Universidad Panamericana
Resumen:
En las últimas dos décadas, el cine mexicano contemporáneo ha incorporado a niñas y niños como protagonistas de relatos atravesados por la violencia asociada al crimen organizado, el desplazamiento, la precariedad y la desigualdad social. Más que documentar estas problemáticas, diversas obras han desarrollado estrategias narrativas y audiovisuales que cuestionan la responsabilidad ética de representar el sufrimiento infantil sin convertirlo en espectáculo. Este artículo analiza Vuelven (Issa López, 2017), Los lobos (Samuel Kishi, 2019) y Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021) con el objetivo de identificar los recursos cinematográficos mediante los cuales construyen una mirada ética sobre las infancias en contextos de violencia. Desde un enfoque cualitativo basado en el análisis textual audiovisual comparativo, se examinan el punto de vista, el fuera de campo, el tratamiento del cuerpo infantil, el diseño sonoro y la imaginación como estrategias narrativas. Los resultados muestran que estas películas desplazan la representación explícita de la violencia hacia la experiencia subjetiva de niñas y niños, promoviendo una relación crítica y empática con el espectador. Se concluye que este cine configura una ética de la mirada que cuestiona las formas convencionales de representar la violencia y propone modos alternativos de hacer visible la vulnerabilidad infantil.
Palabras Clave: Infancia | violencia | ética | representación
Looking at Childhood in Times of Violence: The Ethics of Representation in Contemporary Mexican Cinema
Abstract:
Over the past two decades, contemporary Mexican cinema has increasingly portrayed children as central characters in narratives shaped by organized crime, forced displacement, social inequality, and structural violence. Rather than merely depicting these realities, several films raise ethical questions about representing childhood suffering without turning it into visual spectacle. This article examines Tigers Are Not Afraid (Issa López, 2017), The Wolves (Los lobos, Samuel Kishi, 2019), and Prayers for the Stolen (Noche de fuego, Tatiana Huezo, 2021) to identify the cinematic strategies through which they construct an ethical perspective on childhood in violent contexts. Using a qualitative comparative textual analysis, the study examines point of view, off-screen space, the representation of children’s bodies, sound design, and imagination as narrative strategies. The findings show that these films shift attention away from explicit violence toward children’s subjective experiences, fostering a critical and empathetic engagement with viewers. The article concludes that these works articulate an ethics of spectatorship that challenges conventional representations of violence while offering alternative ways of making children’s vulnerability visible.
Keywords: Childhood | violence | ethics | representation
1. Introducción
En las últimas décadas la violencia se ha convertido en uno de los temas que más abunda y caracteriza al cine mexicano contemporáneo. La expansión del crimen organizado, las desapariciones forzosas, el desplazamiento y la precarización de la vida, así como las múltiples formas de violencia estructural han transformado creativa y visualmente no solo las narrativas, sino también las maneras de representala. En este sentido, las infancias han cobrado protagonismo como actores de relatos en los que se exploran las consecuencias sociales y afectivas de la violencia, dejando atrás una mirada que giraba en torno a lo que vivían los adultos para centrarla en la de niñas y niños que transitan por estos escenarios.
La mayor presencia de personajes infantiles en el cine mexicano reciente plantea un desafío que trasciende al contenido de los relatos que nos ofrecen los filmes. La cuestión principal no es simplemente la representación de las infancias en condiciones de violencia, sino las decisiones éticas de dicha representación. Mostrar el sufrimiento infantil sería incorporar una responsabilidad moral y estética sobre cómo las imágenes construyen la relación con la obra, con los sujetos que aparecen representados y con el espectador, como advierte Susan Sontag (2003): “No we should be taken for granted when the subject is looking at other people’s pain”, recordando que toda representación del sufrimiento implica una posición ética para la persona que elige la imagen, como la persona que la observa.
La violencia contra las niñas y niños es una de las experiencias más vulnerables socialmente y, en consecuencia, su representación en el cine exige reflexionar en torno a los límites de la denuncia, la concientización y el riesgo de la exhibición del dolor como espectáculo. Por ello, no se trata de determinar si el cine debe o no llevar a cabo la representación de la violencia sufrida por los niños y las niñas, sino de pensar en qué medida las decisiones formales de la puesta en escena preparan determinadas formas de mirar dicha violencia. Por lo tanto, la representación cinematográfica va más allá de comunicar los acontecimientos, pues organiza determinadas maneras de percibir y de posicionarse moralmente ante el sufrimiento del otro.
Diversas líneas de estudios de ética y cultura visual han puesto de manifiesto que las imágenes nunca son “neutras”. Toda representación implica decisiones acerca de qué mostrar, qué omitir, desde qué lugar mirar y qué tipo de relación tejer con los que miran. Por ende, la reflexión ética sobre el cine no se agota en los temas que trata un filme, sino que abarca los procedimientos mediante los cuales dichos temas quedan configurados audiovisual o auditivamente, lo que constituye una perspectiva que resulta ser especialmente pertinente cuando se trata de los sujetos representados en la pantalla: las niñas y los niños, pues su vulnerabilidad exige formas de representación que sean capaces de salvaguardar su dignidad, sin invisibilizar las violencias que las atraviesan.
El cine mexicano de hoy es un terreno apropiado para poder analizar estos dilemas. Títulos como Vuelven (Issa López, 2017), Los lobos (Samuel Kishi, 2019) y Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021) desplazan la experiencia infantil al centro de la narración a través de estrategias cinematográficas que destacan la percepción subjetiva de los sujetos protagonistas. A pesar de que se tratan temas diferentes (la violencia criminal, la migración y precariedad urbana y la violencia que afectan las comunidades rurales por grupos armados), los tres filmes evitan la representación explícita y espectacularizada del sufrimiento infantil, construido a partir del silencio, la elipsis, el fuera de campo, la imaginación y la experiencia cotidiana cuya centralidad permite acercar el espectador a la complejidad emocional de sus personajes.
En este contexto, la presente investigación tiene como objetivo analizar las estrategias narrativas y audiovisuales que dan lugar a una representación ética de las infancias en contextos de violencia por parte de Vuelven, Los lobos y Noche de fuego, así como los recursos cinematográficos que crean un modo crítico y empático con el espectador sin caer en la espectacularización del dolor.
De esta manera, la investigación formula la siguiente pregunta de investigación: ¿qué estrategias cinematográficas conforman una ética de la representación de las infancias en contextos de violencia y de qué forma esas estrategias a su vez transforman la experiencia del espectador frente al sufrimiento infantil? La hipótesis sostiene que las tres películas desplazan la representación explícita de la violencia hacia dispositivos formales favorecedores de la mirada infantil, como el fuera de campo y la imaginación como máximas mediaciones narrativas. Las decisiones estéticas construyen una ética de la representación con el fin de evitar convertir el sufrimiento de niñas y niños en un objeto de consumo visual y en su lugar propiciar una vivencia de la observación que se sostiene en la empatía y en los esfuerzos de reconocimiento de la vulnerabilidad, la crítica y la reflexión sobre las violencias que atraviesa la infancia en el México contemporáneo.
2. Ética de la representación e infancias en el cine
La representación cinematográfica de las infancias en situaciones de violencia exige un abordaje que articule la reflexión ética y los estudios sobre la imagen y el cine. Aunque la violencia ha sido analizada en términos de fenómeno social, las preguntas referidas a cómo representarla y cuáles son las implicaciones morales de esa representación han cobrado importancia en los últimos años.
En el caso de las niñas y los niños, esas preguntas adquieren una complejidad añadida, pues la imagen, además de dar cuenta de un estado de vulnerabilidad, participa en la construcción de maneras de reconocimiento, empatía o indiferencia frente a esa vulnerabilidad. Por lo tanto, el marco teórico tiene dos ejes que se complementan: uno es el que estudia las particularidades de la ética de la representación del sufrimiento en los estudios visuales y en los estudios cinematográficos, y otro es el que analiza la forma en la que el cine ha fraguado la mirada de las infancias como sujetos de experiencia y no como meros objetos de observación.
2.1 La imagen como problema ético
La reflexión actual en torno la ética de las imágenes viene marcada por la afirmación de que toda representación es una práctica de mediación; las imágenes no son un reflejo transparente de la realidad, sino que son interpretaciones hechas a partir de decisiones de encuadre, montaje, luz, sonido o punto de vista. De esta manera, la representación es también hacerse responsable de aquello que se hace visible y de aquello invisible, y de las relaciones que se efectúan entre los sujetos que se representan y aquellos que lo miran.
Susan Sontag (2003) critica la idea de que las imágenes del sufrimiento acaben por inducir a una comprensión moral. En una de las ideas centrales de su libro plantea que “las narrativas pueden llevarnos a entender”. “Las fotografías hacen algo más: nos persiguen”. La autora nos recuerda que las imágenes tienen una capacidad peculiar para aferrarse a la memoria del espectador, pero eso no implica que, por ello, haya una respuesta ética ante lo que se pueda vislumbrar de aquel sufrimiento. Desde esta óptica, el reto no consiste solamente en enseñar el sufrimiento, sino en edificar unas condiciones de representación que favorezcan una oportunidad de comprensión crítica de aquello que las imágenes ponen en movimiento.
Esta inquietud tiene continuidad en el planteamiento de Roger Silverstone (2007), quien afirma que los medios participan en la construcción de la vida moral contemporánea. Este concepto resulta especialmente pertinente para el análisis audiovisual, ya que exige la importancia de instalar cierta distancia ética que permita reconocer y aceptar la humanidad del otro sin la conversión de la misma en objeto de voyerismo o sentimentalismo.
De la misma forma, Chouliaraki (2006) sostiene que las imágenes del sufrimiento construyen posiciones para quien observa. Estas representaciones pueden fomentar el reconocimiento, la solidaridad y la reflexión crítica, pero también pueden transformar el sufrimiento ajeno en un consumo emocional sin contexto, de ahí que haya que examinar las estrategias narrativas y las estrategias visuales a partir de las cuales se produce esa interpelación del espectador.
También en el ámbito de los estudios de cine, Robert Sinnerbrink (2019) propone entender este medio como una experiencia ética, antes que un medio para transmitir alguna clase de contenido moral. Desde este punto de vista, la dimensión ética nace de la interrelación entre los recursos formales de la obra y la experiencia perceptiva del espectador. De esta manera, la ética de las imágenes no se encuentra solo en aquello que muestra la película, sino en la forma en la que interpelan al espectador para mirar, sentir y entender el mundo.
La cuestión ética ya no responde solo a la pregunta de qué imágenes muestran la violencia o cómo esas imágenes organizan la experiencia del que observa, sino que la ética en la imagen es un acontecimiento que permite ver y sentir el mundo. Esta pregunta es especialmente importante cuando lo que se intenta representar son las infancias, en tanto que son las más vulnerables y su representación requiere del uso de estrategias audiovisuales que garanticen su dignidad sin dejar de mostrar la realidad que atraviesan.
2.2 La infancia como horizonte ético de la representación cinematográfica
La infancia ha dejado de considerarse una categoría universal para pasar a ser considerada como una construcción social, cultural e histórica. Los estudios contemporáneos de la infancia han demostrado que las maneras de representar a niñas y niños responden a ciertas concepciones sobre la vulnerabilidad, la autonomía, el cuidado y la participación social.
Por esta razón, las representaciones cinematográficas no solo simbolizan realidades preexistentes, sino que participan en la definición de quiénes son las infancias, cómo deben ser comprendidas y cuál es su ubicación social.
Dentro de los estudios sobre cine, Vicky Lebeau (2008) sostiene que la infancia ocupa un lugar peculiar dentro de la historia del cine ya que, simultáneamente, la infancia es experiencia vivida, construcción cultural y dispositivo narrativo. La presencia de los niños y de las niñas modifica la relación entre la cámara y el espectador/a instigando la aparición de las interpelaciones vinculadas a la mirada adulta, la memoria, la vulnerabilidad y la responsabilidad ética que supone filmar cuerpos en proceso de constituirse.
Siguiendo esta propuesta, Wilson (2003) afirma que el cine contemporáneo ha desarrollado formas de representación que entienden la ausencia, el silencio y la fragilidad en términos narrativos, sin necesidad de recurrir a la espectacularización del sufrimiento de la infancia. La experiencia infantil no se agota en los acontecimientos en la imagen, sino que se completa en el fuera de campo, en el tiempo muerto de la narración, en las miradas y en los lugares en donde el espectador/a tiene que completar aquello que la película ha decidido no mostrar.
A partir de ello, Karen Lury (2010) remarca que la infancia cinematográfica no debe ser considerada solo un objeto de protección, sino también una forma particular de experimentación respecto al mundo. Desde este punto de partida, la mirada infantil reestructura y organiza el espacio, el tiempo y la relación con el entorno, obligando al cine a definir estrategias que permitan acercarse a la figura de estos infantes, creando un especial énfasis en la representación de las víctimas, reconociendo a las niñas y niños como sujetos de experiencia, de imaginación y de acción.
La imaginación es considerada por ello como una función ética y narrativa muy importante. Más que representar una forma de salir de este lugar tan violento, es un recurso del que se sirven las infancias para elaborar el miedo, resignificar la pérdida y mantener vínculos afectivos en contextos profundamente adversos. Y es a través de la imaginación que la representación cinematográfica encuentra la forma de acercarse al sufrimiento infantil sin reducirlo a un espectáculo, pero priorizando la subjetividad de los personajes por encima de la exposición de la violencia desenfrenada.
A partir de este enfoque, podemos decir que la conexión entre la ética de la representación y la investigación sobre la infancia le dan una responsabilidad al cine, que más que denunciar el sufrimiento que provoca la violencia; tiene la obligación de decidir la forma de hacerlo visible. En Vuelven (Issa López, 2017), Los lobos (Samuel Kishi, 2019) y Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021), la cámara evita colocar al espectador en una experiencia de consumo visual del dolor e intenta construir una experiencia mediada por la percepción infantil, la alteridad, el fuera de campo, los silencios, el diseño sonoro y la imaginación.
Todas estas posibilidades construyen la forma cinematográfica como el lugar donde se articula una ética de la mirada que tiene en cuenta la vulnerabilidad de las infancias, pero nunca las convierte en víctimas pasivas.
3. Metodología
La investigación que se expone aquí se realizó desde un marco cualitativo de tipo interpretativo con la finalidad de analizar las estrategias narrativas y audiovisuales a través de las cuales el cine mexicano contemporáneo construye socialmente lo infantil en el marco de contextos con situaciones de violencia. Se asumió un diseño de tipo comparativo para recabar las particularidades de cada obra, sin dejar de lado los rasgos formales en común que edifican una ética de la representación.
El corpus está constituido por tres largometrajes mexicanos producidos entre los años 2017 y 2021: Vuelven (Issa López, 2017), Los lobos (Samuel Kishi, 2019) y Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021). El criterio de selección fue un muestreo intencional en función de los siguientes cuatro criterios: la presencia de niñas y niños como eje de la narración, la representación de los diferentes contextos de violencia estructural, el reconocimiento crítico de las obras en el seno del cine mexicano contemporáneo y la pluralidad de sus propuestas estéticas.
El análisis se realizó a partir de un análisis textual audiovisual, entendido como una estrategia metodológica que contempla la relación recíproca entre los recursos formales del lenguaje cinematográfico y la construcción de sentidos. Más que abordar el contenido argumental de las películas, este enfoque hace posible pensar la forma en que la puesta en escena produce una experiencia ética de la mirada a partir de decisiones vinculadas con el punto de vista, el encuadre, el montaje, el diseño sonoro y el tratamiento del espacio y el tiempo cinematográfico.
Con base en el marco teórico, el estudio se orientó en cinco categorías analíticas: la construcción de la mirada infantil, las formas de representación de la violencia, el uso del fuera de campo y la elipsis, la imaginación como recurso narrativo y el tratamiento del cuerpo infantil. Estas categorías orientaron el proceso de análisis comparativo de los tres filmes, siendo capaz de identificar cuáles son las estrategias cinematográficas a partir de las cuales el sufrimiento infantil es representado y cómo estas decisiones formales producen una experiencia ética para la persona espectadora.
4. Resultados
4.1 La construcción de una mirada ética sobre las infancias
La comparación de Vuelven (Issa López, 2017), Los lobos (Samuel Kishi, 2019) y Noche de fuego (Tatiana Huezo, 2021) nos lleva a constatar que, a pesar de las particularidades estéticas y narrativas de cada una de las películas como objeto de análisis, existe una lógica común: trasladan el foco de la violencia dramática desde el acontecimiento espectáculo hacia la experiencia cotidiana de las infancias. Dicho desplazamiento produce cambios en el lugar tradicional que la infancia ha ocupado en el cine sobre violencia en México, relegando el uso de la infancia como recurso dramático destinado a aumentar el efecto ideado por la trama, para establecerlas como el punto de partida desde donde se desarrolla la puesta en escena de la experiencia del espectador/a.
En este sentido, la violencia no aparece como un conjunto de episodios espectaculares, sino que se establece como un modo de vida. La cámara sabotea intencionadamente la información disponible y se acompaña así de la percepción parcial e incierta de los propios personajes, evitando la mirada omnisciente que caracteriza otras narrativas, tanto del crimen organizado como de la violencia social. Esta decisión narrativa sitúa al espectador en la experiencia infantil y da lugar a una forma de comprender el conflicto sui generis: la amenaza se articula mediante la espera, la incertidumbre, los silencios, las variaciones de la vida cotidiana y los desplazamientos antes que de la acumulación de escenas explícitas de violencia.
A pesar de que cada película utiliza esta estrategia de una manera diferente, todas ellas favorecen la subjetividad infantil como principio organizador del relato. El juego de la delgada línea entre la vida cotidiana y la fantasía en Vuelven, por ejemplo, deja entrever la violencia en el miedo, la pérdida y la orfandad sin recurrir a la imagen explícita del horror. En Los lobos, el amago del pequeño departamento, junto con la cotidianidad y la vida fantaseada de los hermanos hacen que la precariedad y el migrar pasen a ser experiencias ligadas con las intimidades construidas desde la percepción de la niñez. En Noche de fuego, la permanencia del crimen organizado se muestra a través de la atmósfera de la vigilancia, la incertidumbre y el control de la vida de las niñas incluso cuando la violencia va más allá del campo de la visión.
En este sentido, la puesta en escena transforma la posición del espectador. La cámara no visualiza a las infancias desde el exterior, no adopta una postura adulta que explique los hechos, sino que limita el acceso a la información y otorga preferencia a la percepción fragmentaria propia de aquéllos que aún intentan entender el mundo en el que habitan. Tal decisión convierte la incertidumbre en un recurso ético, ya que el espectador comparte las dudas, los miedos y las expectativas de los personajes infantiles, pero no tiene acceso al conocimiento privilegiado de los hechos.
Otro elemento compartido es la función del fuera de campo y el diseño sonoro. En las tres películas, una parte importante de la violencia se construye mediante sonidos, rumores, conversaciones interrumpidas o acontecimientos que quedan fuera del espacio de la imagen. Este recurso aleja el espectador de una representación que se antojaría desnaturalizada; por el contrario, provoca una mayor intensificación de la tensión narrativa y desplaza el interés hacia las consecuencias emocionales y afectivas que acompañan a la violencia. La representación deja de centrarse en el acto violento para hacerlo en la forma con la que este último reorganiza los vínculos familiares, los espacios cotidianos y los modos de vivir la infancia.
Estas observaciones permiten afirmar que las tres películas construyen una ética de la mirada desde la proximidad emocional y no desde la exhibición del sufrimiento. La violencia presente durante las narraciones se encuentra mediada por una serie de decisiones formales que prefieren la experiencia infantil y evita los modos de representación visual del espectáculo.
4.2 La estética del cuidado: representar la violencia sin convertirla en espectáculo
El principal hallazgo del estudio, reside en la forma en que la forma cinematográfica se vuelve un dispositivo de cuidado. Las tres obras se sirven de alternativas estéticas que eluden transformar el sufrimiento infantil en producto de consumo visual, y por lo tanto, en una representación estética. En este sentido, la ética de la representación se plantea en las decisiones de la dirección, la fotografía, el montaje o el sonido y las elecciones que permiten mantener la conexión entre el espectador y lo que se tiene ante la vista.
Uno de esos recursos es la renuncia a la espectacularización. Ninguna de las películas traza su narración en la eficacia de imágenes que están destinadas a impactar mediante la reiteración del dolor en forma de consumo de la imagen. En el caso de que la violencia trace el propio eje de la narración, la cámara privilegia las reacciones de los personajes, las transformaciones de los espacios o los efectos psicológicos de lo ocurrido en detrimento de la representación explícita de los actos violentos. La decisión que han tomado desplaza el interés desde lo escénico, desde el intersticio entre lo escénico y lo visible, hacia la experiencia humana y la vulnerabilidad.
Esta decisión es especialmente significativa si tenemos en cuenta la bien conocida advertencia de Sontag (2003) acerca de que las imágenes del sufrimiento pueden oscilar entre la denuncia y lo escénico. La propia autora, desde su punto de vista (2003: 79) explica cómo “la fotografía da señales confusas. Detenlo, nos recomienda. Pero también exclamamos, ¡Qué espectáculo!” Las películas que hemos trabajado parecen romper con esta segunda lógica al privilegiar una representación en la que el dolor infantil se encuentra contenido y, por tanto, no facilita que la violencia sea objeto de fascinaciones visuales.
La imaginación es otro de los elementos centrales de la ética cinematográfica; en las tres películas analizadas se maneja como forma simbólica de elaboración de las niñas y los niños, quienes pueden lidiar con un medio ambiente absolutamente hostil. No es una manera de escapar de la realidad, sino un recurso narrativo que permite seguir jugando, amando y esperando, incluso entre los regímenes del miedo. De ahí que la imaginación tome también el valor de una ética, toda vez que evita que la violencia suspenda la experiencia infantil y le deja espacios de creación de sentido desde la propia subjetividad de los personajes.
Igualmente, el abordaje del cuerpo infantil se aleja de la lógica de la representación del sufrimiento. Los cuerpos aparecen en espacios familiares, comunitarios o afectivos que reconocen su vulnerabilidad, pero sin asumirlos como sujetos víctimas. La cámara se centra más en la mirada, la interacción, el silencio, el gesto, que en las imágenes del daño físico, y así logra proteger la dignidad de los personajes, excluyendo el cuadro basado en el golpe visual.
Todos estos elementos crean una estética del cuidado en donde la violencia no desaparece de la historia ni se reduce a lo mínimo, sino que asume su complejidad al mostrarse desde las experiencias, desde las emociones y desde las maneras de resistencia que construyen las infancias. El cine propone entonces una manera de mirar: una mirada que asume la vulnerabilidad sin tratarla en modo de espectáculo, y que coloca a sus espectadores ante una exigencia ética en relación al otro y no como consumo del sufrimiento.
De ahí que este análisis sostenga que en las tres películas estudiadas no sólo se incorporan a los niños y niñas como protagonistas de historias de violencia, sino que cambian las condiciones de su representación. A través de una forma cinematográfica distinta, estos filmes construyen una ética de la mirada que es una de las mayores aportaciones del cine mexicano contemporáneo respecto a la representación de las infancias.
5. Discusión
Los hallazgos presentados permiten realizar ampliaciones en las discusiones sobre la representación de la violencia en el cine mexicano contemporáneo, puesto que evidencian que la dimensión ética de las películas no está sustentada única y exclusivamente en el tema que abordan, sino en las decisiones formales a partir de las cuales éstas construyen la experiencia del espectador. En el mismo sentido de las discusiones presentadas por Sontag (2003), Silverstone (2007), Chouliaraki (2006) y Sinnerbrink (2019), el estudio corrobora que las representaciones del sufrimiento constituyen una práctica ética por la cual el punto de vista, el fuera de campo, el diseño sonoro y el ritmo narrativo determinan las maneras de reconocimiento del otro.
De esta forma, Sontag advierte sobre el riesgo de que las imágenes conviertan el sufrimiento en espectáculo, lo que encuentra una respuesta especialmente sugestiva en las tres películas resultado de nuestro análisis, las cuales mudan el énfasis en las imágenes de impacto al del espectador, a su experiencia afectiva y moral. Ahora bien, desde este punto de vista, Vuelven, Los lobos y Noche de fuego ofrecen una alternativa a la representación de la violencia que prioriza el impacto visual. En lugar de dar protagonismo a la exhibición del daño, asumen la experiencia cotidiana de las infancias en las formas en que niñas y niños interpretan, resisten y resignifican los contextos que habitan. Este desplazamiento consiste aceptar que la vulnerabilidad no equivale a pasividad, sino a la posibilidad de la existencia con la imaginación y los afectos.
En su conjunto, las tres películas insinúan que una representación ética de las infancias no es la que oculta la violencia, sino aquella que produce fórmulas cinematográficas que mantienen la dignidad de los personajes y que favorecen una relación crítica con el espectador. En esta línea, el artículo anuncia cómo la estética del cuidado puede ser una categoría que ayude a comprender aquellas estrategias audiovisuales que representan la violencia y no la transformación del sufrimiento infantil en un objeto de consumo visual, abriendo el camino para un análisis que puede extrapolarse a otros trabajos sobre cine, ética y cultura visual.
6. Conclusiones
El análisis realizado en Vuelven, Los lobos y Noche de fuego permite extraer un conjunto de estrategias narrativas y audiovisuales que acaban constituyendo una manera determinada de representar las infancias en los contextos marcados por la violencia. Las tres películas, más allá de hacer uso de mostrar el sufrimiento de forma explícita, priorizan la mirada infantil como recurso para construir una experiencia ética de lo que se ve.
De este modo, los hallazgos permiten responder la pregunta de investigación empezando a mostrar que la ética de la representación no depende solamente de las temáticas abordadas, sino de las decisiones formales a partir de las cuales el cine propone esa relación entre el espectador y los personajes infantiles. Así, se confirma la hipótesis que guía esta investigación: las películas analizadas desplazan la atención desde la espectacularización de la violencia a la construcción de una experiencia cinematográfica que, sin reducir a los y las niñas a la condición de víctimas pasivas producto de la violencia, reconoce su propia vulnerabilidad.
Como principal aporte, el artículo propone la idea de la estética del cuidado a fin de dar cuenta de aquellas estrategias cinematográficas que dan forma a la representación de la violencia, garantizando al mismo tiempo la dignidad de las infancias y la construcción de una relación crítica y empática con el espectador. Este esfuerzo por entender la forma cinematográfica como el lugar donde se representa la ética, se enriquece a partir de la puesta en escena elegida.
Por último, este trabajo también abre nuevas líneas para el estudio de las representaciones de la infancia en el ámbito audiovisual en América Latina en contextos de violencia, desplazamiento y otras formas de vulnerabilidad social. Investigar estos procesos en distintas cinematografías permitirá profundizar en el cine como un lugar donde es posible trabajar las reflexiones éticas y hacer memoria de las infancias contemporáneas.
Referencias:
Chouliaraki, L. (2006). The spectatorship of suffering. Sage.
Kishi Leopo, S. (Director). (2019). Los lobos [Película]. Animal de Luz Films; Eficine Producción; Pirexia Films.
Lebeau, V. (2008). Childhood and cinema. Reaktion Books.
López, I. (Director). (2017). Vuelven [Película]. Peligrosa Films; Filmadora Nacional.
Lury, K. (2010). The child in film: Tears, fears and fairy tales. I.B. Tauris.
Silverstone, R. (2007). Media and morality: On the rise of the mediapolis. Polity Press.
Sinnerbrink, R. (2019). Film and ethics. Routledge.
Sontag, S. (2003). Regarding the pain of others. Farrar, Straus and Giroux.
Wilson, E. (2003). Cinema’s missing children. Wallflower Press.
Huezo, T. (Director). (2021). Noche de fuego [Película]. Pimienta Films; Match Factory Productions.
NOTAS
FORUM
Película:Vuelven | Los lobos | Noche de fuego
Título Original:Vuelven | Los lobos | Noche de fuego
Director: Issa López | Samuel Kishi | Tatiana Huezo
Año: 2017 | 2019 | 2021
País: Mexico
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