideal viril respecto al valor de la palabra, el mundo adulto que lo circunda lo confina, mediante su escucha, a la categoría de la infancia o la indisciplina transgresora.
Palabras Clave: Adolescencia | Palabra | Subjetividad | Dilema
Adolescence: What Does It Mean to Speak Up?
Abstract:
This essay revolves around a fundamental question: what subjective coordinates come into play when a young person, in the throes of adolescence, decides to speak out? As a clinical and narrative framework for this exploration, we will draw upon the Argentine thriller If I Die Before I Wake (1952), directed by Carlos Hugo Christensen.
The focus of our inquiry centers on an ethical and subjective dilemma that confronts the twelve-year-old protagonist as he attempts to articulate a matter of vital importance. He finds himself torn between a vow of silence and the urgent need to denounce an imminent danger that his testimony could avert. While the young man tries to uphold a masculine ideal regarding the value of words, the adult world around him, through its listening, confines him to the category of childhood or transgressive indiscipline.
Keywords: Adolescence | Speach | Subjectivity | Dilemma
Introducción
En el presente trabajo, partiremos de la pregunta: ¿qué cuestiones implican para la subjetividad el tomar la palabra para quien se encuentra en la etapa adolescente? El filme que dará soporte al trabajo de indagación será “Si muero antes de despertar” (1952), película argentina de suspenso, del director Carlos Hugo Christensen.
Tomaremos como punto central de la obra cinematográfica un dilema que se le presenta al joven protagonista de 12 años al momento de tomar la palabra sobre un tema que considera de vital importancia. Por un lado, ha hecho una promesa de guardar silencio. Por otro, la percepción de un peligro y la información que su palabra podría revelar para detenerlo. Mientras busca sostener una expectativa respecto al valor de la palabra de un hombre, es escuchado como niño por los adultos que lo rodean.
Por todo esto, el tomar la palabra en la adolescencia se presenta como un asunto a indagar, en tanto muestra facetas a revisar.
Con el fin de avanzar en este objetivo, recorreremos en primer lugar algunos puntos respecto al discurso social sobre la palabra de los niños y adolescentes que transgreden las normas sociales a partir de la historiadora argentina María Zapiola, en tanto dos principales corrientes discursivas los presentan como “incorregibles” (discurso positivista) o bien “corregibles/tutelables” (discursos educacionistas). Manteniendo ambos una relación con su palabra de tipo sujeto-objeto, donde la actividad subjetiva queda del lado del adulto.
A continuación, los planteos del psicoanálisis de Sigmund Freud y Jacques Lacan, nos permitirán realizar abordaje del asunto que considere aquellos aspectos del sujeto que no son asequibles a la conciencia y que se inscriben en una lógica que trasciende la diferencia interior-exterior. Avanzaremos con una lectura del film que ponga a jugar la narrativa que se juega en una Otra escena al momento en que un sujeto toma la palabra en ese borde o transición (Lacadeé, 2014) entre la niñez y la adultez que resulta ser la adolescencia.
Presentación del dilema
Lucio Santana, de doce años, es un joven travieso y poco dado al estudio. La palabra conque lo describen es la de “indisciplina”. Resulta ser que también es el hijo del teniente de policía, símbolo de la disciplina, quien lo amonesta y exige seguir el camino de las normas. Habla fuera de lugar, se distrae con otros asuntos que no son el estudio, como los dibujos que hace pintando con las trenzas de su compañera. Ella le confiesa que tiene un “amigo” que le da todos los chupetines que quiera, pero haciéndole jurar que no revelaría nunca lo que ella le cuenta. Él le da su palabra.
Él ve al hombre casualmente y tiene un mal presentimiento. La niña desaparece y es hallada muerta. Oye a sus padres hablar del asunto, pero se encuentra obligado a guardar silencio por su juramento.
El padre dice apesadumbrado: “si un día conseguimos echarle mano, no faltará quien diga: un pobre lunático, un irresponsable”. Queda así el lunático ligado a la falta de responsabilidad.
La conversación despierta la curiosidad de Lucio: “¿Qué es un lunático, mamá?”.
“Es algo así como un animal”, responde su madre.
“Mamá, ¿si un hombre da su palabra, puede echarse atrás?” La respuesta no se deja esperar: “no, Lucho. Recuerda lo que siempre dice tu padre: un hombre sin palabra, no es un hombre”.
Cuando otra niña, que le agrada mucho, confiesa tener un “amigo” especial que le regala las tizas con las que marca las paredes de la escuela, se desespera por evitar que se encuentre con el hombre, pero no puede precisar más de sus razones porque dio su palabra. La niña sale de la escuela rumbo al fatal encuentro. Ante los intentos desesperados de Lucio, quien no termina de formular una explicación coherente, la maestra lo señala: “Ve señor (director), se lo dije: es incorregible”.
Hemos trazado hasta este punto, una breve introducción del relato del filme extrayendo los elementos que resultan de interés para el tema del artículo. A continuación, nos proponemos interrogar las coordenadas mediante las cuales los diversos entramados discursivos de lo social delimitan la figura del joven infractor o del niño “mayor”; fundamentalmente, en tanto el desvío respecto del ideal del "buen alumno" y la normativa pedagógica constituye una marca de insistencia a lo largo de toda la obra. ¿Qué lugar para la palabra del niño, de acuerdo a cada concepción epocal particular?
El joven infractor en los discursos
María Carolina Zapiola ubica que, en nuestro país, hay una súbita proliferación de discursos que se ocupan de la infancia y juventud transgresora hacia fines del siglo XIX, siendo el punto cúlmine la sanción de la ley de Patronato, en 1919. Seguiremos entonces a la autora en un breve recorrido por lo que se ha escrito sobre la infancia:
“La cuestión de los niños huérfanos, abandonados, explotados, trabajadores y delincuentes se instaló como tema álgido de debate en nuestro país durante las primeras décadas del siglo XX, si bien la preocupación por su suerte y peligrosidad databa por lo menos de fines del siglo XIX. Con la sanción de la Ley de Educación Común (Ley 1.420/1884), comenzó a generalizarse entre amplios sectores sociales la idea de que había empezado la construcción de un sistema educativo destinado a incluir en su seno a la totalidad de los niños de la nación. Sin embargo, para la misma época, los principales impulsores de un sistema de instrucción en teoría universal sostuvieron que el Estado debía intervenir en el tratamiento de algunos niños institucionalizándolos en espacio específicos, diferentes a la escuela. Este otro grupo estaría constituido por niños y jóvenes a los que se refirieron como “huérfanos”, “pobres”, “abandonados”, “vagos”, “delincuentes” y “menores”” (M. C. Zapiola, 2008).
Cuestiones estas, que Zapiola verifica en distintas publicaciones de la época como noticias periodísticas, textos infantiles, manuales de docencia. Pero también, textos de psiquiatría y/o criminología como el de José Ingenieros titulado “Los niños vendedores de diarios y la delincuencia precoz”, citado por la autora (Ídem, 7).
Se produce entonces una polaridad que conviene sintetizar. Por un lado, el “niño”, que es identificado al ser alumno y ser hijo –es decir, debe contar con estas condiciones– y, por otro, un grupo que no es “adulto”, pero que queda excluido de la categoría “niño”, por no cumplir alguna/s de la/s condición/es: el menor. Aclarando que “menor” queda más bien relacionado a lo que hace al texto del derecho o referidos a la actividad criminal, mientras se utilizan otros adjetivos en textos de otras índoles.
Sintetizando: niño-menor. Donde “niño” es aquel que es alumno e hijo, produciéndose esa categoría de “menores”, en tanto excluidos de la Niñez.
Zapiola recorta así dos corrientes discursivas que atraviesan “lo que se dice” en ese determinado momento histórico sobre los niños. Dos corrientes que, con sus diferencias, no necesariamente se contraponen. Analizado a partir de la figura del vendedor callejero de diarios, en ambas corrientes, la asistencia a la escuela y el mantenimiento de lazos familiares sólidos son necesarios para evitar la delincuencia. En los discursos educacionistas, la mirada sobre esta figura era más “benigna” en cuanto a que ven posible “tutelar” al niño para que no se aparte del recto camino, pese a las dificultades de su vida [1]. Del otro lado, en los discursos positivistas, la delincuencia aparece como un destino insalvable para quien no cuente con “bases sólidas” [2].
Es así que lo que se dice sobre los niños –y sus excluidos, los menores–, organiza toda una serie de prácticas para con ellos. Podemos ubicar no solamente las leyes vigentes al momento, sino toda una serie de entramados discursivos –incluso literarios– que dan cuerpo a figuras como la del “delincuente juvenil” o el “vendedor de diarios”.
Es decir, que el discurso educacionista plantea al joven infractor como una materia a corregir, moldear. Por su parte, el positivista, lo considera una materia ya sólida e inmodificable. Ambos, a su vez, presentan ese déficit en relación a la familia de origen o bien respecto a su institucionalización en la escuela.
Si bien, hoy el paradigma es otro y se considera a niños, niñas y adolescentes, sujetos de pleno derecho y, por lo tanto, la escucha de su palabra está puesta en primer plano, esto no resuelve la cuestión del cómo realizar dicha escucha. En tanto la autonomía no es plena sino progresiva y presupone a su vez las variaciones propias de la subjetividad de cada quien para el ejercicio pleno de sus derechos. Una subjetividad que no resulta accesible directamente desde el exterior, sino que queda fuera de la vista en los avatares de una supuesta interioridad siempre en movimiento y cambio. Sin embargo, muchas de estas concepciones conviven con las actuales en las prácticas reales.
Dar la palabra: no sin el inconsciente como estructura
Hasta aquí hemos trazado algunas coordenadas respecto a los discursos que hablan sobre las infancias y adolescencias, aquellas que delimitan la brecha entre la "normalidad" y la "transgresión" en un registro discursivo social y, por lo tanto, general.
Nos proponemos ahora cernir la dimensión de la subjetividad en su padecimiento singular. Por este motivo, avanzaremos con los planteos del psicoanálisis de Sigmund Freud y Jacques Lacan en estos aspectos, que incluyen al deseo y al goce en la cuestión del sujeto.
1.Surge lo extraño en el seno de lo familiar: el hombre de mirada oscura entre los juegos infantiles
Una calesita, un parque de juegos. La imagen de los chupetines junto al puesto de pochoclos. Niños y niñas felizmente alborotados. De fondo, una alegre música de organillero. En ese escenario luminoso, destaca la figura como entre sombras de un hombre que aparenta más altura y que, de alguna manera, pareciera mantenerse en penumbras en un lugar de alegría tan luminosa. Mirada torva. Le ofrece al protagonista una fruta que rechaza espontáneamente.
Freud ubica un recorrido familiar entre lo extranjero y lo íntimo en su estudio sobre el término alemán Heimlich (1919). Dice al finalizar el capítulo primero: “entonces lo Heimlich es una palabra cuyo significado evoluciona hacia la ambivalencia, hasta coincidir finalmente con su opuesto heimlich” (1919, 63). Veamos a qué se refiere.
Ubica primero la referencia a la “calma placentera y protección segura, como aquellas producidas por una casa confortable y abrigada” (Ídem, 49), en una definición que lo vincula con lo íntimo, lo familiar, cercana a nombrar los cohabitantes de una casa. Coincidentemente: “En aquella tranquila heimlichkeit, limitado de barreras estrechas (en los estrechos límites del hogar)” (ídem). Más adelante aparece vinculado a lo oculto: “En adelante, quisiera que no hubiera nada Heimlich entre nosotros” (ídem, 55). Eso Heimlich, o íntimo, pareciera ir encerrándose en las habitaciones. Sólo una página antes menciona el “conducirse Heimlich, como si se tuviese algo que ocultar; amor Heimlich” (ídem, 53).
Como hemos visto en este sucinto recorrido, la intimidad en la vivencia subjetiva se sostiene en variables distintas propias de su lógica y que no coincide necesariamente con una “interioridad” o “privacidad” requerida para asegurarla.
Tenemos hasta aquí una primera forma de emergencia de lo extraño en el seno de la escena familiar, del lugar seguro de lo infantil como espacio de juego compartido y cuidado. Destaquemos en particular ese juego de luces y sombras, donde la sombra que lo cubre no queda claro de dónde surge, generando un sentimiento de inquietud propio de lo siniestro.
Continuaremos ahora hacia otro punto donde surge lo extraño en el seno de lo familiar, que se articula con lo desarrollado hasta aquí.
2.Versiones de la novela familiar
Freud, en “La novela familiar del neurótico” (1909), presenta una secuencia que lleva al sujeto desde una primera idealización de amor y protección por parte de sus padres a descubrir, de pronto, que estos no resultan “tan perfectos” como se creía e, inclusive, comparados con otros, resultan defectuosos. Así, urde un relato novelado en el que resulta ser en verdad hijo de padres ricos, aristocráticos, más poderosos, etc. Resultando en que puede ser él mismo heredero de esa fortuna (el príncipe de la historia).
Plantea Freud:
“Para el niño pequeño, los padres son al comienzo la única autoridad y fuente de toda creencia. Llegar a parecerse a ellos -vale decir, al progenitor del mismo sexo-, a ser grande como el padre y la madre: he ahí el deseo más intenso y grávido en consecuencias de esos años infantiles” (1909, p. 217).
Este es el primer momento marcado por Freud, un momento mítico, en el sentido de que es relatado en retrospectiva por pacientes ya mayores.
Luego, dice Freud, es inevitable que el niño vaya tomando noticia acerca de la categoría a la que sus padres pertenecen, a medida que se va desarrollando su intelecto. Por ejemplo, en el filme, el protagonista toma nota de un comentario de su compañera y le redirige la pregunta al padre: “Papá, ¿es mejor un teniente de primera que uno de segunda?”, siendo que el padre pertenece a esta última categoría -encontrándose además estancado en su carrera, como ya veremos-. A lo que este responde: “no es que sea mejor, sino que ganan más”. Respuesta que resulta insuficiente.
Sin embargo, Freud continúa su descripción y pronto va quedando claro que no se trata de una cuestión de desarrollo intelectual o cognitivo: “Pequeños sucesos en la vida del niño, que le provocan un talante descontento, le dan la ocasión para iniciar la crítica a sus padres” (Ídem). Surge entonces un fuerte componente referido a la insatisfacción (talante descontento). Agregando, a continuación, que colaboran las mociones de rivalidad sexual.
El psicoanalista Juan Molina (2004) hace hincapié en esta cuestión en su lectura y comentario del texto freudiano.
Destaca que, a partir de este punto, se desarrollan distintas versiones de la novela correspondientes a la multiplicidad de tendencias en juego.
Subraya entonces que “en esas fantasías tan llenas de hostilidad en las que el padre es alejado en provecho de la pasión infantil por la madre, en esas fantasías, precisamente, se juega el inextinguible amor por el padre” (p. 85).
Entonces, en tanto se presenta de forma paradojal y ambigua, es el querer del sujeto lo que termina por perder su transparencia.
Retomemos entonces ese comentario que Lucio le dirige al padre: ¿es mejor un teniente de primera que uno de segunda? Lo que plantea Freud, y que subraya Molina, es que, si bien puede entenderse como algo propio del desarrollo intelectual del niño, en tanto su capacidad de discernimiento va madurando y dándole capacidad para comparar con otros a su propio padre, lo que se encuentra de fondo es una cuestión libidinal. Una experiencia de insatisfacción motiva un escenario de rivalidad sexual, propia del campo de las pulsiones, en el marco del guion edípico. Donde “madre” es la fuente de supuesta satisfacción, “padre” será el elemento contra el que se vuelve la agresividad. Es entonces que se pondrá en juego ese clivaje de la figura del padre entre el ideal y el rival menospreciado. Sobre este marco se construirá el relato novelado en múltiples versiones, donde se resarce su lugar en la economía libidinal, donde el anterior paradigma de “los padres” ha mostrado su insuficiencia.
Esta cuestión se enlaza a su vez con el sentimiento de lo extraño en el seno de lo familiar. Dice Molina: “La novela familiar es la novela de un extrañamiento por el que los padres no son los padres” (p. 83).
En este caso, no se trata de versiones posibles de un padre de mayor “jerarquía”, pero respeta la estructura de príncipe o caballero al rescate. Así como es presentado el filme, en esa estructura de cuento de hadas con tres personajes definidos: héroe, princesa y monstruo.
3.Dar la palabra: dilema que escribe lo real en juego
Para el psicoanalista Jacques Lacan, en su lectura de Freud, el objeto del deseo de presenta desde el inicio -es decir, en tanto axioma- como falta de objeto (1956), por la razón de que el sujeto del deseo se estructura en el campo de la palabra y del lenguaje (1953). Estos, son una herramienta de lectura de la obra freudiana, a partir de la cual puede avanzar en sus desarrollos, a partir de los textos de Freud. De acuerdo a este planteo, cualquier acceso a un objeto es mítico -como los mitos que se despliegan en la novela-. A nosotros, nos permitirá ubicar otras coordenadas en la lectura del filme.
Por un lado, cuando hay una excesiva cercanía con el objeto “Madre”, donde un elemento tercero falla, o desfallece, para marcar una separación –el elemento tercero “Padre” en la ficción edípica (Lacan, 1956)–, puede resultar un problema para ese momento de reencuentro con lo edípico.
A partir de esto, podemos articular con el desarrollo previo respecto a lo extraño familiar –lo unheimlich de Freud–, que algo de esto surge en el seno de la escena infantil marcada por la alegría y diversión: la figura del hombre-lunático en penumbras. Misma escena donde al joven se le presenta un primer encuentro con una niña y quiere recurrir a los emblemas paternos (teniente de segunda), pero estos resultan insuficientes.
A esta niña le da su palabra y queda “ligado por siempre” a ella.
En un segundo encuentro con una niña, pero “diferente a otras”, se le presenta el dilema: o bien traicionar su palabra (no ser un hombre), o bien perderla.
Es este dilema el que se presenta como sintomático y motiva toda una serie de formaciones del inconsciente, incluyendo pesadillas, síntomas de temor, ansiedad, conducta transgresora.
¿Qué es un hombre? Es decir, ¿de qué se trata, en principio, sostener una posición sexuada?
Para responder al encuentro con la diferencia sexual, el discurso de “los padres” muestra sus falencias. El intento por sostener el ideal planteado por su madre -un hombre sin palabra, no es un hombre-, se vuelve un problema: sostener el ideal de “los padres” es perderla.
4.Resolución del dilema: respuesta del sujeto que toma la palabra
Al tratarse de un filme y no del diálogo con un paciente, hay ciertas cuestiones que no podemos esperar que sean verificadas. Sin embargo, avanzaremos a modo de ejercicio con hipótesis de lecturas apoyadas en el texto del filme.
Si no es un hombre, ¿qué es? Si evitamos el binarismo que propondría agotar la cuestión en: “entonces es una mujer”, enlazando la debilidad de la posición masculina con una supuesta posición femenina, lo cierto es que la frase, más que cerrar, nos abisma al enigma.
Esta escribe, o inscribe, algo de lo que Lacan sitúa como dificultad estructural del sujeto para adoptar una posición sexuada, que es estructural, en tanto dependen de la estructura de lenguaje del inconsciente (Lacan, 1958). Este es el modo en que aborda lo relativo a las tendencias sexuales inconscientes que plantea Freud.
A partir de suponer esta estructura, el complejo de castración -es decir, esa articulación ya mencionada entre los elementos míticos “Padre” y “Madre”, donde la presencia y eficacia del primero debe mantener a distancia al segundo-, permite “la instalación en el sujeto de una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse al tipo ideal de su sexo” (Lacan, 1958, p. 653).
No se trata de encuentros sexuales o inicios en la sexualidad efectivamente acontecidos –aunque pueda incluirlos–, sino de la dificultad estructural que se plantea por el hecho mismo de que el sujeto se estructura en el campo de la palabra y del lenguaje (Ídem).
¿Cómo responde el sujeto en el relato? Observamos, al llegar el clímax, que no revela el secreto verbalizándolo, sino que deja un rastro -un signo- para poder ser seguido en su camino y eventualmente encontrado. Va soltando los botones de su saco.
Tal vez sea posible aprovechar, en función de una hipótesis de lectura, la multivocidad de la palabra “botón” en lunfardo rioplatense, como policía o, inclusive, buchón por extensión. ¿Será un modo de hacer uso de los emblemas paternos, más allá del padre, un uso destinado a resolver la encrucijada en que lo deja el dilema que da nombre, para él, al desencuentro con el Otro sexo?
Reflexiones finales
La subjetividad en la adolescencia presenta una gran complejidad. Conductas de riesgo y transgresión pueden ser leídas desde diferentes discursos disciplinares. Hemos recorrido brevemente la interpretación jurídica y social a partir de los desarrollos de María C. Zapiola, donde muestra que el discurso jurídico se interrogaba acerca de cómo abordar a los jóvenes infractores. Se desprenden dos discursos: el positivista, que los considera incorregibles -proponiendo una solución punitiva- y el educacionista, que apuesta por la tutela. En ambos casos, los jóvenes quedan en posición pasiva, o de objeto.
A partir de articular los desarrollos de Freud y Lacan, para una lectura del relato cinematográfico, pudimos ir reubicando algunos elementos.
El tomar la palabra implica el despliegue de una dialéctica que no se subsume en una interioridad a develar por los especialistas “psi”, sino en el encuentro - desencuentro con el otro/Otro. A partir de cierta experiencia de insatisfacción –que queda en el nivel del mito, al igual que un momento anterior de plena satisfacción con los padres–, el sujeto responde con una ficción novelada que busca satisfacer tendencias (Freud), o bien responder a lo imposible que presentifica el encuentro sexual para el sujeto del deseo que se estructura en el lenguaje (Lacan). En este caso, el dilema que se realiza al dar su palabra a una niña, escribe para el sujeto la dificultad estructural en el encuentro desencuentro con el Otro sexo. El encuentro de esta imposibilidad relanza toda una serie de formaciones del inconsciente: pesadillas con “el lunático”, temores y ansiedades.
Sin embargo, aquellos otros adultos por fuera de la familia, no dejan de escucharlo como un niño. El médico alivia a los padres: “¡por suerte los niños olvidan tan pronto!”. O bien, la docente que sanciona: “Lo ve, Sr. Director, es incorregible”, sin interrogarse por aquello que lo afecta.
En este sentido, no podemos dejar de preguntarnos qué papel podrían jugar esos otros adultos en el caso de abrir su escucha a la subjetividad de quien se abisma a lo insoluble que tiene para el sujeto del inconsciente lo sexual. Es decir, el adolescente.
Referencias:
Molina, J. (2004) Edipo y la novela. En Conjetural. Revista Psicoanalítica. Nro. 41, Mayo de 2004. “¿Por qué el Padre? Contingencias de la sexualidad. El silencio y la Sombra. Bs. As.: Ed. Sitio.
Lacadeé, P. (2014) Los sufrimientos modernos del adolescente. Bs. As.: Ed. UNSamedita.
Lacan, J. (1956) El seminario 4, La relación de objeto. Bs. As.: Ed.Paidós (2007)
Lacan, J. (1958) La significación del falo. En Escritos 2. Bs. As.: Ed. Paidós. Pp.653-662. (2009)
Lacan, J. (1962-1963) El Seminario 10, La angustia. (Versión crítica de Ricardo Rodríguez Ponte). (2004)
Freud, S. (1919) Das Unheimlich. Manuscrito inédito. Texto bilingüe. Bs. As.: Ed. Territorios. (2014).
Zapiola, M. C., (2008), “Niños en las calles: imágenes literarias y representaciones oficiales en la Argentina del Centenario”. En Gayol, S. y Madero, M. Formas de la Historia cultural. Buenos Aires, Arg.: Ed. Prometeo. Recuperado en: https://www.aacademica.org/maria.carolina.zapiola/16.pdf
NOTAS
[1] “Perico, el vendedor de diarios que es su protagonista, fue premiado por el director de la escuela a la que concurría como alumno cuando éste se enteró de que un día, mientras se hallaba trabajando, Perico había encontrado una abultada billetera, la había devuelto, se había resistido a aceptar la recompensa que el dueño había querido otorgarle y cuando al fin lo hizo, la repartió entre la anciana que lo había criado y una donación al Asilo de niños vendedores de diarios para construir una escuela anexa a la institución. Semejante acción conduce al padre de otro alumno a comparar a Perico con Manuel Belgrano cuando donó los $40.000 que le había entregado la Asamblea Constituyente como premio por sus servicios para la construcción de cuatro escuelas en Salta y Jujuy: “¿Hay nada más grande y más hermoso que esta imitación de un pobre niño al más noble gesto de abnegación del héroe?””. (F. Latallada, op. cit., 1916. Citado en Zapiola, 2008, 17)
[2] “Ese pequeño, embellecido con los más simpáticos atributos del corazón humano, mimado como un juguete, de actividad prodigiosa y encantadora, más apto para entretener que para enfadar, irresponsable declarado, aparentemente incapaz de ejercitar con intención los instintos, es sin embargo, una flora abundante y matizada de crueldades, intrigas, ambiciones, odios, venganzas, depredaciones, mentiras, celos, iras, traiciones, caprichos, grescas, vicios, deseos violentos, impulsiones fulminantes, conciencias inestables y veleidosas, que en un momento dado, concluyen en el delito purgado por el poético muñeco en el correccional...” (V. Mercante, “Notas sobre criminología infantil”, en APCCA, Buenos Aires, Talleres de la Penitenciaría Nacional, 1902, p. 34. Citado en Zapiola, 2008, 18) La importancia de inhibir los impulsos instintivos mediante la educación (escolar).
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Película:Si muero antes de despertar
Título Original:Si muero antes de despertar
Director: Carlos Hugo Christensen
Año: 1952
País: Argentina
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