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Universidad de Buenos Aires

Facultad de Psicología
Ética y Derechos Humanos
Año: 2010. Primer cuatrimestre
Cátedra: I - Fariña
Comisión: Nº 26

Segundo Parcial

Responsable de Cátedra: Lic. Juan Jorge Michel Fariña
Profesor: Lic. Carolina Pesino
Alumna: Karina Natalia Bassin L.U.: 338778650
Gabriela Carla Torrisi L.U.: 341541190

La película Camila está basada en hechos históricos que pasaron en Buenos Aires en los años 1840, Camila es la historia de un gran escándalo amoroso que ocurrió entre un sacerdote y una joven de alta clase social. Además de presentar la relación romántica que se forma entre Camila y Ladislao, la película muestra las realidades terribles de la política en ese tiempo, bajo el poder de Juan Manuel de Rosas. Las prácticas de terror de este gobierno pueden ser definidas como traumáticas desde el punto de vista de Viñar, quien define al trauma como el horror que un hombre le hace a otro hombre, en una acción pensada, calculada, con una intención en particular. Dicho terror es utilizado por condiciones políticas o históricas en determinadas sociedades, modificando así la vida cotidiana y el funcionamiento psíquico de cada sujeto, lo cual produce la distinción de dos grupos humanos: por un lado, aquellas personas que están a favor de esta modalidad, puesto que así no existen problemas de desorden e incertidumbre, y por otro lado, aquellas personas que se debaten entre rebelarse o actuar de manera sumisa frente a la tiranía de un poder unívoco. Esta división produce un reordenamiento de los lazos sociales, no sólo los referentes a lo político, sino también los que tienen que ver con la educación y la familia, tal como sucede con Camila quien mantiene un discurso disímil de su entorno más íntimo respecto a las normas vigentes. Por eso vemos en ella una personalidad rebelde, que compra literatura prohibida por el gobierno, y que incluso disputa con su papá sobre la guerra que ve como injustificada. Ladislao, el padre recién llegado, también tiene sentimientos contra la injusticia de los federales. Aunque él trata de resistir el amor que siente por Camila, ella confiesa su amor por él y finalmente deciden huir juntos a Corrientes. Allí viven tranquilos, escondidos como maestros por unos meses hasta que son descubiertos por otro sacerdote. Después de encarcelarlos, y bajo presión de la familia O’Gorman y la Iglesia católica, principalmente ante el clamor popular contra la violación de los votos de castidad del sacerdote y la mala reputación que se temía que atrajera sobre la comunidad irlandesa, Rosas manda que sean ejecutados. Así fueron condenados a muerte y fusilados poco tiempo después.
De esta manera, se observa que durante esta época en la sociedad argentina la unión del gobierno y la iglesia era muy evidente. El amor entre Ladislao y Camila no puede existir por razones de la religión y la ley; al final, ellos son castigados por las dos instituciones y mueren rodeados por autoridades religiosas y militares.
El discurso del poder, el modelo de gobierno llevado adelante por Rosas busca imponerse a todos más allá de la existencia de las singularidades. Esta es la dimensión de lo particular, que está en relación al contexto histórico y socio-cultural mencionado, en el cual es muy clara la importancia de la moral y la disciplina. El intento de homogeneización atenta contra la singularidad del acto de Ladislao, quien huye movilizado por deseo inconsciente, cometiendo así un acto prohibido, que va más allá de su responsabilidad como sacerdote. El amor entre Ladislao y Camila es visto como prohibido en base a las normas morales de la sociedad y por las prácticas políticas propias del poder vigente en aquel entonces. Más allá de lo particular del gobierno de Rosas, es importante nombrar aquello que determina la dimensión universal, la cual resulta afectada en esta película. Aquí encontramos los derechos que rigen para todos sin depender del discurso político vigente, puesto que son considerados como inherentes al hombre. En esta historia, la protagonista es asesinada a pesar de estar por dar vida a un nuevo ser y la pareja no fue libre de mantener su elección amorosa.
Según los autores del comentario sobre la película Camila, M. Luisa Bemberg, Marcos Faletti y Claudia Vezzaro, el personaje central del análisis de la responsabilidad subjetiva es el sacerdote Ladislao Gutiérrez. Este personaje toma diferentes posiciones respecto a su deseo y a las normales morales y religiosas aceptadas socialmente. Éstas determinan su comportamiento cambiante a lo largo de la historia. Al comienzo de la misma se muestra conforme ante los discursos políticos, religiosos y morales de la época, prevalece en él la ética del deber en el ejercicio de su función como sacerdote. Desde su llegada a la finca de los O’Gorman, Ladislao es sugerido a que muestre su adhesión al régimen federal rosista haciendo siempre uso de la divisa punzó. Esto hace a su actitud sumisa al mandato, al sistema de poder rigente. Sin embargo, ante un hecho perturbador, el asesinato de un comerciante de libros prohibidos por el gobierno rosista, su posición empieza a cambiar, se muestra más crítico y reflexivo ante los hechos cometidos por el régimen, si bien sigue obrando conforme a las normas morales imperantes.
Ante esta nueva postura del sacerdote, Camila se siente atraída por él, se identifica con sus ideales y es por eso que empieza a buscar motivos para acercársele, como cuando le lleva ropa para los pobres, se confiesa con él, acude a sus misas. Esto marca el comienzo de una historia amorosa entre Camila y su sacerdote, quien también corresponde a este amor buscando excusas para verla. Entre diálogos y miradas aflora en ellos algo del orden del deseo inconsciente, más claro en ella y más conflictivo para él puesto que dicho deseo se contradice con su deber religioso, haciendo surgir en Ladislao un malestar consigo mismo, que posteriormente lo lleva a autocastigarse. Conceptualmente, hasta aquí está determinado el primer tiempo lógico.
Luego, el segundo tiempo es determinado cuando Camila le declara su amor en confesión y lo interpela a Ladislao haciendo que se confronte nuevamente con su propio deseo, lo cual lo lleva a presentar síntomas de resistencia ante el mismo, como refugiarse en la oración, en su trabajo, o como formaciones sintomáticos como la fiebre y el delirio. Dichos síntomas surgen del sentimiento de culpa que adviene en él.
Una nueva interpelación de Camila, más directa y explícita, permite que Ladislao emerja como sujeto deseante que actúa conforme a su deseo inconsciente, permitiéndose besarla y huir para poder estar con ella, dejando atrás su deber como sacerdote. De esta manera, se vislumbra una posible toma de responsabilidad subjetiva que determinaría el tercer tiempo.
Respecto a todo esto se observa, como dice D’Amore, que no hay responsabilidad subjetiva sin culpa. El sujeto del acto coincide con el de la responsabilidad subjetiva, la cual es el otro nombre del sujeto inconsciente, no autónomo, en acto entendiendo a éste como una decisión tomada por fuera de los otros, sin los otros, por fuera de lo moral, es una decisión más allá de la política y no una acción.
Responsable es aquel de quien es esperable una respuesta. La respuesta esperada queda sujeta a ese pasaje por la culpa, en la que ya no cuenta la intención y la pretendida autonomía de la conciencia, dado que introduce una dimensión deseante más allá de ella. La culpa es, en este sentido, una condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva. Aquí se habla no de una culpa como es entendida tradicionalmente, sino de aquello que depende de una operación simbólica, que es la interpelación subjetiva. Como explica D’Amore el circuito de la responsabilidad: “Luego la culpa obliga a una respuesta ad hoc a la interpelación. Dado el tiempo 2 que es el de la interpelación en el circuito, se funda en su resignificación el tiempo 1, facilita una respuesta que aunque todavía no es considerada tiempo 3 (aquél de la responsabilidad subjetiva) responde a la interpelación.” Este circuito no responde a un orden cronológico sino a una lógica de retroacción que hace que vuelva sobre una acción que ya sucedió, es decir dado un tiempo 2, el de la interpelación, la ligadura al tiempo 1 es ya una obligación porque el deseo obliga a retornar sobre la acción. No hay forma de no responder, pues la interpelación exige respuesta. Las maneras de responder a la interpelación son generalmente a través del sentimiento de culpa, la proyección, la negación, la intelectualización y/o la formación sintomática.
El sentimiento de culpa se diluye en el efecto sujeto, cuando el tiempo 3 resignifica al tiempo 1, y es una respuesta de dimensión ética. A partir de esta resignificación de sus acciones involuntarias, el sujeto se sabe culpable, sabe que aquello que antes le era ajeno a su yo, es decir a su conciencia y voluntad, le pertenece; sabe que no son casuales sino que tiene un sentido para él, que antes ignoraba. Pero puede suceder también que el tiempo 3 no ocurra y el circuito se cierre en el mero ser de culpabilidad, en la negación de la misma o en la anestesia de la intelectualización o de la proyección.
Camila y Ladislao, viven en Goya un tiempo con una nueva identidad y un nuevo trabajo para los dos hasta que él es reconocido por un miembro de la iglesia, quien lo denuncia a las autoridades. Este acontecimiento hace que Ladislao se vuelva a confrontar con su vieja identidad, desestabilizando su nueva forma de vida. Su primera reacción es refugiarse en la capilla del pueblo.
A partir de este desenlace, los autores del comentario sobre la película, plantean dos hipótesis. Por un lado, proponen que Ladislao retorna a la capilla por el surgimiento de un sentimiento de culpa que manifiesta una falta de consistencia en su posición respecto a su deseo, que lo lleva a priorizar los mandatos disciplinarios, morales y de la Iglesia, en vez de responder a su subjetividad que lo haría huir con Camila nuevamente. Plantean que Ladislao asume una posición con respecto a su deseo tardíamente dando cuenta de cierta responsabilidad subjetiva cuando le envía a Camila una carta estando ya en la prisión de Buenos Aires. Por otro lado, la segunda hipótesis consiste en el surgimiento de la angustia que lo hace tomar conciencia de su deseo y hacerse cargo de su propia subjetividad no huyendo sino entregándose a morir por ese amor.
Como antes mencionamos, en Ladislao se presentan algunas figuras de la culpa, por ejemplo cuando se enferma y presenta fiebre y delirios como formaciones sintomáticas, al tener que ver a Camila en el velorio de su abuela; en los momentos en que niega los sentimientos y la atracción que siente por ella al alejarla o despreciar sus donaciones a los pobres; cuando huye y se pone a orar como muestra de pensamientos perturbadores o remordimientos; cuando se inflige auto-castigos corporales, entre otras. En la primera hipótesis se observa este advenimiento de sentimiento de culpa, que lo lleva a retornar a la capilla y no huir con su amada, como un retroceso en la toma de responsabilidad subjetiva, que no favorece al efecto sujeto ya que la aceptación de la culpa moral funcionaría como tapón y obturador de la subjetividad. En cambio, en la segunda hipótesis, no se encuentran figuras de culpa, ya que el sentimiento culpa se diluye por la toma de conciencia acerca de su deseo, por hacerse cargo de su propia subjetividad.
En “Camila” encontramos una relación con la responsabilidad jurídica, en tanto una forma de responsabilidad moral, es decir el campo de las buenas costumbres o lo moralmente correcto. Desde este campo, Ladislao, por su condición de sacerdote y por vivir en una sociedad con determinadas normas y leyes que organizan su conducta, hay ciertas acciones que no puede realizar en pos de respetar los valores compartidos social y religiosamente. A pesar de su deber, el personaje traspasa el límite de lo aceptable, traicionando a su proyecto de vida, y es así como es esperable que la Iglesia no se oponga a la pena de muerte determinada por el gobierno autoritario de aquella época. De esta manera el sujeto es exhortado a leer su acto en un marco de legalidad instituido, tal como lo había sucedido anteriormente cuando le sugieren que se abstenga de transmitir discursos que atenten contra el gobierno y que mantenga distancia con Camila. Es condenado jurídicamente, como un sujeto autónomo, consciente y capaz de responder por sus actos, los cuales realiza conforme al principio de razón de una manera intencional. Al aceptar su condena asume la culpa (jurídica) por las infracciones a las normas vigentes. Esta demanda dirigida a Ladislao opera como la ocasión propicia en la que puede emerger su posición subjetiva que se sustraiga de la acción criminal para inscribirse como acto del sujeto en un campo de legalidad.
Como antes mencionamos, la responsabilidad interpela a un sujeto, quien debe, o puede, dar “respuesta”, responder, por su acto. La responsabilidad se refiere a la singularidad de un sujeto en acto y determina que ésta se encuentra en la grieta entre necesidad y azar. Aquí se refiere a que cuando hay una combinación entre necesidad y azar, o surge una de ellas, no existe la responsabilidad del sujeto. Pero, en caso que se produzca esa grieta, sí es pertinente preguntarse por la responsabilidad.
Hay casos en que no existe una respuesta precisa, sino que se dan por el factor de necesidad, que hoy en día es conocida como destino, es decir aquello que no se puede evitar, aquellos elementos que determinan una situación y que no está en el sujeto modificarlos, que no son controlable por el hombre, que rige por fuera de su intervención en determinada situación. Por otro lado, no todo suceso puede explicarse tan solo por necesidad, muchas veces lo que irrumpe para que algo suceda es el azar, aquello que también llamamos suerte. Puede que algo malo o bueno esté por pasar y que casualmente seamos partícipes de ello.
En la película de esta historia vemos el elemento de necesidad en cuanto a que Ladislao, en tanto sacerdote debía cumplir con los mandatos de la Iglesia, los cuales había asumido por su propia voluntad, como elección de vida y los cuales debía cumplir en todas las circunstancias. Una de estas normas es el celibato, voto de castidad, por el cual el sujeto se abstiene de casarse o tener una pareja sexual. De allí que se espera de Ladislao un comportamiento determinado, cuyo incumplimiento es considerado como un sacrilegio, entendiendo como tal a una falta de respeto, lesión o profanación de cosa, persona o lugar sagrados. Por eso vemos en él, al comienzo de la película, una actitud acorde a su vocación, cumpliendo con los mandamientos, rezando y negándose a toda tentación prohibida (alejándose de Camila). El elemento del azar lo podemos ver en tanto Ladislao, proveniente de la campaña de Tucumán, fue designado párroco de la Iglesia del Socorro, casualmente donde conocería a Camila, una mujer que despertaría su deseo.
También se puede pensar, en un momento posterior de la historia, como elemento de necesidad a la orden de fusilamiento que rigió para cuando fueran hallados, considerando a tal huida como un pecado, un desacato a la orden moral y religiosa. Esta era una orden más allá de la intervención que Ladislao o Camila pudieran hacer, incluso sin tener en cuenta la situación de mujer embarazada de la protagonista, por la cual morirían dos personas si se tiene en cuenta lo que dice la religión cristiana de que la vida comienza cuando se unen el óvulo y el espermatozoide, no rigiendo el precepto religioso del “no matarás”. Y por otro lado, se puede determinar como elemento de azar el hecho de que casualmente lo encontrara y reconociera otro sacerdote en la tertulia a la que habían ido en Goya, Corrientes.
Conceptualmente se puede comparar esta película con el cuento de Sartre “El Muro”. En éste último su protagonista, Ibbieta, es interrogado acerca del paradero de su amigo Ramón Gris, un líder anarquista. Los falangistas le ofrecen su vida por la de Gris y de esa manera plantean el problema ético. Ibbieta los engaña al decirles que Gris está escondido en el cementerio. Y sin saberlo, dijo la verdad, ya que por azar encontraron allí a Ramón Gris y lo mataron. Muerto éste, se cumple el propósito necesario de los falangistas, que es la de mantenerlo en vida si entrega la de Gris. Esto no quiere decir que Ibbieta sea el responsable de la muerte de su amigo.
Aquí lo que podría determinar Ibbieta es que se equivocó, “metió la pata” y que si Ramón Gris no hubiera dejado su refugio seguro al lado de su primo e ir al cementerio, esto no hubiera sucedido. El hecho que haya sido apresado fue producto del azar.
Hasta aquí se observa que en ambas historias se presentan los elementos de necesidad y azar, y además se produce un quiebre entre éstos que da lugar a la responsabilidad subjetiva en los personajes de Ladislao e Ibbieta. Si bien en este último la existencia de necesidad y el azar plantean que no habría responsabilidad, hipotéticamente Fariña piensa que el personaje es responsable de hablar, de su deseo de querer vivir, desafiando así al azar. El inconsciente se revela y manifiesta a pesar de las intenciones conscientes de limitarlo. Por eso primero las motivaciones inconscientes se expresan más allá de la voluntad e intención del yo. Que Gris estuviera en el cementerio era improbable pero no imposible. Otra hipótesis es que Ibbieta es responsable de la palabra cementerio. Fariña dice: “Gris e Ibbieta tuvieron una cita a ciegas de inconsciente a inconsciente en el cementerio en la que, sin saberlo, permutaron sus vidas.” La palabra cementerio pasa a ser un significante cargado de deseo a posteriori, produciendo un quiebre que permite pensar la situación sin la implicación de la necesidad y el azar.
En “El muro” también se distingue los tres tiempos del circuito de la responsabilidad subjetiva, tal como se ha hecho con “Camila”. El primer tiempo lo constituye el engaño de Ibbieta a los falangistas sobre el paradero de su amigo. El segundo tiempo es cuando se entera de que lo mataron a Gris en el cementerio. Y el tercer tiempo queda planteado a partir de la distancia entre el tiempo 1 y 2 que permiten plantear las dos hipótesis antes mencionadas.
En cuanto a la culpa, en el caso de Ibbieta no vemos que ésta se presente en el personaje. Distinto sucede con Ladislao en quien sí encontramos diferentes manifestaciones de sentimiento de culpa.
Por otra parte es posible realizar una articulación con otros conceptos de los módulos IV y V.
Puede pensarse que este hecho sucedido en 1847 haya sido visto como una catástrofe en cuanto tal se refiere a la alteración de las referencias simbólicas en los sujetos cuando la magnitud del evento excede las capacidades singulares y colectivas, ya que en esos tiempos significó una situación que nunca había ocurrido que, al desbordar los sistemas representacionales vigentes y mostrar su insuficiencia, desbaratan aquellos sistemas de sentido que le permitían al ser humano mitigar la ajenidad de lo imprevisible e inefable. En donde también las instituciones destinadas a proteger y formar, en este caso la familia, las autoridades religiosas y la policía, devienen agentes de agresión, a través del poder y las armas.

BIBLIOGRAFIA
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Desastres y catástrofes. Ficha de la cátedra. Mimeo. Publicado también en la página web de la cátedra www.psi.uba.ar
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