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Ladrones de bicicletas

por Noailles, Gervasio

En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial. Europa quedó arrasada por la guerra. Italia no es la excepción. En 1948 Vittorio de Sica filmó Ladrones de Bicicleta. La película se basa en la novela homónima de 1945, escrita por Luigi Bartolini. La historia es sencilla. El argumento se puede contar en unos pocos renglones.

Antonio lleva más de un año buscando trabajo cuando, por fin, lo contratan para pegar carteles en la vía pública. Debe presentarse al día siguiente con una bicicleta. Sin bicicleta no hay trabajo. Antonio no tiene bicicleta, pero es una oportunidad que no puede dejar pasar. Ante esta situación, la mujer de Antonio no lo duda, vende las sábanas que le quedan para poder comprar una bicicleta usada.

Por fin, la familia saldrá de la miseria. Sin embargo, el primer día de trabajo, ante un descuido de Antonio, le roban la bicicleta. De ahí en más, la película cuenta el periplo para intentar recuperarla.

Primero intenta hacer la denuncia, pero la policía está preocupada por cosas mucho más importantes. Luego intenta rastrearla en el mercado donde se venden los objetos robados, allí tampoco tiene suerte. El siguiente intento es ir tras el ladrón, pero cuando por fin lo encuentra se debe enfrentar a una turba de vecinos que lo defienden y, de no ser por la policía, Antonio hubiera recibido una golpiza.

Finalmente, el último recurso para recuperar el trabajo es robar otra bicicleta. Pero Antonio no sabe robar. Es atrapado en el intento y tiene suerte de que el dueño de la bicicleta se apiada de él, ya que no hace la denuncia policial y decide dejarlo ir.

Durante todo el recorrido frustrado por recuperar la bicicleta Antonio es acompañado por Bruno, su pequeño hijo. Bruno y nosotros (los espectadores) somos testigos del desmoronamiento del padre.

Hasta aquí la historia. Se trata de un trabajador que no tiene trabajo. En su camino se cruza con un ladrón. Alguien que en un contexto de pobreza sabe robar. Asistimos al intento desesperado en el que un trabajador, intenta robar. Al no saber robar queda expuesto y es atrapado.

Señalemos que el mundo que nos presenta De Sicca es sencillo. Hay trabajadores que trabajan. Trabajadores que no trabajan. Ladrones que roban y trabajadores que roban.

En este mundo esquemático, hay trabajadores honestos que viven de su trabajo (A1, según el cuadro de doble entrada presentado arriba). También hay trabajadores que roban. Es decir, personas que para ganarse la vida roban, en otras palabras, su trabajo consiste en robar y, como buenos trabajadores saben hacer bien lo suyo: roban bien. En este grupo (B1), según el cuadro, se encuentra el ladrón que le robó la bicicleta a Antonio. Como buen ladrón pudo robar la bicicleta sin ser aprehendido.

El comienzo de la película Antonio es un desempleado (A2), cuyo mayor anhelo es ser un trabajador para poder mantener a su familia, es decir pasar a la categoría A1, sin embargo ante la desesperación por no poder recuperar su bicicleta, se convierte en un ladrón que no sabe robar, (en un B2) y es atrapado en su torpe intento de robar una bicicleta.

En pocas palabras, Ladrones de bicicletas, cuenta la historia de un desempleado que, al no poder garantizarse las condiciones mínimas para conseguir trabajo (en este caso una bicicleta), se ve obligado a convertirse en un torpe ladrón de bicicletas.

Hacer bardo o robar bien

Gabriel Kesler en “Sociología del delito amateur” señala que los delincuentes juveniles perciben dos formas básicas de actividad criminal: el “bardo” y “robar bien”. El “bardo” refiere al delito improvisado, sin planificación, donde muchas veces las víctimas son los vecinos del delincuente y donde muchas veces hay heridos o muertos innecesarios. Por otro lado “robar bien” refiere al acto de robar con oficio, esto es, planificar el robo, asegurarse que la víctima sean instituciones más que personas: bancos, supermercados, camiones de caudales.

En línea con el planteo de Kesler, Daniel Míguez en “Delito y Cultura, Los códigos de la ilegalidad en la juventud marginal urbana” señala que en las prisiones argentinas a quienes hacen “bardo” se los conoce como giles o como cachivaches, mientras que a quienes saben “robar bien” se los conoce como “chorro-chorro”.

Mientas que los cachivaches son despreciados y desprestigiados según los códigos tumberos, los “chorros-chorros” son respetados y se les reconoce oficio. También, dentro de la taxonomía tumbera existen los “anti-chorros”, quienes representan a la condición extrema del cachivache: son aquellos delincuentes que comenten homicidios innecesariamente o roban a vecinos sin respetar códigos de barrio.

Si utilizamos estas categorías para leer la película, Antonio es un cachivache, es un ladrón llevado a robar por la desesperación, no planifica su robo, no elige su víctima y sobre todo, fracasa en su intento de robar una bicicleta.

De cachivaches y linchamientos

Ahora bien, interesa detenerse en una de las secuencias finales del film. Cuando Antonio intenta robar una bicicleta y es atrapado por una turba de ciudadanos indignados, quienes luego de darle un par de cachetazos le preguntan al dueño de la bicicleta si hará la denuncia en la policía. El hombre, luego de darse cuenta de la presencia del pequeño Bruno, dice:

Dejalo, ¿para qué molestarlo? Este hombre ya tiene demasiados problemas.

Interesa la escena porque podemos jugar con la idea de que huyendo de la desocupación y el hambre Antonio emigra junto a su familia a la Argentina. El pequeño Bruno, quien en 1948 tenía cuatro años, crece en la Argentina y, ahora en 2014, sería un jubilado argentino de 70 años. Bruno podría ser víctima de un asalto. Podemos imaginar a una turba de vecinos indignados que, igual que aquellos que agredieron a Antonio cuando intentó robar una bicicleta, golpean al ladrón que intenta robar a Bruno.

A comienzos de 2014, hubo en la Argentina una seguidilla de hechos de violencia callejera, en los que una multitud daba una paliza a una persona. En algunos casos se trató de personas que golpeaban a un ladrón, otras veces el golpeado fue simplemente un transeúnte que resultaba sospechoso y por eso fue salvajemente golpeado. En uno de esos casos la golpiza produjo la muerte del presunto ladrón.

En los medios masivos de comunicación se habló de ola de “justicia por mano propia”. Detengámonos en esta expresión. Decir Justicia por mano propia es como decir luz oscura: es un oxímoron. Si es por mano propia, no es justicia, es venganza, y al ser especular es tanto (o más) criminal como el acto que intenta vengar. La justicia en el mundo moderno debe ser ejercida por el Estado, que como tercero mediador, se presenta como la instancia que determina la pena merecida por un infractor.

La retaliación no asegura el aplacamiento de la violencia, ya que las víctimas de la venganza, pueden buscar nuevamente venganza, y así producir escaldas de violencia sin fin.

Según René Girard (La Violencia y lo Sagrado), la ganancia que se obtiene con la justicia ejercida por el Estado, es que se trata de una justicia que interrumpe escaladas retaliatorias de violencia, ya que nadie puede vengarse del Estado –sí de sus representantes, pero eso es otra cosa.

Estamos advertidos que los mecanismos estatales no garantizan un veredicto justo. La igualdad jurídica es un ideal que se hace añicos frente a la desigualdad en la aplicabilidad de la ley. Esto es inherente a los modos en que la insuficiencia jurídica hace síntoma en el mundo contemporáneo.

El cine de Hollywood está lleno de héroes que buscan justicia por mano propia. Héroes que ante una injusticia y ante la inoperancia del Estado, deben vengar un crimen.

Así como el héroe trágico griego era un modelo de subjetividad para habitar una polís que definía su política en la asamblea de ciudadanos, y por lo tanto, requería ciudadanos que se hagan responsables de sus votos; el héroe de Hollywood es coherente con el modo subjetivo necesario para habitar una sociedad que se basa en el libre mercado: nadie cuida a nadie, por lo tanto la víctima tiene que garantizarse por sus propios medios las estrategias para hacerse justicia.

Si aceptamos la hipótesis de que la tragedia griega y el cine de Hollywood reflejan modos subjetivos para habitar situaciones histórico-políticas, cabe preguntarse qué modo subjetivo refleja el neorrealismo italiano y, así mismo, cabe preguntarse si la Argentina “hollywoodense” contemporánea es habitable con una subjetividad “neorrealista”

Fernández Verdeal en su ensayo sobre el cine Neorrealista Italiano, señala que uno de las características de esta corriente cinematográfica establecer una “Nueva relación entre el artista y la sociedad. No sólo hay una meta de captar la Italia de posguerra, sino que también hay un compromiso moral entre los directores y la realidad: el cine puede cambiar las cosas, hay que ayudar a Italia. Es un cine que quiere dar testimonio y con una posición ética muy clara”. (Fernández Verdeal, 2014, p.5)

El planteo es claro, el cine debe cambiar la realidad. Así, podemos suponer que igual que un ciudadano ateniense, luego de ver Edipo Rey salía con la certeza de que todo ciudadano debe hacerse responsable de sus actos, un ciudadano Italiano, luego de ver Ladrones de Bicicletas salía del cine con la certeza de que hay ladrones que se ven obligados a robar para alimentar a sus familias.

Así las cosas, ¿qué dirá Bruno a sus 70 años al ser asaltado en la Argentina? ¿Guardará algún recuerdo infantil de esa escena en la que el hombre, al que su padre le intentó robar una bicicleta, decidió no hacer la denuncia (ni golpearlo) porque Antonio ya tenía demasiados problemas? ¿O se dejará llevar por su ira de vecino indignado y participará de la venganza contra el ladronzuelo argentino contemporáneo? ¿Cuál es la ficción que nos construyen esos directores de cine anónimos (pero que son los que más facturan) que son los directores de noticias de los horarios primetime? ¿Cuál es el modelo de ciudadano que construyen esas películas de estreno permanente y sólo unas horas en cartel que son las noticias cotidianas televisadas?

Referencias

Girard, R (1983). La violencia y lo Sagrado. Barcelona. Editorial Anagrama.

Migués, D. (2008). Delito y Cultura. Los códigos de la ilegalidad en la juventud marginal urbana. Buenos Aires. Editorial Biblos.

Fernández Verdeal, F (2014). El Cine Neorrealista Italiano Biblioteca de Derecho UAM. En http://biblioteca.uam.es/derecho/documentos/cine/neorrealismo.pdf
Kessler, G (2004), Sociología del delito ameteur, Buenos Aires. Paidós.



NOTAS





COMENTARIOS

Mensaje de Jorge Alberto Santoro  » 31 de octubre de 2014 » jorge132004@yahoo.com.ar 

Es una de las mejores películas del cine italiano y del mundo. El Neorrealismo Italiano en su máxima expresión en tiempos de Posguerra y desolación y destrucción que padeció Italia durante la 2° Guerra Mundial y sus 22 años de Fascismo.
De Sica retrata un fresco impecable en blanco y negro con una fotografía excelente y con actores notables que no son profesionales. Sus calles laberínticas de la ciudad eterna, la Roma del gran imperio del pasado y con un presente de terror, en donde los ladrones pasean y se ganan la vida robando a los pobres, y si agregamos la desocupación alarmante e imposible de solucionar en yuxtaposición en donde los ricos comen en los mejores restaurantes mirando por encima del hombro de los pobres. Por un lado De Sica a través de la cámara que vendrían a ser nuestros ojos, realizamos un tour de lujo por las iglesias, puentes, plazas, mercados callejeros y con el aditamento de la superstición en contraposición a la religión nos da un pantallazo perfecto de cómo vivían esos ciudadanos itálicos en esos años.
Antonio es un obrero que hace 2 años que no puede conseguir un nuevo trabajo, cuando por fin consigue uno y en su primer día de trabajo, un ladrón le roba su bicicleta que era su arma para poder realizar sus actividades laborales. Esa bicicleta es la misma que tiempo atrás habían empeñado para poder comer.
Bruno es el hijo mayor de Antonio, tiene 6 años y trabaja en una estación de servicio.
Desigualdad económica, y los hombres roban y/o matan para sobrevivir en esa sociedad fría, cruda y hostil. Al final de la película se invierten los roles y el robado se convierte en ladrón, una paradoja que en ese contexto es moneda corriente para terminar pidiendo piedad para no ir a la cárcel en donde las prioridades de clemencia superan a las laborales.
Es una de esas películas que no podemos ignorar y que no tienen un final feliz como la mayoría del cine clásico de Hollywood sino que nos hace reflexionar y nos obliga a hacernos una última pregunta Si Dios nos creó a su imagen y semejanza, ¿por qué nos autodestruimos mediante regímenes totalitarios y/o guerras que lo único que hacen es matar a nuestros semejantes y hambrear a toda la sociedad? demostrando que no somos la imagen y semejanza que propone la Iglesia Cristiana.



Mensaje de María Laura Napoli  » 26 de octubre de 2014 » marialaura_napoli@yahoo.com.ar 

“¿Cómo puede un ser humano desarrollar un relato de su identidad e historia vital en una sociedad compuesta de episodios y fragmentos? Las condiciones de la nueva economía se alimentan de una experiencia que va a la deriva en el tiempo, de un lugar a otro lugar, de un empleo a otro…”. (Sennett, 2000, p. 25)
Bruno tiene el relato de la historia de su padre, un relato desgarrador, pero relato al fin. Tiene un relato para sí mismo y para transmitir a otras generaciones.



Mensaje de Eduardo Laso  » 1ro de octubre de 2014 »  

Partiendo del film “Ladrones de bicicletas” de De Sica, el texto de Noailles propone una relación entre trabajo y robo que es, por lo menos, problemática: “En este mundo esquemático (se refiere al film), hay trabajadores honestos que viven de su trabajo (…). También hay trabajadores que roban. Es decir, personas que para ganarse la vida roban, en otras palabras, su trabajo consiste en robar y, como buenos trabajadores saben hacer bien lo suyo: roban bien. (…) Antonio es un desempleado, cuyo mayor anhelo es ser un trabajador para poder mantener a su familia (…), sin embargo ante la desesperación por no poder recuperar su bicicleta, se convierte en un ladrón que no sabe robar, y es atrapado en su torpe intento de robar una bicicleta.”
No es claro en el film de De Sica que quien le roba la bicicleta a Antonio sea alguien que “sepa robar”: no se requiere ningún expertise para manotear una bicicleta y salir huyendo. Lo que en el lenguaje carcelario califica como “chorro-chorro” no es un arrebatador callejero, sino alguien capaz de organizar y llevar a cabo, por ejemplo, un golpe en un banco o en una empresa, preferentemente sin derramamiento de sangre. “Rififí” de Jules Dassin es un ejemplo cinematográfico de robo “perfecto” (o casi). En su film “El carterista”, Robert Bresson nos presenta la historia de un experto en robar billeteras: el director francés detiene su cámara para mostrar cómo de un modo casi mágico el carterista puede apropiarse en un instante de la billetera de los transeúntes sin que lo noten. El film de Bresson o de Dassin nos muestran que “robar bien” puede ser elevado a un “gran arte”. Pero que ciertamente no es un trabajo ni menos un “bien”.
Si el robo puede ser elevado a arte, resulta más complicado asociarlo a un trabajo, en el mismo sentido en que se habla del trabajo de un albañil o de una secretaria. Sin duda es un modo en que alguien se ocupa y se puede hablar eufemísticamente de “ocupación” (no sin cierta ironía por parte del ladrón, que con ese significante pretende hacerlo entrar en la serie de los trabajos). Robar no entra en la serie de los trabajos, sino que en Ladrón de bicicletas es presentado como la consecuencia desesperada de la falta de trabajo mismo. En otras palabras, el robo es un síntoma social y no una forma de trabajar y ganarse la vida. Y si al final Antonio quiere robar una bicicleta (y no dinero o joyas), es porque quiere volver a tener el medio para trabajar y no convertirse en “ladrón de bicicletas”, como quien dice “ladrón de coches” o “ladrón de carteras”. Como Jean Valjean en Los miserables de Víctor Hugo, roba por desesperación, cuando ni la sociedad (la gente defiende al ladrón de su bicicleta) ni el Estado (la policía ni se interesa en su caso, favoreciendo la salida forzada del final) lo ayudan en su situación y condición.
Hay una inversión conceptual al pasar de afirmar que “hay trabajadores que roban” a “robar es un trabajo”. El robo es un acto que pueden hacer trabajadores y no trabajadores, ocupados y desocupados, pobres y ricos, etc. El robo como fenómeno es transversal a las clases sociales y a las épocas históricas. Tiene además la característica que constituye un acto singular que produce un sujeto (quien roba pasa a ser ladrón, incluso para sí mismo, aunque no sea descubierto) pero que no puede elevarse como singular-universal a encarnación de algún principio ético. Nadie reivindica el acto de robar. Ni siquiera los ladrones, ya que reivindicarlo como principio ético equivaldría a que un ladrón admita que sea legítimo que a él se le robe. Cosa que rechazaría. “El que roba al ladrón… se vuelve ladrón” (y no “tiene 100 años de perdón”).
El robo es un acto universalmente condenado en todas las culturas y épocas: del código de Hammurabi al derecho actual en sus diversas expresiones (sea países capitalistas o socialistas), el robo es condenado y castigado. Después varían las formas de combatirlo y penarlo, según las razones que motivaron a un sujeto a cometer un robo y las diversidades de las legislaciones (desde las más fundamentalistas y duras -como el corte de mano en algunos países musulmanes- a la probation, Pero no se considera al robo un trabajo (aunque podríamos decir con ironía que robar bien representa un enorme trabajo, en el sentido de esfuerzo, con lo que pondríamos también en la serie “tiempo y esfuerzo” a secuestrar, matar o violar sin ser detenido). Pero no en el sentido económico del concepto de trabajo. Ya Marx planteaba en su célebre “Prefacio” a la “Contribución a la crítica de la economía política” respecto del trabajo: “En la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de la conciencia social”. El trabajo es la relación por la cual los hombres se vinculan entre sí y con la naturaleza para producir los elementos que necesitan para vivir. Constituye la base misma de las relaciones sociales, y el modo como el hombre produce sus medios de existencia. El robo en cambio no produce bienes ni servicios ni podría ser menos aún la base de la constitución de la vida social, ya que consiste en la apropiación de lo que otro produce. De ahí que por ej, el marxismo condene la explotación capitalista calificándola de robo.
Deleuze tematiza 3 formas de obtener un objeto: por donación, por intercambio y por robo. La donación y el intercambio dan lugar a dos formas de relaciones sociales y económicas: por ej. el potlatch y el trueque. Y la invención del dinero eleva a su máxima posibilidad las operaciones de intercambio, a través de la mediación de un objeto simbólico que representa un valor. El robo, en cambio, es el recurso de obtener un objeto cuando fracasan las otras dos vías. Se le saca al Otro que no es capaz de dar o intercambiar. O se le saca al Otro porque quien roba no está dispuesto a dar o intercambiar con el Otro. Dos vías posibles de posición subjetiva ante el Otro en el robo.
Los determinantes del robo son multicausales y no dependen de una condición social particular. La mayor parte de los sujetos que quedan sin trabajo no se dedican a robar. Y al revés, una parte significativa de los delitos de robo no son determinados monocausalmente por la desesperación de no tener para vivir. Y quien por necesidad social incurre en el robo, no lo eleva a valor reivindicable. En la situación de Antonio, el robo –fallido_ de la bicicleta no constituye ni una decisión ni una elección, sino una opción forzada ante la desesperación de no poder dar de comer a su familia. A distinguir de la reciente declaración del célebre y multipremiado director de cine Damián Szifrón, quien en un programa de Mirta Legrand aprovechó la coyuntura para decir que si no tuviera trabajo, robaría. Frase improbable en alguien que está a años luz de la situación de Antonio, en boca de Szifrón la afirmación se presenta como decisión lo que no lo es para alguien como Antonio que se encuentra en la especial coyuntura que el film de De Sica describe. Ninguna decisión allí: sólo opción forzada y vergonzante, un paso más en la condición de humillación social, de la que la falta de solidaridad social y un Estado ausente son los principales responsables.



Mensaje de Ajenor.  » 13 de septiembre de 2014 » ajenorx@yahoo.com 

Encierra el dilema complejo de acceder por necesidad, sin maldad, pero sabiendo la consecuencia de un acto no planeado, inducido por la desesperación. La victoria momentánea del sujeto que sabe que segundos después sera señalado en la plaza publica construida por la falsa norma de "respetar" a pesar del motivo que nos lleva a incumplir le a otros solo por su propio desdén.

Cuando la justicia debe ajustarse a los hechos y se maneja según "quien" esta señalado, la subjetividad ingresa por la puerta grande del pueblo apoderándose de los sentimientos de las masas. Un maridaje paradójico de lo subjetivo con la justicia ambigua redundan en la ruina de quienes son mas débiles.

Es la virtud de esta cinta, en lo simple de un argumento histórico, encuentra la situación elemental de la injusticia permanente.



Mensaje de Juan Jorge Michel Fariña  » 12 de septiembre de 2014 » jjmf@psi.uba.ar 

El muy bueno y oportuno artículo de Gervasio Noailles me recordó un pasaje del comentario sobre el film "El secreto de sus ojos", publicado en este mismo sitio web. Transcribo un pasaje como contribución a la discusión:

“La venganza es la reacción ante un agravio, responde a un impulso irracional que escapa al imperio de la ley. La justicia en cambio es una reparación social asumida por organismos legítimos. Se cumple con la justicia sólo cuando se restaura un orden originario, cuando se corrige y se castiga la desmesura desde normas objetivas. La venganza, por el contrario, es subjetiva y aspira a la revancha desde lo no reglamentado. ¿Por qué entonces, a pesar de la validez de la justicia y lo incorrecto de la venganza, solemos identificarnos con personajes de ficción que —ante la dificultad o imposibilidad de encontrar justicia— apelan a la venganza?” (Esther Díaz, 2006)

(…)

En su conferencia “El cine como experimentación filosófica”, Alain Badiou nos recuerda que la cuestión de la venganza y de la justicia es justamente el tema de la primera obra teatral de la historia de la humanidad, La Orestiada, tragedia compuesta por Esquilo y estrenada en – 458. Se trata, como sabemos, de una trilogía. En la primera pieza se narra el regreso de Agamenon, rey de Argos, después de diez años de batallar en la guerra de Troya, y su ulterior asesinato a manos de su esposa Clitemestra, quien había planeado el crimen en venganza por el sacrificio de su hija Ifigenia y luego de haber cometido adulterio con Egisto. La segunda parte presenta el lento proceso de venganza planeado ahora por Electra y Orestes, hijos de Agamenón. A su regreso del exilio e instigado por Electra, Orestes termina matando a su madre y a Egisto, desatando así a las Furias, quienes lo perseguirán implacablemente. La tercera y última pieza, Las Euménides, narra el desenlace de la historia. Orestes es llevado a juicio y junto a Apolo y las Furias comparecen ante el jurado ateniense para decidir si el asesinato de Clitemestra le hace merecedor del tormento que se le inflige. Finalmente, con la ayuda de Apolo y tras una votación ajustada, Orestes resulta absuelto.
La potencia del mito radica en la mutación de las Erinias en Euménides. Para no desatar la furia de las Erinias, los griegos no las llamaban por su nombre, que significa Perseguidoras, y utilizaban en cambio una antífrasis, designándolas como Euménides (Benévolas). Según la tradición, el nombre de Euménides habría nacido justamente tras la absolución de Orestes por el tribunal ateniense, dando cuenta así del lado bueno de las Erinias.

En otras palabras, la primera obra de teatro que conoció la humanidad discute si es posible mutar la venganza individual en ley de la polis. Si la persecución y el crimen pueden llegar a su fin, si la absolución de la justicia resulta posible. Si tribunal y sentencia mediante, las Erinias pueden devenir Euménides.



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Película:Ladrones de bicicletas

Titulo Original:Ladrones de bicicletas

Director: Vittorio De Sica

Año: 1948

Pais: Italia