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UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES

Psicología Ética y Derechos Humanos

Cátedra I

Prof. Reg. Titular: Lic. Juan Jorge Michel Fariña

Segundo Parcial Domiciliario

Alumna: Silverio Marenco, Martina Libreta Nº 329192370
ATP: Lic. Viviana Carew
Ayudante: Lic. Julia Calderone
Comisión: N° 17
Año: 2009 - 2° cuatrimestre

Introducción.
Con el presente informe pretendo ubicar, a partir de la lectura de “Después del almuerzo” de Julio Cortazar, las coordenadas de los tiempos lógicos del circuito de la responsabilidad, así como otros conceptos aprendidos en la cursada: lo universal-singular, el acto ético, la ética como horizonte en quiebra y la moral de la particular. Del mismo modo, intentaré hacer referencia a las categorías de la necesidad y el azar, y dar cuenta de la hipótesis clínica que, a mi entender, fundamenta de qué debe responder el sujeto en términos de responsabilidad subjetiva.

Tiempo 1: Del hermano a la cosa.
“Claro, enseguida” es la respuesta de un adolescente ante la súplica de los ojos de su padre, quién, segundos antes, le había reclamado llevar de paseo a su hermano. Esta respuesta no es inmediata y apareja un sentimiento de disgusto y rabia que el adolescente no pude evitar sentir frente a la tarea demandada. De este modo inaugura Cortazar el relato de un cuento breve, con personajes y tiempo indefinidos, para así alertarnos de una relación fraterna conflictiva. La narración en primera persona del cuento nos parcializa la realidad y la limita a la mirada de un protagonista quién prosigue en su relato: “Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta”. La cosificación del niño nos vuelve a señalar una distancia en la relación de dos hermanos y, a la vez, nos indica de una posible enfermedad del segundo (discapacidad o algún tipo de autismo).
Odio, remordimiento, rebeldía constituirían la fachada que el protagonista le muestra al mundo en relación al vínculo fraterno. Un sujeto que cosifica a otro y escenifica el aborrecimiento a su hermano no sólo frente a sus padres, sino también frente a su tía, “Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él porque me pasó la mano por la cabeza (…) y me dio un beso en la frente”.
Posteriormente en el relato, los hermanos se dirigen al tranvía para emprender su camino al centro de Buenos Aires. Es la primera vez que los padres lo obligan al protagonista que lo lleve de paseo tan lejos, el protagonista considera a este pedido una injusticia. En aquellas cuadras, el protagonista intenta evitar que el hermano se zambulla en los charcos estancados de agua de lluvia pero, a pesar del tironeo, no logra evitar que éste se moje completamente y que a su rostro se le adhieran hojas secas y sucias. El adolescente advierte que los vecinos lo miran, siente una mirada que lo apunta y lo define como diferente. El joven seca a su hermano con un pañuelo y, luego de introducirlo en su bolsillo, encuentra irritante sentir la humedad en la pierna que el pañuelo mojado generaba. “Era como para no creer en tanta mala suerte junta”. La lluvia en Buenos Aires, los charcos de agua, el hermano empapado, el pañuelo mojado, una serie de elementos que parecen incluirse en una serie regida por la casualidad y las coincidencias y hacen al adolescente maldecir su suerte.
Por otro lado, la mirada de los vecinos a las cuales el protagonista alude, no son más que las actitudes sociales sostenidas en las representaciones de un imaginario social que condena lo diferente. Pero, me interesa particularmente la función que estas miradas condenadoras asume en la subjetividad del joven. Podría suponerse que ellas redoblan su carácter acusante sólo cuando son significadas en la fantasmática de nuestro sujeto. Para ahondar en la relación que se establece entre un sujeto hermano de un individuo con discapacidad, me gustaría introducir los desarrollos planteados por Alicia Fainblum. Según la autora, suele ocurrir que a los hermanos de niños con discapacidad se les hace “cargo” de responsabilidades que se presentan como desajustadas para su edad. La dedicación de los padres frecuentemente se torna casi exclusiva hacia el hermano con discapacidad y esto genera sentimientos de hostilidad al sentirse relegados.
El cuento prosigue narrando una serie de eventos que transcurren en el tranvía. Al subir al mismo, el protagonista debe ubicar a su hermano en un sitio detrás del suyo, separado por varias hileras de asientos, ya que el tranvía estaba lleno de pasajeros. El protagonista se ve obligado, entonces, a voltear hacia donde estaba sentado su hermano para evitar la incomodidad del pasajero sentado a su lado, si éste quisiera bajar del transporte. “No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo”. Pareciera como si el sujeto proyectara en los otros la incomodidad y resentimiento que el mismo siente hacia su hermano.
Una vez arribado a la parada, los hermanos descienden del tranvía y se dirigen a Plaza de Mayo. La caminata se vuelve tediosa para el protagonista, debe tironear de su hermano y continúa sintiendo miradas que lo señalan y acusan. “Hubiera querido que se muriera”, el adolescente da muerte a su hermano en sus pensamientos para luego agregar “pero esas cosas pasan enseguida”. Luego de unos minutos, llegan a destino y se sientan en un banco vacío de la plaza. Es allí donde al protagonista le irrumpe la idea de dejarlo solo en la plaza, alejándose lentamente en un acto de sutil disimulo. Así lo hace y podría decirse que en su iniciativa por abandonarlo “el personaje lleva adelante una acción, una conducta orientada por un determinado objetivo” . Entiende con esto que tal operación se agota en un fin único: liberarse de la “cosa”, fuente de miradas, obligaciones e incomodidad.

Tiempo 2: De la cosa al síntoma.
El protagonista deambula por la ciudad, se sienta en una vidriera baja y, como un golpe al sujeto, el síntoma se asoma para demostrarle que “el propósito inconsciente se abre paso aún a pesar de las intenciones conscientes de limitarlo” . El protagonista, creyéndose sujeto autónomo de sus actos, recibe indicadores de la realidad que lo ponen sobre aviso de que algo no anduvo nada bien cuando “(…) me empezó a doler el estómago (…) como si se me retorciera poco a poco, y yo quería respirar y me costaba (…) delante de mí, veía como una mancha verde (…) y la cara de papá”. Apertura del inconsciente, síntomas egodistónicos que surgen como objeto extraño de queja y padecimiento. Simultáneamente a esta situación, el protagonista comienza a sentir gotas de sudor que ruedan por su frente y entran a sus ojos. Saca del bolsillo su pañuelo para secarse las gotas molestas y siente un arañazo en su labio, producto de una hoja seca pegada al pedazo de tela. Hojas que antaño había limpiado del rostro de su hermano, ahora, lastimaban el suyo.
Es en éste momento de interpelación al sujeto cuando los elementos disonantes que él mismo percibe permiten inaugurar el circuito de responsabilidad. Primariamente, la culpa será el elemento esencial que ob-ligue a responder y hace al movimiento retroactivo que, dado el tiempo 2 de interpelación, vuelve sobre un tiempo primero, resignificándolo. Se constituye así el tiempo 1 pero bajo la condición de un quiebre a ese universo que se creía cerrado y absoluto. Universo del sujeto autónomo, del acto voluntario y de la conciencia moral. Los síntomas emergentes en el segundo tiempo constituyen elementos disonantes que cuestionan el universo discursivo de sentido preestablecido, escenificado por el protagonista con su fachada de odio y resentimiento al hermano. Será el malestar corporal el que viene a perturbarlo y develar puntos de inconsistencia en la actitud de rebeldía aparente de un sujeto que, como explica Alejandro Ariel, “puede sustraerse a dormir en los signos de un guión ajeno creyéndolo propio”.
Hasta aquí y a partir de estos elementos queda establecida la potencialidad de un tiempo 3 en el que el sujeto asuma su responsabilidad subjetiva. Para conocer la respuesta del protagonista, habrá que seguir en la lectura del cuento y antes de ello prefiero detenerme en mi hipótesis clínica. ¿Cómo explico este movimiento retroactivo que permite resignificar el tiempo 1 a partir de la interpelación al sujeto? Será sólo a partir de la Ley Simbólica del deseo que obligue al sujeto a ir más allá de lo que su Yo conciente querría responder, que se podrá volver sobre la acción primera con un cambio de posición subjetiva ante la situación establecida. El protagonista, inmerso en su fachada de odio a la cosa que es su hermano no advierte un deseo inconsciente. Para conjeturarlo, me valgo nuevamente de los aportes de A. Fainblum quién, refiriéndose a los hermanos de niños con discapacidades, explica que para convocar la mirada de los padres, perdida en el cuidado exclusivo del hijo con discapacidad, “ellos suelen intensificar sentimientos de rivalidad fraterna; manifiestan sentimientos de ambivalencia (amor-odio) y deseos de muerte en formaciones reactivas” . Entonces, la rivalidad entre hermanos, típica del complejo fraterno y ubicada a un nivel fantasmático edípico, ha devenido hiperintensa únicamente respecto del deseo de convocar la mirada paterna.
Entonces, fundamentándonos en los desarrollos de una clínica psicoanalítica de la discapacidad, podríamos afirmar que el odio del adolescente constituye una fachada y no es el motor principal del accionar del tiempo 1. Es el deseo de reconocimiento paterno el que explica el abandono realizado. Una moción inconsciente que convoca la mirada de sus padres se abre paso e irrumpe como singularidad para el saber yoico. Nuestro protagonista, mediante el abandono de su hermano, es responsable de pretender el reconocimiento paterno.

¿Tiempo 3?: Del síntoma al hermano.
“No se cuánto tardé en llegar otra vez a Plaza de Mayo”. El protagonista, sumido en la culpa y la desesperación corre hasta el banco dónde había abandonado a su hermano. Se tira como muerto sobre el banco y le dice que debían volver a casa. Llama la atención que ésta es la primer ocasión en el relato en la que le dirige la palabra. En la fantasmática de nuestro protagonista, ¿habrá devenido sujeto esa “cosa”? Para avanzar en la cuestión, es importante distinguir si la culpa a la que aludo como motorizante de la carrera de nuestro protagonista hacia el hermano constituye una mediatizadota hacia la responsabilidad subjetiva del tiempo 3 o cierra el circuito en el mero ser de la culpabilidad. En relación a esto, Jinkis plantea que “si el hombre dividido por el lenguaje habla sin saber lo que dice, aquel deseo lo vuelve responsable de lo que dice, mientras que las formas de traicionarlo, que parecen converger en ese no saber, envuelven al sujeto en las brumas flotantes de la culpabilidad morosa”
Ya en los últimos reglones de nuestra historia, el protagonista señala: “(…) aunque no me había olvidado me sentía tan bien, casi orgulloso (…) quien sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano”. No vemos en su afirmación rastros de culpa y esto nos lleva a pensar si la culpa se ha diluido en la producción de un sujeto-del-deseo-inconsciente. Solo si esto resulta afirmativo, se podría estar hablando de una responsabilidad subjetiva.
La interpelación a la cual se ve obligado a responder nuestro protagonista admite una serie de respuestas que en nada se relacionan a la responsabilidad subjetiva y a este nivel es dónde me interesa situar el orgullo del protagonista. Si en el tiempo 2 la fachada armónica de odio al hermano se ha visto perturbada por la emergencia de elementos disonantes y des-ligados del universo particular, se intentará con posterioridad re-ligarlos y explicar su presencia. El orgullo constituye, de este modo, un elemento más en la serie narcisista de la dimensión del yo que viene a recomponer la integridad perdida en el momento de quiebre producido ante la interpelación de los síntomas del tiempo 2. El orgullo, entonces, viene a ser una respuesta que anestesia la culpa y es una formación ajena a la responsabilidad subjetiva.
A la vez, se podría inferir que los síntomas egodistónicos darían cuenta de la vacilación del fantasma del sujeto, cuya función principal era mantenerlo alejado del objeto de deseo. Su fachada de odio al hermano con discapacidad lo alejaba de un “hacerse responsable” de su deseo inconsciente relacionado con la mirada paterna y su reconocimiento. El reconstruir su certidumbre yoica a través del nuevo elemento del orgullo, lo aleja una vez más de confrontarse con la castración. Considero que a este se refiere María E. Domínguez cuando afirma “la responsabilidad es una respuesta a la castración” considerando, por supuesto, que en el caso del protagonista la respuesta es otra y no constituye de ningún modo un acto ético.

Arribamos de este modo a considerar el terreno de la ética. A pesar de que ésta no puede desligarse de la moral, es únicamente por la vía del deseo que un acto ético se constituye, en la emergencia de una singularidad. Mientras que la responsabilidad social apunta al yo de la conciencia moral, de la voluntad; la responsabilidad subjetiva da cuenta de un acuse de recibo de un deseo inconsciente y por ello “el horizonte ético escapa a las evidencias inmediatas” . No nos interesa en este caso el conjunto de normas que hace a un grupo en un tiempo y espacio determinado, la moral de lo particular o el saber compartido sino el acto ético, como acto de afirmación del sujeto que se despliega en el eje universal-singular y no queda subsumido a las fluctuaciones históricas de los valores morales. Por supuesto que si centramos nuestra lectura en el eje particular, el abandono del hermano por parte del protagonista será calificado y condenado desde la perspectiva deontológica de las leyes sociales. Lo que importa aquí es la potencialidad de la emergencia de una singularidad que incluya la dimensión del sujeto. En el quiebre del universo particular otrora soportado en sus certidumbres yoicas, el acto ético, el “hacerse” responsable implica siempre una singularidad heterogénea al universo previamente establecido. En nuestro caso, el plano de la existencia yoica del protagonista, su fachada de odio al hermano, se ve atravesado por un deseo inconsciente que da cuenta de la falla estructural que hará el cortocircuito y retroacción del tiempo 2 al tiempo 1. Este deseo, heredero del complejo de Edipo e incestuoso por excelencia, es un modo fantásmatico de decir algo de la castración. El orgullo con el que vuelve a su casa el protagonista no constituye más que un parche a la falla estructural y se ubica en un nivel imaginario, el del yo y su narcisismo.

- Necesidad y Azar: Cuando en una situación rige por completo el orden de la necesidad o del azar la pregunta por la responsabilidad carece completamente de sentido. Esto es así porque la responsabilidad, según Juan Carlos Mosca, se sitúa justamente en la grieta que se abre entre ambas categorías. Ahora bien, en el relato de Cortazar, se dificulta ubicar con precisión estos conceptos. La situación de interpelación que obliga responder a un sujeto, en este caso, no está ligada a factores externos. Son los síntomas egodistónicos aquellos que muestran un real que emerge develando una falla y se presenta como ajeno al yo del sujeto. A pesar de esto, podría ubicar la necesidad en relación al pedido del padre. En la inflexibilidad de la orden del padre, el protagonista ha perdido todo margen de autonomía en su acción. El debe llevar a su hermano-cosa de paseo. Por otro lado, podrían considerarse azarosas la serie de eventos que el protagonista maldice (la lluvia, el hermano empapado, el pañuelo mojado) y, en concordancia con su universo de certidumbres yoicas, llevan al protagonista directamente a abandonar a su hermano. Pero sabemos que “ni una determinación que lo trasciende (…) ni la apelación al puro azar (…) son buen escondite para el Sujeto” , pero se necesita de ambos para que, en la grieta, el deseo se asoma e irrumpa como singularidad.

Conclusiones.
Hemos recorrido el cuento “Después del almuerzo”, articulando los elementos literarios presentes con contenidos del programa de la materia como responsabilidad subjetiva, eje universal-singular, culpa, etc. Se ha intentado analizar una situación de la literatura con las herramientas que brinda un segundo movimiento de la ética contemporánea para poder, así, dar cuenta de una singularidad en situación.

Bibliografía

• Ariel, A.: La responsabilidad ante el aborto. Ficha de cátedra.
• D’Amore, O.: “Responsabilidad y culpa”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Domínguez, M. E.: “Los carriles de la responsabilidad: el circuito de un análisis”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
• Fainblum, A.: “Clínica de la discapacidad”. En Discapacidad, una perspectiva clínica desde el psicoanálisis, La Nave de los Locos Ediciones, Buenos Aires, 2008.
• Fariña, Juan J. Michel, “Responsabilidad: entre necesidad y azar”, ficha de cátedra.
• Jinkis, J. Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires. 1987.
• Lewkowicz I.: “Particular, Universal, Singular”. En Ética. Un horizonte en quiebra, Eudeba, Buenos Aires, 2008.
• Mosca, J. C. Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires, 2008.
• Salomone, G. Z.: “El sujeto dividido y la responsabilidad”. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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