por 

José Balcarce

DNI. 30877260

Balcarce87@hotmail.com

PSICOLOGÍA, ÉTICA Y DERECHOS HUMANOS.
CÁTEDRA FARIÑA

Comisión de trabajos prácticos Nro. 6

Prof. de prácticos: Mariana Pacheco

NOTAS INTRODUCTORIAS
Tras algunos instantes en los que no cesamos de sopesar diversos elementos que se hicieron paso a nuestra reflexión en el film “El lector”, de Stephen Dalry, y ayudándonos por lo demás en las consignaciones que sobre el mismo confeccionó el profesor Juan Jorge Michael Fariña, decidimos sin más demora tomar como objeto de nuestro interés práctico y conceptual al personaje Michel Berg. No es sino a partir del protagonista, desde donde abrigamos las mayores esperanzas de trazar el recorrido analítico (análisis situacional) que nos proponemos, no exento quizás de obstáculos, que pretende abarcar las conceptualizaciones centrales (en sus diferentes acepciones) puestas en juego por la materia, a saber: responsabilidad, sujeto, culpa.
Por otra parte nos parecería incurrir en un descuido la decisión de evitar situar ciertas apreciaciones, aunque sea sutilmente, respecto al personaje de nombre Hanna, sin perder por el intento el foco de nuestra atención.
Llegado el momento, de seguro creeremos necesario trabajar las articulaciones que se desprenden de las nociones mencionadas, apuntalándonos para ello (a los fines argumentativos) en autores que cuentan favorablemente con nuestra acreditación. Así, desfilarán en nuestro apartado: Michael Fariña, J., Gutiérrez, C., Mosca, J. C., Salomone, G.Z., D´Amore, O., y el mismísimo Sigmund Freud. En síntesis, asistiremos a un trabajo que se propondrá reunir a todo elemento pertinente que, por lo demás, venga a sostener el fundamento de lo que consideramos nuestra hipótesis clínica, a saber: Que el personaje Michael colabora hasta el hartazgo con la resistencia de Hanna, con el propósito de ocultar su propia participación testimonial, ahí donde empero la extensión legislativa no alcanza a “tocarlo”.
Desde luego dos modos de entender la responsabilidad, que acaparan distintas entidades de sujeto, según sea el caso: el abordaje de distinciones generales propio de la dimensión deontológica (responsabilidad jurídica), que da lugar al sujeto autónomo que suprime la singularidad de cada quien; y el enfoque que pone el acento en los alcances de una responsabilidad subjetiva, que no se agota en los propósitos voluntarios, sino que introduce la perspectiva de un sujeto que se compromete aun donde su conciencia se revela inerme.
Para una mejor comprensión, veremos a continuación cómo el cumplimiento de una penalización que ubicamos en el eje de las eventuales transgresiones en la esfera de un universo cerrado, no coinciden necesariamente con la asunción de una posición que vuelva responsable al sujeto de sus actos. El campo normativo yerra por su propia insuficiencia estructural e ilusoriamente juega a abarcarlo todo.
Finalmente intentaremos enlazar lo que de puntos comunes encontremos entre la historia que nos ocupa y “El muro”, de Jean Paul Sartre, basándonos en la lógica que en ambas opera.

SINOPSIS
La historia de “El lector” comienza en la Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Volviendo del colegio, el adolescente Michael Berg (David Kross) se siente de pronto enfermo y Hanna (Kate Winslet), una desconocida que le dobla en edad, le ayuda a llegar a su casa. Una vez recuperado, Michael busca a Hanna para darle las gracias. Comienza así un apasionado y secreto idilio entre ambos. Michael descubre que a Hanna le encanta que le lea y su relación física se hace más profunda. Hanna encuentra un inmenso placer en las lecturas que le hace Michael de fragmentos de “La odisea”, “Las aventuras de Huckleberry Finn” y “La dama del perrito”. Sin embargo, pese a la intensidad de su relación, Hanna desaparece un día misteriosamente dejando a Michael confuso y desconsolado. Ocho años más tarde, siendo estudiante de Derecho, Michael asiste a los juicios por los crímenes nazis y se queda atónito al encontrarse de nuevo con Hanna, esta vez, como acusada en un juicio. A medida que se va revelando el pasado de la mujer, Michael descubre un profundo secreto que tendrá un gran impacto en la vida de ambos.

Desarrollo
Desplegándose lo que bien podríamos situar como el punto álgido del juicio oral, tiene lugar una escena que muestra todos los indicios de operar como interpeladora del sujeto (Michael), dadas las implicancias que a partir de ella se suceden, y que podemos ya mismo situar como un segundo tiempo lógico, un punto de inconsistencia que conmueve el dominio yoico del protagonista y que acaso invita a responder. Una de las dos víctimas sobrevivientes, presentes en el tribunal, revela ciertas especificidades en los modos de Hanna, apropósito de la selección de mujeres a “eliminar” durante su desempeño como “guardia del horror” (Durante la hegemonía nazi), que viene a cambiar radicalmente el rumbo del curso dramático: “Elegía, de forma distinta al resto de las guardias, a cierto número de mujeres. Tenía a sus favoritas. La mayoría casi niñas. Ella les daba alimento y un lugar donde dormir. A la noche hacía que esas mujeres le leyeran en voz alta. Ellas le leían. A menudo escogía a las más débiles, a las enfermas. Seleccionaba y parecía que las estaba protegiendo, pero luego las enviaba allá. ¿Eso es ser amable?”.
Desde entonces tanto para Michael, como para cualquier espectador medianamente atento del film, las circunstancias (cronológicamente anteriores) donde el joven lector le recitaba a su amante ciertos pasajes literarios, a menudo como condición del amor de entonces, cobran una significación súbita. Es a partir de allí, vale decir, de la interpelación introducida por aquel significante 2, que se constituye el primer tiempo lógico como tal, donde ambos significantes se articulan en una cadena significante que produce un efecto de significación en lo imaginario. Asimismo, como el sujeto no “camina” sino a través de los significantes, en conformidad con el basamento Lacaniano (“Un sujeto es lo que representa a un significante para otro significante”), podemos situar como efecto de la copulación de los mismos al sujeto barrado, dividido, tachado. Es entonces que nos vemos obligados a preguntar: ¿Acaso no encontramos signos inequívocos de angustia en el temblor rítmico de Michael, allí donde algo del discurso de la víctima sobreviviente parece tocar un punto de su propia verdad subjetiva? La descripción de fariña apropósito de la escena mencionada viene a validar la pertinencia del interrogante “subraya un silencio ominoso que va creciendo en el cuerpo del muchacho”. Asimismo se dibuja una nueva cuestión ¿Cuál era el valor real de su posición solidaria con relación a Hanna, que por entonces casi le exigía que “le lea”, considerando los peculiarísimos manejos de la guardia con su “elegidas”? El azar no hizo otra cosa que permitir el reencuentro de los amantes, puesto que de todos los juicios, el incipiente jurista no vino a recibir sus primeras lecciones prácticas sino allí donde quizás menos le convenía. Por otra parte, en el terreno de lo inevitable, subrayemos que por su misma condición de estudiante de derecho, se ubicaba como potencial concurrente de tales eventos.
Volviendo sobre las palabras de la víctima declarante, y considerando el efecto retroactivo que suponemos, todo indica que el joven ha venido a parar al lugar del “favoritismo” delimitado por la debilidad y la enfermedad, un lugar signado por un único destino: el abandono: “Presionó su mano contra sus labios. Estaba muerta. Ya no precisaba de ninguna ayuda”, recitaba el joven enamorado sosteniendo en sus brazos a su amada que irrumpía en llanto. ¿No será esta la ayuda que antaño negó Hanna, la que retornaba bajo la forma del auxilio al muchacho? ¿O cómo entender de otro modo los cuidados casi maternales de los que lo hacía objeto? Nos parece encontrar aquí en toda su dimensión la expresión de una culpa que, como tal, no viene sino a encubrir la responsabilidad subjetiva en los actos, que a la amante pasional se le imputan en el orden jurídico.
La sesión siguiente en tribunal, y en esto nos atenemos rigurosamente al orden sucesivo del proceso judicial del film, acontece una escena que instala en la sala un clima que mezcla la expectativa con el desasosiego. El fiscal solicita a la incriminada una prueba de escritura, con motivo de definir “quién escribió el reporte”, dejando a cuenta de los resultados, el factor decisivo de la penalización. El block en blanco y una lapicera aproximan vertiginosamente a la acusada a una impredecible vergüenza. Tal es así que decide callar la realidad de su ignorancia (No saber leer, ni escribir) y aceptar la culpa que le imputan. Su importancia se vislumbra en aquella frase de principio del film: “Cambiaremos el orden de las cosas. Primero tendrás que leerme, luego haremos el amor” .Entonces encontramos una vía regia que nos conduce al ineludible interrogante: ¿Qué es la escritura?
Hallamos evidencias para sospechar que estamos ante la presencia de una preocupación desmesurada, que opera taponando un compromiso que acaso se pretenda elidir, quedando por lo mismo por fuera de toda elaboración conceptual. Es por la tanto un síntoma que no se propondría otra cosa que velar, con su máscara de verdades nimias, la posición vergonzosa en aquellos episodios aterradores. No por nada Hanna responde al jurado con toda “naturalidad”, cuando la indagatoria indignada intenta, si se nos permite la expresión, “apedrear” su punto de falla. Así, como elemento indicador, encontramos lo que consideramos un lapsus, cuando Hanna exclama aplicando un fuerte golpe sobre el escritorio: “¡Éramos responsables de las mujeres!”. Es en ese grito desaforado donde ubicamos lo que podemos llamar la apertura subjetiva, ese punto de verdad que, aunque desconocido por el sujeto que lo profiere, no lo exime del compromiso de sostenerlo como propio. Dejemos que la voz de María Domínguez clarifique el concepto que nosotros aquí apenas esbozamos: “La indicación freudiana es escuchar la verdad que se produce en su decir y que compromete al sujeto, aún más en esos puntos donde el yo-que se pretende autónomo-no puede dar cuenta. Es en ese punto donde Freud ubica la responsabilidad: en relación a aquel propósito inconsciente que, ajenamente a la voluntad del yo, propició la acción”.
Volvamos a Michael. El joven estudiante de derecho bien sabe del analfabetismo de Hanna, y su empeño obstinado por ocultarlo. Se le plantea entonces la disyuntiva entre favorecer con su testimonio las consideraciones que sobre la misma se hagan, creando además las condiciones para que se trastoque la severidad de la sentencia; o desatender los dictámenes legales y actuar en conformidad con lo que cree es el deseo de su amada. Entretanto, en el afán de buscar la clave que resuelva su encrucijada, conversa con el profesor que dicta las clases de su seminario, quien le aclara su responsabilidad jurídica. Tiempo después practica una visita a Hanna, pero una vez allí, a la espera del contacto, se arrepiente y vuelve sobre sus pasos abandonando la empresa. ¿Qué detuvo el encuentro entre ambos, a días de escuchar la sentencia? O dicho en otras palabras ¿Qué de ese encuentro malogrado motivó la salida indecorosa del lector? Por lo demás no nos parece un destello menor el hecho de que en esa misma noche haya resuelto atender los requerimientos amorosos de su compañera académica, que hacía tiempo ya le “venía arrastrando el ala”. Podríamos arrojar algunas hipótesis al respecto pero, sospechando que apenas se arrimarían al nivel especulativo, de buen grado nos contentamos con su mera señalización.
Así las cosas, la última sesión en el tribunal no deparó grandes sorpresas. Hanna fue condenada finalmente a cadena perpetua, a diferencia del resto de las imputadas, quienes recibieron una pena considerablemente menor. No obstante lo cual, y contra todos los pronósticos Michael no se desinteresa en absoluto de Hanna. Hay algo que lo mantiene amarrado, ¿pero qué?
El tramo final encuentra al muchacho, ya devenido adulto, grabando en cintas de cassette (con su propia voz) narraciones literarias que envía asiduamente a la celda donde yace cautiva Hanna. Es entonces que lo vamos a ver aplicado en su empeño, hasta muy entrada la noche, sorprendiéndolo incluso recostado en su cama, vencido por el sueño. Finalmente, tales maniobras le permiten a la protagonista de las escuchas, mediante un trabajo minucioso, dar con el don de la escritura. No podemos menos que ubicar en aquella conducta desenfrenada de Michael, la figura de una culpa que, año tras año, luego de la encarcelación de la dama, no cesó de golpear en su ventana. Recordémoslo: allí donde aparece la culpa, hay en juego una responsabilidad subjetiva. Y agreguemos: una responsabilidad de la que no se quiere saber nada. Claro que esto cobra sentido en la continuidad de la historia, de lo contrario no podríamos siquiera sospecharlo.
Lo cierto es que años más tarde Michael recibe un curioso llamado en el que le comunican que Hanna iba en breve a ser liberada: “Ella no tiene familia, ni tampoco amigos. Usted es el único contacto. Me han dicho que usted no la visita. Cuando ella salga necesitará un trabajo y un lugar donde vivir. No se puede imaginar cómo la asustará el mundo moderno. No hay más a quién solicitárselo. Si usted no se hace responsable por ella, Hanna no tendrá ningún futuro.” Se abre aquí del modo más manifiesto un segundo nivel de responsabilidad. Los residuos de la conversación invaden de súbito el universo del jurista: ¿Qué hacer con Hanna? ¿Hablar con ella para decirle que la mentira de su vida no merecía semejante sacrificio, que tenía que esforzarse por recobrar su libertad para encarar así algo nuevo en su vida?; pero por otra parte: ¿Qué quería decir con ese “algo nuevo?, ¿Era lícito adjudicarse el derecho a privarla de la mentira de su vida, sin ofrecerle a cambio una alternativa de futuro?
Turbado por la situación, se defiende intentando situarse en un lugar de imposibilidad que podríamos definir como “paternal” (además de paradojal), como modo de escape, justamente allí donde nunca dejó ser llamado “chico”. Lo que nuestro protagonista parece no entender es que el azar lo ha confrontado con la posibilidad de hacer algo con su propia historia. Digamos más bien, que la ingenuidad de las preguntas que lo asedian le impiden tomar contacto justamente con lo que en ese momento se pone en juego. Y quien mejor sino que Fariña, para venir a dar cuenta con claridad de lo que consideramos de trascendencia apropósito de lo señalado: “Simplemente escucharla. Por una vez, escucharla es notable que el amante le lee desaforadamente mientras el jurista se empeña en absolverla, pero ninguno la escucha…Esa palabra que en silencio pide a gritos ser escuchada termina por acallarlo todo. Hanna quedará en la serie del buen amante y del jurista empeñoso, pero sin una oreja genuina que la escuche”.
El resto es ya sabido. Michael mediante su distanciamiento da a leer a Hanna que para él su acto es imperdonable y es por esta razón que decidimos ubicar aquí, por la vía de la imposibilidad de Michael, el sendero donde retornan a ella los efectos de su acto, para que pueda finalmente leerlos. Ese mismo día la muchacha en cuestión decide acabar con su vida parándose sobre unos libros que había reunido, que ya no alcanzan a soportarla.
Si agotáramos el asunto en el terreno de la realidad objetiva, de buena gana absolveríamos al abogado en esta decisión fatalista de Hanna, sin oponer objeción alguna. Un análisis superficial despreciaría la eventual correlación existente entre este último encuentro y la muerte de Hanna, asignando el encadenamiento al azar. Por otra parte adelantamos que tampoco responde al dominio de la necesidad, la lógica lineal del “causa y efecto”, según Fariña, puesto que la asistente social que se comunicó con Michael y puso a su cuenta el destino de Hanna, lo hizo considerando la única posibilidad de “salida” de aquella.
De lo que se trata, y digámoslo de una buena vez, es de una grieta entre ambos (necesidad y azar). Es allí y no en otro lugar donde entramos en contacto con la responsabilidad subjetiva, con la posibilidad de “saber hacer” allí donde los marcos de referencias se revelan franqueados. “El único testigo de esa escena, todavía no sabe que lo fue. Comenzará a sospecharlo cuando él mismo legue su historia al porvenir de una hija. Tal vez pueda ella, a quien le gustan las sorpresas, devolverle a su padre el asombro de su propio misterio”.
Para terminar con el recorrido que nos hemos propuesto, y a modo de corolario, ensayemos la propuesta de tender algunos puentes de contacto entre nuestra historia y el cuento “El muro” de Jean Paul Sartre. Por empezar digamos que, a nuestro entender, ambas plantean la cuestión de la responsabilidad como cuestión central, si bien no única. Mediante cuyas acciones, los personajes de ambas historias precipitan el final de personas (aun sin saberlo) muy allegadas a ellos, con quienes mantienen un vínculo afectivo. Si bien sus propósitos manifiestos son otros (que los que nos fue asequible rastrear en un sentido más “profundo”); despistar a los falangistas en el caso de Ibbieta, con motivo de ocultar el escondite de su amigo; remediar el “desvalimiento” para el caso de Michael, los indicadores que retuvimos para nuestro trabajo de análisis, no merecen caer en desconsideración, si de hablar de responsabilidad subjetiva se trata. Ahora bien, ¿Cuáles fueron esos elementos que consignamos? La risa con llanto de Ibbieta cuando García le informa que Gris, había sido hallado en el cementerio, y el temblor que se apodera de Michael cuando escucha la declaración de la víctima. ¿De qué dan cuenta esos indicadores? Nos permiten entrar en contacto con el sujeto. Algo de su yo corporal, a partir de tales interpelaciones, ha sido quebrantado e invitan inexorablemente al sujeto a responder. No existe modo alguno de no hacerlo. Es en esta brecha que se abre entre el primer y el segundo (Que interpela al sujeto) momentos lógicos, entre la necesidad y el azar, que se extiende en toda su dimensión la responsabilidad subjetiva, que oportunamente puede ser conjeturada. No debemos olvidar para evitar confusiones, que lo que está puesto en juego allí es un saber, un saber, que aunque desconocido como tal, le pertenece al sujeto.
Ya nos hemos extendido en hojas más de lo que se nos hay impuesto, por lo que decidimos dejar en la bella e irrepetible prosa freudiana las últimas consideraciones: “El médico dejará para el jurista la tarea de instituir una responsabilidad artificialmente limitada al yo metapsicológico”.

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Referencias bibliográficas
• Michael fariña, J. y Gutiérrez, C. (1996). Veinte años son nada. Causas y azares. Número 3. Buenos Aires.
• Michael Fariña, J. Comentario sobre el film El lector, Responder por la vergüenza.
• Mosca, J.C. (1988). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
• Salomone, G.Z: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra viva, 2006.
• D´Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra viva, 2006.
• Freud, S.: (1925) La responsabilidad moral por el contenido de los sueños. En Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto. Obras completas. Tomo XIX, Amorrortu editores. 1984.



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