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Colisión del todo-limitado y el notodo desde la biotecnología: un ejemplo del cine

por Guralnik, Gabriel, Pidoto, Claudio

Introducción: el impacto de un futuro distópico en el cine actual

La película El precio del mañana (Niccol, 2011) se estrenó en los EEUU el 28 de octubre de 2011, y en la Argentina el 1º de diciembre del mismo año. A comienzos de 2012 llevaba ya recadudados 170 millones de dólares [1]. Si bien otras películas tienen, en los últimos tiempos, recaudaciones mayores, la cifra no deja de ser importante. Sobre todo en los EEUU, teniendo en cuenta que la posición de la obra es sumamente crítica del capitalismo. Según refirió el director en una entrevista [2], los empresarios de Hollywood no leyeron, "afortunadamente", el guión: El propio Niccol afirma que fue por ello que la XXth Century Fox aceptó financiar el proyecto.

La construcción narrativa del mundo en el cual transitan los personajes muestra un futuro distópico, a través de una mirada que parece exacerbar las consecuencias de una experiencia política, económica y social, muy presentes en las críticas fundadas contra el capitalismo y el neoliberalismo.

Recordemos que Chartier (1992) apunta que, más allá del posicionamiento ideológico del enunciador del relato, el análisis, de las representaciones sociales que circulan en un argumento aproximan al investigador a las matrices de prácticas que son parte del mundo social en sí. Dicho de otro modo, el conocimiento social del mundo no está apartado de estas ideologías, que no son simples colecciones arbitrarias de creencias sociales, sino esquemas organizados en torno a categorías que figuran la identidad, la estructura social y la posición de una sociedad (Van Dijk,2005).

El siglo XXI, parece reflexionar sobre las consecuencias de su herencia histórica. En efecto, a fines del siglo pasado la historia parece haber desembocado en un mundo cautivo, desarraigado y transformado por los colosales procesos socioeconómicos y tecnocientíficos del capitalismo, que ha dominado los dos o tres siglos precedentes. (Hobsbawm,1998:576). La humanidad podría estarse enfrentando, más que nunca, a lo que Marx caracterizara como una cosificación de los intercambios sociales. Todo parece indicar que, tal como ya señaló Habermas, la dinámica de adoctrinamiento económico conecta cada vez más estrechamente a las fuerzas productivas –a través del complejo tecnocientífico- con la formación de una autocomprensión cientificista que asume un papel ideológico (Habermas,1999:468). En efecto, el siglo XX ha demostrado que la naturaleza humana ha sido modificada y manipulada con el aumento del poder para modificar la naturaleza que brindan la tecnología (Hottois,1991:53).

La referencia central a la tecnociencia conlleva un interés analítico particular con respecto al cine que aborda el género conocido como ciencia-ficción, dado que en el mismo las figuraciones de las experiencias tecnocientíficas vividas por la sociedad se precipitan a la mostración argumental que despierta el extrañamiento en un relato, en el que a través de la proyección de un paradigma ficcional, el hilo narrativo y las relaciones intersubjetivas se alían en la construcción de un universo que exacerba los alcances de estos cambios en la naturaleza humana, insinuados por Habermas y explicitados por Hottois [3]. De este modo, las películas de ciencia-ficción permiten analizar registros y transformaciones que se presentan en nuestra cultura frente a los nuevos escenarios. Se trata de sistemas de signos que aluden a la reorganización de las configuraciones sociales, y que son pasibles de estudio desde la la teoría de las representaciones sociales. En particular, desde sus dos mecanismos básicos de objetivización y anclaje. En tal sentido, la formación de núcleos figurativos –por objetivización- remite a lo ya conocido por experiencia histórica, y la incorporación de la novedad del mundo que propone el fim, como intento de dominar (ficcionalmente) ese mundo –por anclaje- se articula con posiciones específicas sobre el sujeto frente a la tecnologización extrema, con el adoctrinamiento (en este caso, biotecnológico) y la aceptación de un orden social desigual. En el límite de la narración fílmica, “El precio del mañana” evoca revidindicaciones donde el deseo, el malestar cultural y lo siniestro se cristalizan, se hacen cuerpo dentro de la narrativa, espejo de una realidad, mostración e identidad de un mundo que se evalúa a sí mismo.

La trampa de la biotecnología: juventud eterna a cambio de trabajo infinito

El precio de mañana trascurre en el año 2161. El protagonista principal, Will Salas, relata en off, al comienzo, el mundo ficcional en el que se desarrollará la narración fílmica: “La ingeniería genética detiene el envejecimiento a los 25 años, el problema es que solo vivimos un año más, a no ser que consigamos más tiempo. Ahora el tiempo se ha convertido en divisa, ganamos tiempo y lo gastamos, los ricos pueden vivir para siempre, ¿y el resto de nosotros? Solo quisiera despertar con más tiempo en mi mano que horas en el día”.

Se observa que la propuesta argumental de la película, en la interrupción del deterioro biológico a partir de un momento arbitrario de la juventud (los 25 años), se conecta con la circulación de un discurso científico, en el interior de una formación social que interpela al sujeto. Es la representación de un discurso socialmente determinado sobre la relación del sujeto con su edad, cuyo efecto de sentido, desde el punto de vista ideológico, establece la anulación de toda posibilidad de desdoblamiento: “el discurso aparece como teniendo una relación directa simple y lineal, con lo real, aparece como siendo el único discurso posible sobre su objeto, como si fuera absoluto” (Veron,1993:23). Salazar (2005) sostiene que, mediante el proceso de anclaje, la representación social entra en el dominio de lo familiar, mediado por la posición social que ocupan los individuos. En la película se apela fuertemente a el hecho de mantenerse joven como haz de temáticas vinculados a la representación social.

Por supuesto, el ideal de juventud permanente es antiguo. Existió en tiempos de los griegos, y se conecta con la cultura de la modernidad, cada vez más fuertemente, conforme avanza el siglo XX. Si bien las dictaduras totalitarias (fascismo, nazismo, estalinismo) establecieron un culto de la juventud, es durante la década de 1960, en plena “edad de oro” del capitalismo, cuando la juventud parece adquirir un valor en sí mismo. Las transformaciones sociales, económicas, culturales y políticas de ese período, sitúan a la juventud como principal núcleo de consumo y, consecuentemente, como usuarios claves del sistema, lo que promueve que “la juventud deje de ser una fase preparatoria para la vida adulta, convirtiéndose en la fase culminante del pleno desarrollo humano, a partir de los treinta años, la vida va claramente cuesta abajo” (Hobsbawm,1998:327) [4].

Esta valoración extrema de la juventud se asocia, en la argumentación del film, con el anhelado sueño de juventud eterna. En 2161, el objetivo se ha logrado por manipulación genética, y se ha generalizado para toda la especie humana. Pero el milagro biotecnológico depara una trampa social, también inducida biotecnológicamente: las condiciones para mantenerse vivo están vinculadas a la capacidad del sujeto para obtener “tiempo” en un cronómetro biológico que le ha sido implantado al nacer. Si el reloj cae “a cero”, el sujeto muere. Pero, como dice Will Salas, el tiempo es la nueva forma de circulación monetaria. Así, para los trabajadores, el salario, que ha sido en la modernidad “la renta afectada a cierto capital, un capital que va a calificarse de capital humano en cuanto, justamente, la idoneidad-máquina de la que constituye una renta no puede disociarse del individuo humano que es su portador” (Foulcault,2008:266), se transforma en tiempo de vida. El dilema es que también el consumo se mide en tiempo de vida. Sin consumo, hay muerte. Sin salario-tiempo para el consumo, también hay muerte.

La idoneidad-máquina es, entonces, en este caso, una asociación entre el sujeto y su tiempo vital, desde donde se promueve la construcción de un orden social. A partir de la activación del reloj incorporado al cuerpo, todo se reduce a un solo objetivo: conseguir más dígitos, para no morir. Como el sujeto-trabajador debe trabajar para obtener más “tiempo de vida”, se construye un mecanismo por el cual el sistema de producción adquiere un valor más allá de lo producido, y la vida logra mercantilizarse sin escape posible (pues no hay opción de no consumir tiempo).

Se constituye un escenario en donde se lleva al paroxismo el disciplinamiento del trabajador a través de lo económico. El sujeto queda atrapado en una sintaxis social donde la subsistencia es su único interés. La observación que en la década de 1970 realiza Foucault es, pues, anticipatoria: “Aquí estamos, por consiguiente, en el corazón de esa problemática de la mano invisible que es, si se quiere, el correlato del homo economicus, o mejor, esa suerte de extravagante mecánica que lo hace funcionar como sujeto de interés individual dentro de una totalidad que se le escapa y que, sin embargo, funda la racionalidad de sus decisiones egoístas” (Foucault,2008:320).

La biotecnología lleva, así –en el universo de la película- al supuesto cumplimiento del ideal (en tanto representación social) de juventud permanente. Pero la asociación del cronómetro (que crecre con el salario y decrece, más rápidamente, con el consumo) con la posición del sujeto-trabajador que no tiene otra opción que ser “parte de la máquina” –tanto social como individual, por cuanto su propio cronómetro lo maquiniza- transforma este ideal en una pesadilla. Al menos, para el sujeto carente de recursos económicos.

La vida eterna para el vencedor de la batalla neoliberal

En el mundo planteado en “El precio del mañana” existen, visiblemente, dos clases sociales. Los trabajadores, que, como Will Salas, viven en el Ghetto. Los ricos, que, separados por una gran distancia, residen en New Greenwich. Los ricos son, se presume, financistas. Sus empleados (del sector de servicios y de seguridad) viven mejor que los trabajadores del Ghetto, pero tampoco les sobra tiempo en el cronómetro. La estratificación se representa, físicamente, en “zonas horarias”, que vedan el acceso de trabajadores a New Greenwich: para cruzar la autopista que une a esas “zonas horarias” extremas (nada se nos dice sobre las otras) se abona con peajes que salen del cronómetro de cada cuerpo. Un trabajador nunca podría pagar esos peajes.

Desde el punto de vista de los ricos, la batalla se percibe como justa. Es una recreación de la (pretendida) libertad de adquirir bienes, sobre la base de una lógica liberal. De tal forma, el malogro no tarda en representarse. La ciencia queda asociada al imperativo del poder económico y político, al determinar la sentencia de un organismo dentro de un sistema que atraviesa los mismos dilemas de la sociedad actual y potencia los efectos negativos de sus prácticas. Esto produce significación en el espectador, en tanto la cognición social deviene de una recolección de los datos que obtiene de un mundo socialmente construido, expresandose en una confirmación dada desde los alcances de la experiencia y obedecen a las preocupaciones actuales de la colectividad. (Moscovici,1979:148).

En ese mundo que exacerba el laissez faire, sin un Estado de presencia visible (excepto por un cuerpo de “policías del tiempo”, que trabaja en función de los ricos), no hay rescate para el sujeto trabajador. No hay garantías. Sólo el recurso de apelar al egoísmo y luchar por evitar el acecho de la muerte: “Solo quisiera despertar con más tiempo en mi mano que horas en el día”, dice Will Salas. La realidad lo desborda, y solo puede expresar, la instancia de un deseo que no es más que la enunciación de un círculo de obediencia que lo mantiene próximo a su interés de evitar la pena, convirtiéndose en un sujeto de interés acorde a su pulsión de vida, donde, siguiendo a Foulcault, “el carácter penoso o no penoso de la cosa constituye en sí mismo una razón de la elección más allá de la cual no se puede ir. La elección entre lo penoso y lo no penoso constituye un elemento irreductible que no remite a ningún juicio, a ningún razonamiento o cálculo” (Foucault,2008:312).

En este punto la película evoca temas vinculados con representacines sociales de la negatividad de la práctica liberal, llevando al paroxismo sus consecuencias. Bajo la creencia de la existencia de una libertad individual se entrelazan las redes de la interdicción total de la vida, quedando el sujeto sometido a la aceleración de los tiempos del consumo. De hecho, en el Ghetto se observa cómo, cada día, los precios suben y los salarios bajan: mantener “tiempo de vida” en el cronómetro se vuelve cada vez menos viable.

En términos de la historia reciente, el neoliberalismo muestra su rostro de confirmación y unicidad, como un sintagma que ha adquirido solidez desde 1979-80, y se ha consolidado tras la caída de la URSS (Hobsbawm,1998). Las estructuras de legitimación de su propio desenvolvimiento se hallan objetivadas en la conciencia de los sujetos. Las personas quedan sometidas al paradigma que atraviesa una contradicción entre la entropía de un mundo en crisis, y el efecto de sentido que el discurso hegemónico intenta propugnar. Un discurso según el cual nada puede hacerse distinto, pues si las cosas no fuesen como son sería todo peor, lo que implica la conveniencia de no alterar el actual estado de cosas, bien porque éste es el mejor mundo de los posibles, o bien porque es el único (Ghiso,2005:6). Ese mismo discurso –bien que mediado por la tecnología- se encuentra en los argumentos esgrimidos por los ricos en la película: no hay mejor orden que el existente, pues si todos poseyeran tiempo ilimitado en el cronómetro, el mundo se superpoblaría, los recursos se agotarían, y la vida en sí misma dejaría de existir.

Así, las personas de New Greenwich podrían vivir cientos o miles de años, siempre y cuando las del Ghetto tengan una vida limitada. La biotecnología, que permitió detener el envejecimiento, pero ató los cuerpos a un cronómetro, se combina con un sistema económico-social donde el cronómetro mismo se encuentra atado al poder adquisitivo. La invención tecnocientífica generó un nuevo tipo de poder. Y una constante vuelve a tener vigencia: “En todo lugar donde hay poder, el poder se ejerce” (Foucault,1998:15). En este caso, bajo la falacia liberal de un sistema que remite, principalmente, al modelo neoliberal.

Pero surge la primera fisura. Por un aumento en el precio del transporte, la madre de Will Salas no llega a tiempo de encontrarse con él. Con el cronómetro decreciendo, llegando casi a cero, corre hacia su encuentro. Y cuando Will logra tenerla en sus brazos, el cronómetro ya llegó a cero. Con la muerte de su madre, Will no tendrá, a esa altura, otro interés que la venganza contra quienes hayan sido sus responsables, incluso cuando aún no los conozca. Es el primer paso de la tragedia.

El tiempo de Hamilton en el brazo de Will: un punto de colisión entre todo-limitado y notodo

Will Salas, se enfrenta a una situación que cambiara su vida al conocer a Henry Hamilton en un bar del gueto. Hamilton, es un sujeto rico, que va a los suburbios como un acto suicida. Tiene la oportunidad de vivir un siglo más. Pero ha elegido morir, suceso que nadie ha de arrebatarle, “ni siquiera un sistema de coacciones y de vigilancias, que parten de una corriente que ha alzado la sociedad de masa contra la muerte. Más exactamente, la ha llevado a tener vergüenza de la muerte, mas vergüenza que horror, a hacer como si la muerte no existiera” (Ariés,2012:684). En el Ghetto hay delincuentes capaces de matar a otro por unos pocos minutos del cronómetro. Hamilton sabe que el siglo que posee en su reloj le costará la vida (y es, de hecho, lo que desea). Un grupo de ladrones se entera de la llegada de Hamilton, y acude para robarle su tiempo. Will Salas evita el asesinato y oculta a Hamilton en un edificio abandonado. Allí, Hamilton le revelará la excusa esgrimida por los ricos: “Para que unos pocos sean inmortales, muchos tienen que morir”. Esto produce en Will el encuentro con una verdad inherente a la sociedad que habita. La experiencia suicida de Hamilton le ofrece una mirada que, en su exigua vida, nunca podría deducir.

En la frase de Hamilton (“Para que unos pocos sean inmortales, muchos tienen que morir”), se visualiza la falla, condición de la existencia de un orden, del surgir social, que sólo puede sostenerse a través del goce: “¿puede alcanzarse algo que nos diga cómo lo que hasta ahora no es más que falla, hiancia en el goce, puede llegar a realizarse? (Lacan,2011b:16). La eternidad, marca el terreno de lo inalcanzable. Por lo tanto, el gozar- ser se implica en la territorialidad de lo finito: “el límite es lo que se define como algo más grande que un punto, más pequeño que otro, pero en ningún caso igual ni al punto de partida ni al punto de llegada” (Lacan,2001b:17). Entonces, en el derecho a la vida, eso que es arrebatado a muchos, y que unos pocos acumulan, está la integración de un sistema que adoctrina, que abre el espacio de lo imposible, la existencia de una relación entre amo-capitalista y esclavo-trabajador. La eternidad es un punto de llegada que tiende al infinito, la plusvalía del mientras tanto. Es el punto a punto de la existencia, de la razón del gozar-ser, “y esto es lo extraño, lo fascinante, cabe decirlo: esta exigencia de lo Uno, como ya podía hacérnoslo prever extrañamente el Parmenindes, sale del Otro. Allí donde está el ser, es exigencia de infinitud” (Lacan:2001b:18).

El anhelo de la eternidad, es eso que empuja a lo social desde el entendimiento “liberal” del “dejar-ser” (Heidegger,2011), del egoísmo económico de ese laissez faire, como condición de posibilidad para el poder del amo. La exigencia de seguir viviendo del esclavo (así sea un día más, como dice Will Salas), puede entenderse también, recursivamente, como una exigencia de infinitud. “Un día más”, todos los días, tiende al infinito. Pero el infinito es, nuevamente, una aspiración de límite: un límite inalcanzable, que, sin embargo, permite al amo detentar el poder sobre el esclavo. Así, entre el “dejar-ser” sostenido por el amo y el “dejar-de-ser” que pende sobre el esclavo, se abre la dialéctica de la dominación. El problema es que Hamilton –representante del amo- no puede, subjetivamente, sostener esa lógica. Tras vivir más de cien años, desea morir. Ya no tiene más interés en el mundo, ni en el lugar de donde viene, ni en nada que puedan ofrecerle. Su decadencia no es física, sino subjetiva. Y tal vez no es decadencia, sino sabiduría: “En la edad de su decadencia, la experiencia que el individuo tiene de sí mismo y de lo que le acontece contribuye a su vez a un conocimiento que él simplemente encubría durante el tiempo en que, como categoría dominante, se afirmaba sin fisuras” (Adorno,2001:12).

En un sentido amplio, podría decirse que la “clase del amo” constituye un todo-limitado. Y la del esclavo, un notodo. El amo vive en New Greenwich. El esclavo está en todas partes: en el Ghetto, pero también en New Greenwich. Inevitablemente, se producirá el punto de colisión entre todo-limitado y notodo (aunque más no sea por proximidad topológica, en una misma banda horaria) [5]. Es en este particular aspecto en el que deberíamos concebir, en Hamilton, al punto de colisión entre todo-limitado y notodo: confrontado con el “dejar-de-ser”, no puede aceptar el “dejar-ser”. Por eso viaja al Ghetto, y se evidencia allí su carácter de punto de colisión. Por eso, aún cuando Will Salas le salve la vida, en la mañana siguiente Hamilton se suicidará, dejando en el cronómetro de Will los cien años de vida que llevaba. Transfirió el “dejar-ser” del que su cuerpo –biotecnológicamente modificado- era portador a un esclavo, con el único objetivo de “dejar-de-ser”. Esto, por sí solo, desata el segundo paso de la tragedia. Como no puede ser de otro modo.

En el campo de todo-limitado: Will Salas frente al amo

Con tiempo de sobra en su cronómetro, Will Salas viaja a New Greenwich. Allí conoce a Weiss, un magnate de las finanzas, con más de un millón de años en su cronómetro. Y a su hija Sylvia, que, como Hamilton –pero sin el impulso suicida- es, en germen, un punto de colisión. Se establece a partir de aquí una dialéctica (en los mismos términos de lucha por la supervivencia establecidos por el sistema), en la que Will, va a arriesgar la vida, al enfrentarse a Weiss en una partida de póker. Will no tiene nada que perder; por eso, tal vez, gana. Pero el sistema del laissez faire muestra su propia y atroz cara de exclusión: la “policía del tiempo” persigue a Will como asesino de Hamilton. En la lógica del amo, que Hamilton le haya regalado un siglo a Will es inadmisible, pues la aceptación de este hecho no haría más que desnudar el punto de colisión que el amo tratará siempre de ocultar.

Gradualmente, Sylvia se acerca a Will, y ambos regresan al Ghetto. El anhelo de venganza se ha transformado ahora en un difuso objetivo de justicia. Para Will, robarle a Weiss todo el tiempo almacenado en las sucursales de sus bancos. Para Sylvia, desafiar el sistema del cual su padre es, acaso, el máximo exponente. Sin duda Sylvia no busca (al menos conscientemente) la muerte de su padre. Pero para Will, el enfrentamiento puede llegar hasta ese extremo. Como en otros casos, en la lucha de Will contra Weiss, “cada uno de los dos individuos humanos debe tener por fin la muerte del otro... Pues la entidad-otro no vale más para él que él mismo” (Kojeve,1982:6). Antes de viajar a New Greenwich y conocer el funcionamiento del esquema económico, Will no tiene idea de por qué las cosas son como son: “la explotación capitalista le frustra su saber, volviendolo inútil, por el que se le da a cambio en una especie de subversión, es otra cosa, un saber de amo.” (Lacan,2011a). Aclarado el saber del lugar que ocupa (él y todos los habitantes del Ghetto), la sociedad de Will y Sylvia tiene implícito un objetivo imposible, que de todos modos se lleva a cabo en la película, al estilo osado del heroísmo hollywoodense y plantea la representación de una sospecha, en tanto: “El desenlace siempre está trazado de antemano por la gran política, y la propia libertad aparece con un tinte ideológico, como discurso sobre la libertad con sus declamaciones estereotipadas y no a través de acciones humanamente conmensurables” (Adorno,2001:145).

Por supuesto, ese heroísmo de lo imposible es lo que la masa espectadora necesita para identificarse con los protagonistas, una vez que, desde sus propias representaciones sociales pudo poner en correlación lo que ya conoce –el sistema económico-social del siglo XXI- con el mundo distópico de la película, el paso siguiente es poner en correlación el núcleo figurativo de esas representaciones de injusticia social con las imágenes de quienes (en forma real o mítica) intentaron oponerse a la injusticia.

Control social, darwinismo económico y razón biopolítica

En su planteo inicial del poder biopolítico, de 1976, Foucault recuerda que se trata de un conjunto de tecnologías para “controlar, y modificar las probabilidades y de compensar sus efectos. Por medio del equilibrio global, esa tecnología apunta a algo así como una homeostasis, la seguridad del conjunto en relación con sus peligros internos” (Foucault,1996:201). El poder soberano se ejerció, históricamente, del lado de hacer morir o dejar vivir. El poder biopolítico funcionará bajo premisas diferentes: “Más acá de ese gran poder absoluto, dramático, hosco, que era el poder de la soberanía, y que consistía en poder hacer morir, he aquí que aparece, con la tecnología del biopoder, un poder continuo, científico: el de hacer vivir. La soberanía hacía morir o dejaba vivir. Ahora en cambio aparece un poder de regulación, consistente en hacer vivir y dejar morir” (Foucault,1996:199).

Por supuesto, el propio Foucault advierte que ambas formas de poder (soberano/biopolítico) no se anulan, sino que se superponen y se articulan. La respuesta que brinda frente a la forma en que el poder soberano puede seguir con el ejercicio de “hacer morir”, cuando el biopolítico consiste en “hacer vivir”, es el racismo. Este esquema, válido tanto en el siglo XIX (auge del racismo biológico) como hasta mediados del siglo XX (auge del racismo de Estado, con el nazismo como principal exponente), fue variando en las últimas décadas. En “El precio del mañana”, el poder soberano se ejerce con el aumento de precios y la baja de salarios, que llevarán a cada vez más trabajadores a tener el cronómetro en cero (es decir, a morir). Se ejerce, en definitiva, desde una suerte de darwinismo económico –explícitamente mencionado por Weiss- que reemplaza al darwinismo social imperante en etapas anteriores.

Sin embargo, la explicación biopolítica subsiste, bajo la excusa de la defensa del ambiente (es decir, la muerte de muchos para evitar la superpoblación). En este aspecto, la supervivencia del más fuerte se presenta como parte de una necesidad inherente a cuestiones ambientales y vitales. El medio-ambiente, es la justificación, donde el poder legitimar el control de los acontecimientos producidos por los individuos, poblaciones y grupos que interfieren con acontecimientos de tipo casi natural. (Foucault,2006:42). Se trata, por supuesto, de una falacia. En ningún momento se explicita, al interior de la película, si ese riesgo es real, o una simple excusa, que los propios ricos de New Greenwich se creen. En cualquier caso, la variabilidad temporal entre el darwinismo natural y el darwinismo económico queda representada. La selección natural tarda millones de años en descartar las especies no aptas. En cambio, el sistema de selección por el mercado y la tecnología puede tardar meses en poner a miles de personas en el desempleo, algunos años en sacar a empresas del mercado y solo una década en convertir a Estados o Naciones en economías inviables (Rivero, 2003). Es, de algún modo, la lógica subyacente en la trama de la película, pero implementada por medio de un dispositivo biotecnológico.

Esta forma de “descartar” a miles y miles de sujetos, considerados “no viables”, no es ajena a las viejas prácticas del nazismo. Sólo cambia el tipo de sujeto a eliminar, no determinado ya por su origen (en el caso de los nazis, lo que acertadamente llamará Milner el nombre judío), sino por su condición económica. “El nacionalsocialismo sobrevive, y hasta la fecha no sabemos si solamente como mero fantasma de lo que fue tan monstruoso, o porque no llegó a morir, o si la disposición a lo indescriptible sigue latiendo tanto en los hombres como en las circunstancias que los rodean.” (Adorno,1998:15) El neonazismo, no logra apartarse completamente de la escena política, y su fantasma retorna con renovadas formas. Hay una latencia, siempre vigente de su resurgir: “si figuras sospechosas hacen su come back (retorno) a posiciones de poder, es exclusivamente porque las circunstancias les son favorables.” (Adorno,1998,16). Aún con todas las diferencias que puedan econtrarse con el neonazismo, en la distopía de “El precio del mañana” la lógica criminal no tiene tanta diferencia.

La subversión de Will y Sylvia contra el sistema consiste en asaltar sucursales de los bancos de Weiss. Allí se guardan dispositivos que pueden conectarse al cuerpo, y transfieren tiempo de vida a los cronómetros (tiempo que la banca Weiss prestaba con intereses). Por supuesto, se trata de una serie de acciones subversivas que no atacarán al centro del problema. Pues aunque se transfiera tiempo a los pobres, el sistema puede aumentar indefinidamente los precios. Y los ingenieros que, en las sombras, crean esos dispositivos bancarios, bien pueden, en algún momento, cambiar la forma en que se transfiere el tiempo, para que su robo sea imposible para Will y Sylvia.

Si los amos de New Greenwich están convencidos de la naturaleza “ecológica” de su división del mundo (tal como lo estaban los nazis de la naturaleza “anti-infecciosa” de eliminar judíos), es poco lo que una persona o un grupo aislado puede, a largo plazo, lograr. La película no termina de presentar el típico “final feliz” de Hollywood, aunque tampoco muestre la ruina (más que probable) de Will y Sylvia. Es difícil imaginar una subversión del dispositivo en su conjunto que no pase por acentuar el punto de colisión entre todo-limitado y notodo, como generación de un núcleo disruptivo que haga caer a todo el sistema [6].

Conclusiones

El análisis de “El precio del mañana” permite establecer una aproximación a la circulación de las representaciones sociales sobre el poder político y su vinculación con el poder económico y tecno-cientifico en el siglo XXI. La sociedad puede estar advirtiendo esa vinculación, y prepararse, acaso inadvertidamente, para discutir sus consecuencias, analizar sus posibilidades y dirimir sobre los alcances en el futuro.

La observación y análisis de las representaciones sociales en una película que describe un futuro posible, nos aproxima al encuentro entre una sociedad y lo que el reflejo de sus experiencias manifiestan. El futuro postulado en la obra implica una reflexión sobre el devenir consciente del proceso de mercantilización y cosificación (Habermas,1999) que se cristaliza en representaciones sociales, atinente a las construcciones de nuevas variantes del poder. Tales representaciones están plagadas de matices, pertenecientes a un cúmulo de experiencias históricas, muchas veces estremecedoras, y de transformaciones, que corren en un particular sentido (el tecnológico).

El padecer de una cultura, su disgusto, se abren camino como expresión de una edificación del sentido social de lo que es a sí misma. ¿El porvenir es acaso una ilusión cuya construcción nos desalienta de antemano? Las marcas del dominio del pasado, las injusticias presentes, parecen hacen mella en las representaciones sociales sobre un futuro difícil de prever. Queda claro que la historia, señala, figura los errores, sugiere caminos y muestra aquello que cuesta destituir. Ese es el poder de representar, de recordar, de tramitar. Concebir lo que no se quiere, lo que da horror, lo familiarmente intolerable, lo siniestro. Si lo que se imagina es un horizonte con un esquema idéntico a sí mismo, acaso sea por las señales, por las misivas de una costumbre inconciliable o una legitima incapacidad. Pero, ahí también, se encuentra el sujeto, que busca el límite de esa renuncia de la que ya advirtió Freud. El sujeto solitario frente a la maquinación y a la sistematización, luchando por la supervivencia: por adaptarse, por tramitar el notodo. La subversión, es una metáfora del resto de un goce que no para de dar batalla. Antinomia entre la lucha por la libertad y el suplicio de lo que resta por vivir. La experiencia social conlleva la dificultad de representar socialmente un futuro distinto, aún cuando este futuro distinto sea, tal vez, posible. Formar una imagen donde por el momento sólo hay un saber que –por definición, y en especial tratándose del futuro- es, más que nunca, un no-saber.

Referencias

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Veron,E. (1993): “La semiosis social. Fragmentos de una teoría de la discursividad” Buenos Aires, Gedisa.



NOTAS

[1Datos obtenidos hasta el 2 de febrero de 2012, véase http://boxofficemojo.com/movies/?id=now.htm

[2Entrevista realizada el 25 de octubre del 2011, véase: http://collider.com/andrew-niccol-in-time-the-host-interview/122279/

[3Tal vez hablar de cambios en la naturaleza humana suene más difuso que hablar de cambios en las configuraciones psicosociales, en especial en la actitud del sujeto frente a su entorno y frente a los otros. En esto, pensadores como Habermas y Hottois elaboran a posteriori de la obra de muchos autores de ciencia-ficción (Stapledon es, acaso, una figura emblemática), o, a lo sumo, en forma contemporánea a ellos (baste mencionar a Dick, Ballard, Gibson y Mievielle, entre muchos otros).

[4Para un excelente análisis de la vinculación del todo-limitado y el notodo aplicado a a lógica de los Estados-nación (que, en esta peícula, se asimilarían, en parte a las bandas horarias), es recomendable la lectura de “El judío de saber”, de Jean-Claude Milner (Milner,2008). Si bien el autor lo aplica al nombre judío en Europa, el análisis consiste, casi, en un reemplazo de términos.

[5En este sentido, es inevitable señalar que, si bien los ricos de New Greenwich parecen detentar el poder, quienes realmente estarían más cerca del poder son los dueños de la biotecnología que hace posible todo el dispositivo psicosocial desplegado en la película. Nada se nos dice ellos. Lo que es una forma de decirnos todo.

[6No deja de ser paradójico que, en un mundo donde la expectativa de vida (en el mundo desarrollado) ronda ya los 80 años, la juventud se siga promoviendo como un “valor en sí mismo”. A la larga –con la inversión de la pirámide poblacional- esto podría ir en contra de la propia lógica del mercado, excepto en la venta de sucedáneos para dismular la edad cronológica (que, hasta el momento, no logran engañar a los verdaderos jóvenes).





COMENTARIOS

Mensaje de María Laura Napoli  » 31 de octubre de 2012 » marialaura_napoli@yahoo.com.ar 

Me gustó mucho el artículo. Sólo quería agregar que los sujetos cuando trabajan también deciden, como en el resto de las esferas vitales, el precio lo pone cada uno, el sujeto es responsable de sus producciones y del valor que le otorga a las mismas. Darse cuenta del aporte que uno hace a la sociedad y defenderlo, –por ejemplo a través del trabajo-, ante los otros, ante las representaciones sociales predominantes, ante las instituciones y sus fuentes de poder, pero sobre todo ante uno mismo. Mi comentario no pretende negar los sistemas tan bien planteados en el texto, sino al contrario, huir del fatalismo y encontrar una palanca para el cambio.



Mensaje de Haydée Montesano  » 28 de octubre de 2012 » haydeemontesano@gmail.com 

Destacando en primera instancia el valor conceptual de la lectura que los autores realizan sobre la película, quisiera aportar una reflexión.
Partiendo de la complejidad que el artículo aporta al análisis de una trama argumental, que propone la hipótesis de un futuro posible, surge la pregunta respecto de cómo calcular ese futuro. Se puede tomar como elemento de análisis el tiempo, considerando su doble aparición en el film: tanto como valor regulatorio de existencia, reformulando la relación tiempo-dinero; como asi también en su calidad de variable situacional, respecto de lo epocal. Podemos partir de la afirmación de Gödel, que afirma que el tiempo, en tanto tal, no es real como si lo sería el espacio. Esta afirmación permitiría pensar el tiempo como una construcción, tanto en su carácter subjetivo como también objetivo.
Como se menciona en el artículo, la posición desde la que se lee la historia participa de la hipótesis con la que se calcula el futuro, estableciendo una lógica que produce combinatorias probabilísticas que permiten un sentido posible, en tanto establecer hacia dónde va la sociedad. La pregunta sería si acaso la lectura del pasado y el cálculo del futuro no se apoyan en la posición que sostenemos de lo contemporaneo. En ese sentido, me apoyo en lo que plantea Agamben al respecto en su artículo ¿Qué es lo contemporaneo?; entre otras cuestiones, él propone pensar que en general confundimos lo contemporaneo en la lectura de las "luces del siglo", a lo que él opone la idea de que un contemporaneo es aquel que lee las sombras del siglo, aquello que difícilmente se produzca como lo evidente. Tal vez, ese dato sea el que nos permita realizar otro cálculo, el de un futuro que también se pueda entrever como "la oscuridad", equiparado al reverso de la trama, de las luces evidentes que nos proponen en general las películas sobre tiempos futuros.



Mensaje de Elizabeth Ormart  » 27 de octubre de 2012 » eormart@gmail.com 

A las cuestiones que señala el artículo creo que otro punto de absoluta importancia para pensar en la incidencia de las nuevas tecnologías en la reproducción humana tiene que ver con la abolición de lo generacional. En la película In Time madre e hijo tienen 25 años. Los cuerpos no envejecen, no se deterioran. Las marcas reales del paso del tiempo sobre los cuerpos no se visibilizan. Hay dos escenas clonadas en el film: el encuentro y el abrazo entre el protagonista y su pareja y entre el protagonista y su madre. Hay en esta reproducción de escenas un componente incestuoso. Desde lo imaginario, madre e hijo no lo son. Los cuerpos no tienen huellas del paso del tiempo. La diferenciación generacional sólo aparece en el orden simbólico, en los lugares que otorga la palabra.



Mensaje de Rodrigo Rodríguez  » 7 de octubre de 2012 » rodriguezlocutor@gmail.com 

Me gustó mucho el análisis y la conclusión. La verdad es que disfruté mucho de la película tanto de la ciencia ficción como de la trama y el trasfondo.
Sería bueno tratar de encontrar una forma para no llegar a este inminente futuro en el cual creo que ya estamos viviendo.


Película:El Precio del Mañana

Titulo Original:In Time

Director: Andrew Niccol

Año: 2011

Pais: Estados Unidos

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• Los invasores
• La Isla
• Transcendence