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La vida de los otros, Alemania, 2006, Florian Henckel von Donnersmarck.
Wiesler es un oficial ejemplar de la Stasi (policía secreta de la República Democrática Alemana), respetado por su lealtad al régimen comunista del Este, y por su competencia en espionaje. La historia transcurre en los años previos a la caída del muro de Berlín, cuando Wiesler queda a cargo de la misión Lazlo y debe espiar a la pareja formada por el escritor Georg Dreyman y la actriz Christa-María Sieland. Wiesler concurre al teatro con el Director de Cultura, Grubitz (un ex compañero de estudios poco despierto pero obsecuente) y presencia la obra con ojos que denotan cierto embeleso. Al finalizar la pieza, Grubitz le pide su opinión del escritor y él responde: “hay que vigilarlo, podría hacerlo yo, quizás no esté tan limpio como parece”. Grubitz se burla de su sospecha pero cuando recibe del ministro Hempf, un pez gordo del partido la misma pregunta, repite las palabras de Wiesler. Hempf lo felicita por su olfato y ordena vigilar a Dreyman, prometiéndo asensos a cambio de hallar “algo”. Wiesler queda al mando, en parte por sus propias palabras y en parte por iniciativa del ministro a quién no le preocupa la traición de Dreyman al partido sino su mujer. En cuanto al azar y a la necesidad, ambos participan de la situación: el azar lleva a que mientras Wiesler es invitado al teatro, y recibe la pregunta de su superior respecto de Dreyman a la cual responde que hay que vigilarlo, Grubitz recibe la misma pregunta y responde como Wiesler. La necesidad por su parte puede rastrearse en que Wiesler es el mejor en lo que hace y por eso será a él a quién se le encomiende esta tarea, ya que así se conduce el régimen. Tomando las palabras de J. C. Mosca (1998) acerca de que la responsabilidad del sujeto se encuentra en la grieta entre necesidad y azar, podemos ubicar que la pregunta por la responsabilidad aparece en Wiesler cuando comienza a intervenir el deseo y a naufragar la sumisión a la autoridad.
Ante la amenaza de que su carrera termine, la actriz accede a complacer al ministro para poder continuar actuando y Wiesler asiste a estos hechos mientras vigila. Grubitz le prohíbe reportar nada sobre esto en los informes y lo insta a colaborar para que Hempf elimine a su rival, y Wiesler responde apelando al juramento. Luego, se sorprende a sí mismo conectando dos cables para que el timbre haga salir a Dreyman a la puerta, justo cuando el auto del ministro se detiene y baja de él Christa María. Hacer sonar el timbre es una primera acción por fuera de la maquinaria del sistema. Lo que le pasa a Wiesler al detectar el abuso de poder por parte del ministro no se relaciona con un juicio de valor moral sobre la corrupción del gobierno, sino que atañe a su posición de obediencia que comienza a tambalear al tiempo que se acerca a la vida de los otros, que comienzan a ser vistos por él no ya desde la lógica instrumental en términos de colaboracionistas o traidores, sino como sujetos. Tomando los desarrollos de C. Calligaris (1987), se puede considerar que al verse interpelado por la situación y las inconsistencias dentro del partido, comienza a experimentar la declinación del inercialismo totalitario al que está alienado, y a ver las contradicciones del funcionamiento del aparato al cual ha servido hasta ese momento ciegamente. Pero no sucede que Wiesler comience a luchar en contra del comunismo o se pase a filas contrarias, sino que el sistema pierde para él su condición de universo cerrado. El partido, esa autoridad a la que obedecer, referencia común a un saber compartido que ofrecía certezas y salvaba del sufrimiento de la incertidumbre, exige un precio que llegado a este punto Wiesler decide dejar de pagar. O. D´Amore (2006) señala que no hay responsabilidad subjetiva sin culpa, la cual es condición para el circuito de la responsabilidad subjetiva, dado que ob-liga a responder. La culpa surge en Wiesler vinculada a Christa María, él es testigo de las crisis de la actriz, del miedo a la amenaza y de las traiciones a Dreyman y a ella misma. Luego de oír la discusión de la pareja, Wiesler va tras los pasos de ella, quién a pesar de los ruegos de Dreyman se va a encontrar con el ministro. En este momento de culpa e interpelación, de desfallecimiento del Otro, Wiesler está, en un sentido Sartreano, “arrojado y en la angustia” e intenta que la actriz vuelva con Dreyman como puede. J. Jinkis (1987) señala que la dignidad de esa pequeñísima nada que es el hombre, se reconoce cuando descubre su condición de sujeto deseante, porque el deseo lo vuelve al hombre responsable. Y es en este momento de fragilidad que Wiesler se enfrenta a la dimensión del deseo, gracias a lo que luego pasará de la angustia a la acción, para hacerse a sí mismo, ya sin el abrigo de certezas ni garantías. Resquebrajado el sometimiento al Otro, Wiesler ya no obedece y se deja interpelar por la situación. Ya no puede seguir como antes, no puede volver atrás, el “sólo por esta vez” que se dice a sí mismo cuando omite avisar del plan del escritor, no será tal. Él ya es otro a partir de la fisura de la interpelación y debe hacer algo con ello, la exculpación y la desresponsabilización en la alienación ya no son posibles: él es responsable y debe dar respuesta de su ser como deseante.
Para esbozar una hipótesis clínica es necesario repasar las coordenadas en las que la interpelación subjetiva surge. A partir de la situación configurada y de la culpa, se pone en funcionamiento el circuito de la responsabilidad. Considerando al tiempo 2 de la interpelación, por la lógica de la retroacción, se da una resignificación del tiempo 1: la acción emprendida por Wiesler de hacerse cargo de la misión Lazlo con el fin de obedecer una orden y detectar posibles traiciones por parte de Dreyman, cobra otro cariz: la misión no nació con el objetivo de evitar actividades subversivas sino porque el ministro puso los ojos en una mujer, y Wiesler por su parte ha soltado la frase “hay que vigilarlo” a un oficial que siempre lo ha tenido de guía. Esto no es casual y si bien aparentemente es un acto que queda del lado del deber que se le impone como oficial de la Stasi, algo se le juega a Wiesler al presenciar la obra de teatro que lo hace ponerse a disposición de una misión que aún no existe. Frente a la culpa posterior y a la interpelación, Wiesler en un momento intenta abandonar la misión, pero desiste, porque lo que irrumpe, lo llama a responder, no a huir. Si la posición de obediencia se ve conmovida, se puede afirmar junto con G. Salomone (2006) que va a ser justamente en esos puntos de quiebre que la falta estructural se manifieste, siendo estos puntos los de mayor potencia respecto del efecto sujeto. Se puede pensar que en esa decisión de espiarlos hay un efecto logrado que es del orden del deseo, en relación a su posición de sumisión y la consecuente pobreza subjetiva que lo ha despojado de todo hasta dejarlo reducido a un engranaje de la maquinaria . La vida privada de Wiesler también está diluida en el régimen: su metódica servidumbre al partido no da lugar al deseo, su subjetividad se ve empobrecida por haber quedado él reducido a instrumento y es por la vía de espiar la vida de los otros que él comenzará a vivir. A través de la misión se conecta con la falta, con sus carencias más crudas y con su sufrimiento: rogar a una prostituta que se quede con él luego del sexo, acunarse a sí mismo mientras es testigo del amor ajeno, emocionarse al leer un libro robado de Brecht, son todos destellos del sujeto deseante y también sufriente. La responsabilidad subjetiva es esa relación ética del sujeto al deseo, es Wiesler enfrentado a ese deseo inconsciente que habla y dice acerca de él mismo y de su existencia miserable: nadie lo está esperando en su casa lúgubre tan ordenada y pulcra como él respecto del régimen: oficial gris, limpio y leal con un desempeño aséptico. ¿Y si él “no esta tan limpio como parece”?. La respuesta de Wiesler a la interpelación se ubica en la dimensión ética como un tiempo 3 del efecto sujeto. Es posible interceptar este instante del despertar en el acto ético de Wiesler. Christa María es apresada e instada a delatar el escondite de la máquina de escribir de Dreyman, a cambio de su libertad y el permiso para actuar; de lo contrario es el fin de su carrera. Ella señala el lugar donde se encuentra la máquina luego del interrogatorio llevado a cabo por Wiesler quién luego, raudo, retira la máquina del lugar. Este acto de Wiesler, no es heroico dado que no se trata de una decisión yoica, si no que abre la posibilidad de la singularidad ética y permite la emisión subjetiva. Lo particular previo desfallece, su respuesta es ética: salva la vida de Dreyman, y se constituye como sujeto. Su acto es transparente, no delibera ni teme: actúa sin dudarlo y con dignidad. Ha tomado una decisión en soledad , que llevará a cabo desde el anonimato, más allá de la ley y la moral, posicionado como un sujeto de deseo y no ya como un instrumento. Wiesler sabe que su carrera ha terminado, sentenciado a permanecer años en un sótano abriendo sobres con vapor, pero libre porque ha decidido con su acto. E. Laso señala que “el acto en tanto ético decide por cómo debería ser un mundo, y no cómo de hecho es. Apuesta a realizar desde la singularidad del acto un universal, en el cruce del particular epocal, allí donde éste desconoce dicha dimensión para devenir particularismo” Con la realización del acto, Wiesler sostiene un universal sin garantías de ser leído. El expendiente del caso se cierra, cae el muro y Wiesler sale de ese sótano para desempeñarse como cartero. Dreyman se entera por el ministro que lo vigilaban y accede al expendiente del caso y a la verdad. En la hoja final una huella, roja como la tinta de su máquina de escribir, es la marca que le da la pista de que el agente HGW XX/7 le salvó la vida. Cuando lo busca solo ve a un hombre arrastrando un carro de cartas, no hay nada que decir. El artista le dedica su libro, Wiesler lo abre en una tienda y lee que es para él, lo compra orgulloso y en su mirada se ve el brillo de quién ya ha despertado y no espera del otro para sostener su existencia.

BIBLIOGRAFIA:
-  Calligaris, C.: La seducción totalitaria. En Psyché, 1987.
-  Salomone, G. Z.: Dossier de Ética y Cine: Ética y ciencia. De la eugenesia al tratamiento contemporáneo de las diferencias humanas. Proyecto IBIS / Aesthethika©. Grupo Blanco ediciones, Buenos Aires.
-  Alemán, J. (2003): Nota sobre Lacan y Sartre: El decisionismo. En Derivas del discurso capitalista: Notas sobre psicoanálisis y política. Miguel Gómez Ediciones, Málaga.
-  Ariel, A.: La responsabilidad ante el aborto. Ficha de cátedra. Mimeo. Publicado en la página web de la cátedra.
-  D’Amore, O.: Responsabilidad y culpa. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.
-  Fariña, J. (1992). Ética profesional. Dossier bibliográfico en salud mental y derechos humanos. Acápite 3.3: el status de la responsabilidad sobre los actos.
-  Jinkis, J. (1987). Vergüenza y responsabilidad. Conjetural, número 13. Editorial Sitio. Buenos Aires.
-  Mosca, J. C. (1998). Responsabilidad, otro nombre del sujeto. En Ética: un horizonte en quiebra. Eudeba, Buenos Aires.
-  Salomone, G. Z.: El sujeto dividido y la responsabilidad. En La transmisión de la ética. Clínica y deontología. Vol. I: Fundamentos. Letra Viva, 2006.



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