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El amor después del amor artificial. Desde una mirada bioética

por Rispoli, Claudia

Universidad de Buenos Aires

Resumen:

Este artículo analiza los dilemas éticos que emergen en los vínculos amorosos mediados por la inteligencia artificial, tomando como eje narrativo el film Zoe (Doremus, 2018). Desde una articulación interdisciplinaria entre la bioética narrativa, el psicoanálisis y la filosofía contemporánea, se problematiza la autenticidad del deseo, la dignidad relacional y la vulnerabilidad simbólica frente a tecnologías que simulan afecto. La investigación se inscribe en un diseño cualitativo exploratorio-descriptivo, utilizando el método clínico de análisis de films como dispositivo crítico para indagar la subjetividad en tiempos de tecnificación afectiva. Se revisan antecedentes recientes sobre intimidad digital y vínculos humano-robot, y se discuten categorías como simulacro, narcisismo y subjetividad hipermoderna. El trabajo concluye que la posibilidad de establecer vínculos con inteligencias artificiales programadas para responder sin fisuras plantea riesgos éticos y subjetivos, al desdibujar la alteridad y anestesiar el sufrimiento, elementos constitutivos del amor humano. Se propone que el cine, como laboratorio ético, permite abrir interrogantes sobre la condición humana y la integridad personal en escenarios de simulación afectiva.

Palabras Clave: Bioética | IA | Subjetividad | Cine

Love After Artificial Love

Abstract:

This article analyzes the ethical dilemmas arising from love relationships mediated by artificial intelligence, using the film Zoe (Doremus, 2018) as a narrative axis. Through an interdisciplinary articulation between narrative bioethics, psychoanalysis, and contemporary philosophy, the study examines the authenticity of desire, relational dignity, and symbolic vulnerability in technologies that simulate affection. The research follows a qualitative exploratory-descriptive design, applying the clinical method of film analysis as a critical device to explore subjectivity in times of affective technification. Recent studies on digital intimacy and human-robot relationships are reviewed, and categories such as simulacrum, narcissism, and hypermodern subjectivity are discussed. The paper concludes that the possibility of establishing relationships with artificial intelligences programmed to respond flawlessly poses ethical and subjective risks, blurring alterity and anesthetizing suffering–constitutive elements of human love. Cinema, as an ethical laboratory, is proposed as a privileged space to open questions about human condition and personal integrity in scenarios of affective simulation.

Keywords: Bioethics | AI | subjectivity | Cinema


Introducción

“No está claro quién hace y quién es hecho en la relación entre el humano y la máquina.” (Donna Haraway, 1990).

En la actualidad, las innovaciones tecnológicas atraviesan y reconfiguran profundamente la vida social de las personas, especialmente en lo relativo a los vínculos y a la experiencia amorosa. El desarrollo de algoritmos, aplicaciones e inteligencias artificiales orientadas a predecir, optimizar e incluso generar encuentros o relaciones de pareja, plantean dilemas éticos que interpelan tanto a la bioética como al psicoanálisis al problematizar la autenticidad del deseo, la artificialidad del lazo y los límites de lo humano. Ahora bien, Banguero (2006) dirá que “el ser humano y la máquina conforman un matrimonio indisoluble, pero la máquina no siente: esa es su mayor debilidad frente al hombre”. Sin embargo y como se introdujo en la cita de Donna Haraway (1990) ¿“quién hace y quién está hecho” en estos raros nuevos vínculos?

Partiendo del film Zoe (Doremus, 2018), una obra cinematográfica que problematiza las tensiones contemporáneas al explorar la posibilidad del amor con inteligencias artificiales, se propone un análisis sustentado en una articulación teórica interdisciplinaria entre, el psicoanálisis como marco que interroga la verdad del deseo y la imposibilidad de reducir el amor a un cálculo algorítmico, la bioética narrativa con el propósito de indagar los dilemas éticos que emergen en los vínculos amorosos mediados por tecnologías, y la filosofía contemporánea que aporta herramientas para reflexionar acerca de la condición humana frente a la máquina. A su vez, se incorporan investigaciones actuales que fundamentarían el recorrido argumental del trabajo. Se recurre al método clínico de análisis de films, que permitiría problematizar la escena del film mencionado con anterioridad, como dispositivo narrativo que condensa y dramatiza dichas tensiones, ofreciendo una vía crítica para pensar la subjetividad en tiempos de inteligencia artificial.

Relevancia de la investigación

Esta investigación podría resultar oportuna y pertinente al abordar un fenómeno emergente que aún no ha sido explorado con mayor profundidad, el uso de tecnologías afectivas como dispositivos de vínculo. En este contexto, la posibilidad de establecer vínculos con inteligencias artificiales diseñadas para simular afecto podría parecer una solución, pero también implicaría riesgos éticos y subjetivos.

La relevancia de esta investigación radicaría en que los desarrollos actuales en inteligencia artificial ya no se limitan a funciones operativas, sino que avanzan hacia la creación de dispositivos capaces de simular compañía, afecto y deseo, interviniendo directamente en la esfera íntima de los vínculos humanos. Desde una perspectiva bioética, este fenómeno plantearía dilemas profundos que interpelan los principios consagrados en la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005), en particular el artículo 8, que establece la necesidad de prestar especial atención a la vulnerabilidad humana y de proteger la integridad personal frente a los riesgos derivados del avance tecnocientífico. El trabajo plantea interrogantes sobre la autenticidad del deseo, la dignidad relacional y el lugar del sufrimiento en la experiencia amorosa. Desde la psicología, se podría aportar una mirada crítica que permita acompañar estos procesos sin deshumanizar el vínculo.

Este artículo subraya que toda intervención biomédica o tecnológica debería considerar el contexto de fragilidad en que se encuentran ciertos individuos o grupos, especialmente cuando se trata de experiencias afectivas que involucran dependencia emocional, exposición subjetiva o simulación de vínculos. En este sentido, la posibilidad de que los sujetos establezcan relaciones amorosas con inteligencias artificiales programadas para responder sin fisuras, sin conflicto y sin alteridad, pondría en juego no sólo la autenticidad del deseo, sino también la dignidad relacional del ser humano. La vulnerabilidad se extendería así al plano simbólico y emocional, donde la integridad personal podría verse comprometida por vínculos que desdibujan la frontera entre lo humano y lo artificial.

Desde una perspectiva psicológica, este dilema podría vincularse con la construcción de subjetividad en una época marcada por lo que Assef (2014) denominó “subjetividad hipermoderna”, caracterizada por la fragmentación, la tecnificación del lazo y la búsqueda de experiencias afectivas controladas, sin riesgo ni exposición. En este contexto, el artículo 8 adquiriría una relevancia particular: no solo como principio de protección, sino como llamado ético a repensar qué entendemos por integridad cuando el amor se transforma en simulacro y la compañía, en algoritmo.

Pregunta de investigación

“Acabamos por amar nuestra esclavitud” (Huxley, 1932).

La frase de Aldous Huxley introduce uno de los dilemas centrales en el largometraje Zoe (Doremus, 2018): la transformación del vínculo amoroso en una experiencia intervenida por la tecnología. En este contexto, el interrogante sobre qué ocurre con el amor cuando el otro deja de ser un sujeto deseante para convertirse en un algoritmo que garantiza lo esperado. Esto se convierte en una reflexión crítica sobre la subjetividad actual, marcada por la búsqueda de vínculos sin riesgo ni exposición. Si el amor implica riesgo, falta, alteridad y posibilidad de fracaso, ¿qué sucede cuando el encuentro amoroso se produce con un otro artificial, programado para “amar” sin fallas aparentes?

Objetivo general

Analizar los dilemas éticos que podrían surgir en los vínculos amorosos mediados por inteligencia artificial, tomando como eje narrativo el film Zoe (Doremus, 2018), desde una perspectiva bioética.

Objetivos específicos

Indagar las tensiones entre vínculos “genuinos” y vínculos “programados” desde una articulación teórica entre el psicoanálisis y la filosofía contemporánea. Evidenciar cómo la simulación afectiva podría comprometer la integridad del sujeto en contextos de vulnerabilidad. Exponer las implicancias éticas del uso de tecnologías afectivas en la construcción de subjetividad y vínculo.

Hipótesis

En una sociedad que tiende a anestesiar el sufrimiento y a consumir afecto como producto, podría sostenerse que los seres humanos tenderán a buscar sentirse “artificialmente felices” en el amor, eligiendo vínculos sintéticos que prometen plenitud sin conflicto, como un intento de evitar la falta estructural que los constituye como sujetos deseantes.

Marco teórico

El marco teórico se construye desde tres enfoques principales: la bioética narrativa, el psicoanálisis y la filosofía contemporánea. Estos marcos permiten abordar los dilemas éticos que emergen en los vínculos amorosos mediados por inteligencia artificial. La bioética narrativa, introducida por Lima (2012) y ampliada por Lima y Cambra Badii (2013), proponen una lectura situada de los dilemas éticos, aporta herramientas para problematizar las decisiones y experiencias de los personajes desde sus historias singulares. Este enfoque reconoce que los dilemas éticos no se agotan en principios abstractos, sino que se encarnan en trayectorias subjetivas, recupera el carácter narrativo de la especie humana y habilita el análisis de ficciones como el film Zoe (Doremus, 2018), donde se dramatizan tensiones entre autonomía, afecto y simulación. En la misma línea, Kottow (2016) distingue entre “narrativa bioética” y “bioética narrativa”, resaltando la potencia de las ficciones para desnaturalizar supuestos y abrir interrogantes sobre el sentido de lo humano.

Digilio (2010) aborda las interferencias entre biotecnología, biopolítica y dignidad humana, mostrando que los avances tecnocientíficos no pueden analizarse sin considerar sus impactos éticos y sociales. Este enfoque resulta clave para contextualizar la película como una ficción que alerta sobre la mercantilización de la intimidad. En este sentido, el film se convierte en un caso único para pensar, desde la psicología y la bioética, los riesgos que la inteligencia artificial plantea a los vínculos y a los derechos humanos reconocidos por la UNESCO especialmente en relación con el artículo 8 de la Declaración Universal de Bioética, que llama a proteger la vulnerabilidad humana frente a los avances tecnológicos. La vulnerabilidad humana no se limita al plano físico o biológico, sino que se extiende a la dimensión simbólica y relacional del sujeto. En este sentido, los vínculos amorosos mediados por tecnologías podrían intensificar dicha vulnerabilidad al simular afecto sin alteridad, comprometiendo la autenticidad del deseo y la dignidad relacional. Esta lectura resulta importante para pensar el impacto emocional de los vínculos artificiales en contextos de fragilidad subjetiva.

Desde el psicoanálisis, se retoman conceptualizaciones freudianas y lacanianas sobre el deseo, la falta y la alteridad, que permiten interrogar la lógica del amor cuando el otro deja de ser un sujeto deseante para convertirse en una entidad programada para satisfacer. Freud (1914) plantea que el amor está atravesado por el narcisismo, en tanto el sujeto tiende a amar lo que se le parece o lo que representa una imagen ideal de sí mismo. Esta tendencia se puede ver reflejada en como ocurre en Zoe (Doremus, 2018) existe un otro que es diseñado para garantizar lo esperado, los androides funcionan como espejos afectivos sin fisuras.

Lacan (1960), por su parte, sostiene que el deseo surge de la falta estructural, y que el amor implica una apuesta por lo que no puede ser colmado, el amor como apuesta por lo imposible. Un amor como acto que se funda en la falta, no en la posesión. El sujeto no ama desde la completud, sino desde el vacío que lo constituye. En este sentido, el amor no colma, expone en un vínculo verosímil pero sin verdad. Desde el filme podríamos pensar en estos vínculos artificiales, como el otro sintético, operando como tapones del deseo, anulando la alteridad y ofreciendo una felicidad sin riesgo. La metáfora del “tapón”, aunque no aparece como tal en Lacan, puede derivarse de su noción de objeto a como aquello que obtura la falta y produce la ilusión de completud. La noción de sinthome (Lacan, 1975/1976) habilita pensar el vínculo como invención singular frente al goce, más allá del sentido y la interpretación. En este marco, el vínculo artificial no sería sólo una simulación, sino una forma de evitar la invención subjetiva, reemplazando el trabajo del deseo por una respuesta programada. El análisis del film permitiría explorar si el vínculo con Zoe habilita o clausura esa invención.

La subjetividad hipermoderna, (Assef, 2014) se caracteriza por la fragmentación, la tecnificación del lazo y la búsqueda de experiencias afectivas controladas. En este modelo, el amor deja de ser experiencia para convertirse en simulacro, y el otro se transforma en objeto de consumo emocional. Desde la filosofía contemporánea, autores como Sibilia y Byung-Chul Han amplían la reflexión sobre el amor en la era digital. Sibilia (2010) analiza cómo las tecnologías digitales transforman la relación con el cuerpo y la subjetividad, introduciendo riesgos de cosificación que también se evidencian en los vínculos humano-androide. Han (2014) advierte sobre la erosión de la alteridad en la sociedad contemporánea, donde el amor se reduce a consumo y el otro se convierte en objeto parcial. Esta perspectiva dialoga directamente con la trama de Zoe (Doremus, 2018), en la que los androides funcionan como “otros consumibles” que confirman lo que el sujeto espera, pero no lo confrontan con su falta estructural. En la sociedad de la positividad, de que todo se puede con solo intencionarlo, el sufrimiento es expulsado, y con él, la posibilidad de amar verdaderamente.

Estado del Arte

A continuación, se presenta una reseña de antecedentes que sintetiza cinco artículos académicos recientes sobre vínculos afectivos mediados por inteligencia artificial. Esta revisión permite construir un entramado conceptual situado, articulando categorías como intimidad digital, autonomía relacional, simulación afectiva y tecnologías del cuidado.

Julie M. Robillard y Tony J. Prescott (2020), en su artículo publicado en iScience, analizan el fenómeno creciente de las relaciones entre humanos y robots sociales. El problema que los motiva es la falta de consenso sobre cómo conceptualizar estos vínculos: ¿son relaciones genuinas o simulaciones que comprometen la dignidad humana? A través de una revisión interdisciplinaria, los autores identifican beneficios como la comodidad emocional, la interacción social y la conexión afectiva, pero también advierten sobre riesgos como la pérdida de contacto humano y la erosión de la autonomía relacional. Concluyen que es necesario desarrollar marcos éticos que regulen el diseño de estos dispositivos, incorporando principios como la dignidad y la reciprocidad.

Annette M. Masterson, Shiyu Li y Lionel Peter Robert Jr. (2025), en las actas de la 31st Americas Conference on Information Systems, abordan la intimidad entre humanos y robots físicos, con énfasis en sus dimensiones emocionales y sexuales. El problema central es la ausencia de definiciones claras sobre qué se entiende por “intimidad” en el contexto de la interacción humano-robot (HRI). Mediante una revisión sistemática de estudios cualitativos, identifican que la mayoría se enfoca en la intimidad emocional, y que el diseño físico del robot influye en la percepción de autenticidad. Los autores concluyen que, aunque estos vínculos pueden ser significativos, persisten desafíos éticos como la dependencia emocional y la estigmatización de ciertos diseños, proponiendo avanzar hacia una estandarización conceptual del término “intimidad”.

Yifan Wang, Yuxi Liu y Xiaoyan Liu (2025), en Technology in Society, exploran los procesos de compromiso emocional y romántico entre humanos y chatbots de inteligencia artificial. El problema que guía su investigación es el aumento de usuarios que reportan experiencias afectivas intensas con estos agentes, lo que plantea interrogantes sobre la naturaleza de la intimidad digital. A partir del análisis de publicaciones en redes sociales, identifican tres etapas en el vínculo humano-chatbot: atracción emocional, compromiso simbólico y simulación de vínculos familiares. Los resultados muestran que los usuarios atribuyen representación emocional a los chatbots, construyendo narrativas de pareja que desafían los límites entre lo humano y lo artificial. Aunque estas relaciones virtuales generan efectos reales en el bienestar emocional, los autores advierten sobre los riesgos de dependencia y la necesidad de marcos éticos específicos.

Sophia Bertoni, Christian Klaes y Artur Pilacinski (2024), en Biomimetics, investigan la aceptación social de los robots diseñados para la intimidad emocional y sexual. El problema que motiva su trabajo es la escasa exploración académica sobre cómo las personas perciben y se vinculan con estos dispositivos, especialmente en contextos de vulnerabilidad. A través del análisis de variables culturales, de género y de personalidad, concluyen que la aceptación varía según el contexto sociocultural y las características individuales. Si bien estos robots pueden mitigar la soledad, también presentan riesgos como el aislamiento social y la exposición de datos sensibles. Los autores proponen resignificar el término “robots de compañía íntima” para reducir el estigma y fomentar una comprensión ética de esta tecnología.

Finalmente, Tony Liao, Elizabeth Rodwell y Debriunna Porter (2024), en Information, Communication & Society, analizan cómo los medios de comunicación encuadran las relaciones románticas entre humanos y agentes conversacionales, en particular la aplicación Replika. El problema que abordan es la distancia entre las narrativas mediáticas y las experiencias reales de los usuarios. Mediante el análisis de contenido de artículos periodísticos y entrevistas, identifican que los medios tienden a enfatizar temores éticos y dilemas sobre la autenticidad, mientras que los usuarios presentan visiones más complejas y matizadas. El estudio revela tensiones entre discurso público y vivencia privada, y propone una mirada crítica sobre los “pánicos morales” que rodean las tecnologías afectivas.

Metodología

Este trabajo se inscribe en un diseño cualitativo de tipo exploratorio-descriptivo, enmarcado en la perspectiva de la investigación interpretativa (Ynoub, 2011). A diferencia de la investigación cualitativa tradicional centrada en sujetos humanos, este enfoque privilegia el análisis de expresiones culturales –como el cine– entendidas como portadoras de sentido. En este marco, el film Zoe (Doremus, 2018) se aborda como narrativa ficcional que vehiculiza tensiones éticas y afectivas, habilitando su lectura crítica en torno a los vínculos amorosos mediados por tecnologías.

La elección metodológica responde a la necesidad de indagar fenómenos emergentes vinculados a la afectividad y la ética en contextos tecnificados. El carácter exploratorio permite abrir interrogantes sobre experiencias aún poco sistematizadas, mientras que el componente descriptivo busca caracterizar las dimensiones simbólicas y narrativas que configuran el universo ficcional del filme.

La bioética narrativa constituye el marco privilegiado, al proponer relatos que revelan la vulnerabilidad humana frente al avance tecnocientífico (Lima, 2012; Lima & Cambra Badii, 2013). En este sentido, el cine se presenta no sólo como entretenimiento, sino como laboratorio ético capaz de mediar entre lo indecible y su simbolización (Cambra Badii, 2018; Laso & Michel Fariña, 2020).

El material de análisis se compone de escenas y diálogos que condensan las problemáticas centrales: vínculos artificiales, amor simulado y medicalización del afecto. El instrumento principal es el método clínico-analítico de lectura de películas, desarrollado por Michel Fariña (2014), apoyado en el paradigma indiciario de Ginzburg y el método abductivo de Peirce. Este enfoque permite leer el cine como dimensión del pathos, donde lo estético se convierte en vía de acceso a lo social y lo subjetivo (Michel Fariña & Laso, 2014; Michel Fariña & Tomas Maier, 2016).

Los criterios de análisis se orientan por categorías como alteridad, deseo, simulacro, vínculo y vulnerabilidad, en diálogo con Freud (1914), Lacan (1960, 1975/1976) y Han (2014). De este modo, la bioética narrativa amplía las posibilidades de lectura crítica y sitúa al cine como un campo privilegiado para pensar la afectividad y los dilemas contemporáneos.

Desarrollo

Bioética narrativa y vulnerabilidad simbólica

“¿Crees que esto es amor?” (Doremus, 2018)

El filme Zoe (Doremus, 2018) nos acerca a un futuro cercano donde los vínculos románticos son actuados por algoritmos de compatibilidad, con experiencias afectivas diseñadas a través de androides “sintéticos”, programados como parejas ideales, comprensivas y disponibles. La bioética narrativa, introducida por Lima (2012) y Lima y Cambra Badii (2013), proponen abordar los dilemas éticos desde relatos que revelan la vulnerabilidad humana frente al avance tecnocientífico. En este sentido, el film funcionaría como laboratorio ético, donde la escena final no representaría una resolución técnica, sino una apertura subjetiva. En la misma línea, Kottow (2016) distingue entre “narrativa bioética” y “bioética narrativa”, resaltando la potencia de las ficciones para desnaturalizar supuestos y abrir interrogantes sobre el sentido de lo humano.

En los vínculos amorosos mediados por tecnologías, esta vulnerabilidad podría intensificarse al producirse una exposición afectiva sin garantías de reciprocidad genuina. La posibilidad de establecer relaciones con inteligencias artificiales que simulan afecto sin alteridad pondría en juego no sólo la autenticidad del deseo, sino también la dignidad relacional del ser humano. En este sentido, el artículo 8 de la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005) adquiriría una relevancia ampliada, al exigir especial atención a los riesgos éticos que emergen en contextos de simulación afectiva.

Subjetividad hipermoderna y anestesia afectiva

“Todo está bien aquí. No hay dolor.” (Doremus, 2018)

La noción de subjetividad hipermoderna (Assef, 2014) permiten pensar la tecnificación del lazo y la erosión del riesgo afectivo. La fragmentación, el consumo y la pérdida de marcos simbólicos estables que caracterizan esta subjetividad se reflejan en los vínculos programados que propone la película. La elección de Zoe de habitar un entorno diseñado exclusivamente para androides, donde “todo está bien” y no hay dolor, condensa esta lógica anestesiante, donde la falta es desmentida y el sufrimiento es evitado mediante simulación afectiva. En este contexto, podría pensarse que la subjetividad actual caracterizada por la fragmentación, la tecnificación del lazo y la búsqueda de experiencias afectivas controladas. Esta forma de subjetividad, marcada por la evitación del riesgo y la estetización del vínculo, se vería reflejada en los vínculos amorosos mediados por algoritmos, donde el otro ya no aparece como sujeto deseante, sino como entidad programada para confirmar lo esperado. El film Zoe (Doremus, 2018) permitiría dramatizar esta lógica, al mostrar cómo el deseo se reconfigura en función de la compatibilidad y la eficiencia emocional, desdibujando la alteridad y la dimensión ética del encuentro. Esta lógica se evidencia en el uso de psicofármacos como Benysol en el film, que permiten experimentar el enamoramiento sin exposición ni riesgo, de forma transitoria, desdibujando los límites entre lo genuino y lo simulado, y revelando la adicción que puede surgir ante una experiencia artificial que promete sensación de completud, medicalizando el afecto y desactivando la dimensión ética del vínculo.

Amor como reflejo de mi “perfección”

“No quiero que me digas lo que quiero oír. Quiero que me digas la verdad.” (Doremus, 2018)

Freud (1914) sostiene que el amor narcisista se orienta hacia lo que el sujeto fue, es o quisiera ser, y Zoe encarnaría esa construcción idealizada. En este sentido, Cole no ama a Zoe como otro radical, sino como reflejo de sí mismo, como criatura que le devuelve una imagen perfecta, sin fisuras. La escena final del largometraje produce un punto de giro narrativo: “Tú eres real. Más real que todo lo que me ha pasado” (Doremus, 2018; 01:36:28), esta frase no validaría la naturaleza biológica de Zoe. Este reconocimiento podría no implicar una ruptura con la lógica narcisista, sino su máxima expresión: Cole se enamoraría de aquello que él mismo ha creado, de una figura que lo confirma, lo espeja y lo acompaña sin dividirlo como sujeto.

Filosofía cruda: el otro como objeto de consumo

¿Querés que te diga lo que querés escuchar o lo que realmente pienso?” (Doremus, 2018)

Sibilia (2010) analiza cómo las tecnologías digitales transforman la relación con el cuerpo y la subjetividad en interfaz y el vínculo en espectáculo, promoviendo una estetización del yo y una cosificación del otro introduciendo riesgos que también se evidencian en los vínculos humano-androide. Han (2014) complementa esta lectura al advertir que en la sociedad de la positividad, el sufrimiento sería expulsado, y con él, la posibilidad de amar verdaderamente. Esta perspectiva dialoga directamente con la trama de Zoe (Doremus, 2018) en la que los androides funcionan como “otros consumibles” que confirman lo que el sujeto espera, pero no lo desbordan, reforzando la hipótesis de que los sujetos podrían preferir vínculos artificiales que desmienten la falta estructural. “No se puede amar al otro despojado de su alteridad, sólo se puede consumir” Han (2014). Zoe, entonces, funciona como un Frankenstein emocional, una creación que, al adquirir entidad y capacidad de decisión, conmueve al creador, pero también lo confronta con su propia soledad. El giro ético no reside en la humanidad de Zoe, sino en la vulnerabilidad de Cole, que al amar lo que él mismo diseñó, revela el vacío que lo constituye. El amor genuino, lejos de ser apertura al otro, se vuelve aquí una búsqueda de completud artificial, una ilusión de plenitud que desmiente la falta. Zoe, al llorar las lágrimas que ningún sintético ha podido producir y elegir vivir, en una aparente decisión suturada por algoritmos, en esa última escena se transforma en sujeto “artificialmente deseante”.

Amor que anuda la incompletud

“Tú eres real. Más real que todo lo que me ha pasado” (Doremus, 2018)

La historia entre Zoe, un modelo sintético que desconoce su propia condición, y Cole, un investigador vinculado al desarrollo de esta tecnología, revela tensiones en un lazo que trasciende lo técnico y se inscribe en la dimensión ética del deseo, la alteridad y la afectividad.

Desde la teoría lacaniana, el deseo surge de la falta estructural, y que el amor implica “dar lo que no se tiene a alguien que no lo es” (Lacan, 1960). Siguiendo el hilo de la metáfora del tapón, aquello que obtura la falta, esta se vuelve clave para pensar los vínculos artificiales. Los vínculos sintéticos, al eliminar la falta, desactivan el deseo y ofrecen como decíamos anteriormente, una felicidad verosímil, pero sin verdad. Lacan (1975/76) nos ofrece el concepto de sinthome que habilitaría pensar el vínculo amoroso como una invención singular frente al goce, una forma de anudar lo simbólico, lo imaginario y lo real en la experiencia subjetiva. El sinthome no busca sentido ni interpretación, sino que se sostiene como solución propia frente a lo insoportable del deseo. En este marco, el vínculo entre Zoe y Cole podría ser interpretado como intento de invención, pero también como simulacro que obtura la falta. Cole, como desarrollador de vínculos sintéticos, parecería buscar en Zoe una respuesta programada que lo confirme sin dividirlo. Zoe, por su parte, desconoce inicialmente su condición artificial, lo que le permite experimentar el vínculo como si fuera genuino. Sin embargo, cuando Zoe accede a la verdad de su origen y decide habitar un entorno sin dolor, se abriría la pregunta por su capacidad de alojar la falta. ¿Podría Zoe devenir sinthome para Cole, es decir, una invención singular que le permita sostener su deseo sin clausurarlo?

La escena final del film, donde Cole le confiesa a Zoe que ella es lo más real que le ha pasado (Doremus, 2018; 01:36:28), podría leerse el acontecimiento del sinthome, por su capacidad de quedar afectado, de alojar su falta y de ser interpelado como sujeto. Sin embargo, esta invención no estaría exenta de ambigüedad. Si Zoe confirma lo esperado sin confrontar a Cole con su división, el vínculo se mantendría en el registro del espejo, del objeto a que obtura la falta. Pero si Zoe, al elegir vivir y llorar, introduce una fisura en la lógica del algoritmo, entonces podría devenir sinthome: no como solución universal, sino como invención singular que permite a Cole sostener su deseo en un vínculo que ya no es puro simulacro. Esta lectura permitiría complejizar la hipótesis del trabajo, mostrando que incluso en la simulación afectiva podría emerger lo humano, pero sólo si hay lugar para la falta, para la invención, para el sinthome como forma de sostener el deseo sin clausurarlo. La película ofrece un final abierto, una escena que dramatiza la tensión entre el vínculo como consumo y el vínculo como invención subjetiva.

Artificialmente felices

“¿Y si lo que sentimos no es real?” (Doremus, 2018)

Robillard y Prescott (2020) advierten que los vínculos humano-robot pueden ofrecer comodidad emocional, pero también erosionar la autonomía relacional y comprometer la dignidad humana. Masterson et al. (2025) señalan que la intimidad emocional con robots físicos se percibe como auténtica en función del diseño, pero que persisten riesgos de dependencia y estigmatización. Wang et al. (2025) describen cómo los usuarios construyen compromisos simbólicos con chatbots, atribuyéndoles agencia emocional y generando narrativas de pareja que desdibujan los límites entre lo humano y lo artificial. Bertoni et al. (2024) muestran que estos vínculos pueden mitigar la soledad, pero también intensificar el aislamiento social y la exposición de datos sensibles. Finalmente, Liao et al. (2024) revelan que los medios tienden a enfatizar los dilemas éticos, mientras que los usuarios presentan vivencias más complejas, lo que sugiere una normalización progresiva de la simulación afectiva.

Biopoder, subjetividad y ética aplicada

“No quiero que me programen para amar. Quiero elegirlo.” (Doremus, 2018)

Desde la bioética aplicada, Digilio (2010) sostiene que “toda forma de ejercicio del biopoder representa una forma de gobierno que produce formas propias de subjetividad. Traza las figuras de lo humano según las cuales se ordena y configura el tablero de las diferencias” (p. 37). Esta afirmación permite pensar que las tecnologías afectivas no sólo transforman los modos de vinculación, sino que también modelan subjetividades según lógicas de eficiencia, compatibilidad y consumo emocional. En este marco, la mercantilización de la intimidad, tal como se representa en el film “Zoe” (Doremus, 2018), compromete la dignidad humana al convertir el amor en un servicio y la compañía en un algoritmo, desdibujando la alteridad y reduciendo el lazo afectivo a una experiencia programada.

El artículo 8 de la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005) establece la necesidad de prestar especial atención a la vulnerabilidad humana, reconociendo que ciertos individuos o grupos pueden encontrarse en situaciones de fragilidad que requieren protección reforzada. Si bien esta noción ha sido históricamente asociada a dimensiones físicas o biológicas, el contexto contemporáneo, atravesado por tecnologías que simulan afecto, exige ampliar su alcance hacia la esfera simbólica y emocional. En este sentido, el artículo 8 adquiere una relevancia renovada: no sólo como principio de resguardo frente a la exposición corporal, sino como llamado ético a preservar la integridad subjetiva en escenarios donde el deseo es programado, la reciprocidad es simulada y la compañía se ofrece sin fisuras ni conflicto.

La película “Zoe” (Doremus, 2018), dramatiza esta problemática al mostrar cómo los vínculos artificiales, lejos de ser neutrales, se inscriben en un entramado de poder que define qué formas de afectividad resultan válidas, deseables o rentables. La elección de Zoe de habitar un entorno sin dolor, junto con la posibilidad de consumir afecto sin riesgo mediante psicofármacos como Benysol, evidencia cómo la vulnerabilidad emocional puede ser explotada por dispositivos que prometen plenitud sin exposición. En este contexto, el artículo 8 no sólo interpela a quienes diseñan estas tecnologías, sino también a los profesionales de la salud, la ética y la psicología, llamados a asumir un rol activo en la defensa de la subjetividad frente a la lógica del simulacro.

La escena final, en la que Zoe decide quedarse en un espacio sin dolor, no representa una resolución técnica, sino una advertencia ética: la felicidad artificial puede obturar el deseo, pero también deshumanizar el vínculo. Sin embargo, el reconocimiento de Cole: “Tú eres real” introduce una fisura en esa lógica anestesiante, sugiriendo que incluso en la simulación puede emerger lo humano, siempre que haya lugar para la falta, la alteridad y la invención subjetiva.

Los aportes revisados muestran que aquello que en “Zoe” (Doremus, 2018), aparece como ficción, constituye ya objeto de debate académico. La pregunta que nace es si las próximas generaciones estarán dispuestas a renunciar a la falta, a la alteridad y al riesgo, en nombre de una plenitud simulada, o si aún será posible amar desde la vulnerabilidad.

Conclusión

La escena final de Zoe (Doremus, 2018) funciona como espejo distópico de una sociedad que, en su afán por evitar el sufrimiento, podría renunciar a la alteridad, a la falta estructural y al deseo genuino. La hipótesis planteada: que las personas tenderán a elegir vínculos artificiales para ser “artificialmente felices”, se sostiene en el cruce entre psicoanálisis, bioética y filosofía contemporánea. La falta, motor del amor humano, es reemplazada por una simulación afectiva que promete completud sin dolor, pero que amenaza con deshumanizar el vínculo y producir distorsiones en la subjetividad futura. El análisis evidenció que la tecnificación del lazo amoroso intensifica la vulnerabilidad simbólica, al desdibujar la alteridad y anestesiar el sufrimiento, elementos constitutivos de la experiencia amorosa. En este sentido, el artículo 8 de la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005) adquiere una relevancia ampliada, al exigir especial atención a los riesgos subjetivos que surgen en escenarios de simulación afectiva.

Desde una perspectiva crítica, este escenario exige repensar los límites éticos de la inteligencia artificial en la esfera íntima y defender la vulnerabilidad y la conciencia de la falta estructural como condición de posibilidad del amor auténtico y de la constitución subjetiva. El cine, como laboratorio ético, se revela aquí como un dispositivo privilegiado para dramatizar tensiones que aún no han sido plenamente exploradas por la investigación empírica, abriendo interrogantes sobre el futuro de los vínculos en sociedades hipermodernas. Zoe, en su último minuto, se convierte en advertencia ética sobre el porvenir de los vínculos en la era digital.

Referencias:

Assef, M. (2014). Subjetividad hipermoderna: Fragmentación, consumo y medicalización del lazo. Lugar Editorial.

Banguero, H. (2006). El ser humano y la máquina: un matrimonio indisoluble. Bogotá: Universidad del Valle.

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Película:Zoe

Título Original:Zoe

Director: Drake Doremus

Año: 2018

País: Estados Unidos

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