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¿Es la adicción un síntoma? Una lectura posible a partir del film Beautiful Boy

por Guarnerio, Faustina, Paragis, María Paula

Resumen:

El consumo problemático de sustancias es considerado un problema de salud a nivel global. Frente a esta situación, se tiende a generalizar bajo el término “adicto” a todas las personas que presentan problemas con las toxicomanías. Sin embargo, esta mirada resulta estigmatizante para los sujetos debido a que el foco se ubica en los tipos de drogas que consumen y los signos y síntomas que presentan, dejando por fuera la subjetividad de las personas y los vínculos que establecen con el objeto-droga.

Es a partir del análisis del film Beautifull Boy, desde una mirada psicoanalítica que proponemos una lectura singular del caso para pensar en el estatuto que adquiere el síntoma para ese sujeto. Retomamos los aportes hechos por Lacan (1975) hacia el final de su enseñanza, respecto del síntoma como síntoma-letra, aquel que se encuentra ligado a la cara más real del síntoma en el cual el significante Uno no hace cadena con otro significante y por lo tanto carece de sentido y delata su lado más tóxico.

Palabras Clave: Adicciones | Estigmatización | Síntoma | Psicoanálisis

Is Addiction a Symptom? A Possible Reading from the Film Beautiful Boy

Abstract:

Problematic substance use is considered a global health problem. There is a tendency to generalize the term "addict" to all people who have problems with drug addiction. However, this perspective is stigmatizing for the users because the focus is on the types of drugs they consume and the signs and symptoms they present, leaving out the subjectivity of the people and the relationship they establish with the object-drug.

It is from the analysis of the film Beautiful Boy, from a psychoanalytic perspective, that we propose a singular reading of the case to think about the status that the symptom acquires for this person. We return to the contributions made by Lacan (1975) towards the end of his teaching, regarding the symptom as symptom-letter, that is linked to the most real face of the symptom in which the signifier One does not make chain with another signifier. Therefore, it makes no sense and reveals its most toxic side.

Keywords: Addiction | Stigmatization | Symptom | Psychoanalysis

Introducción

El Informe Mundial sobre las Drogas 2022 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés), publicado el 27 de junio de 2022, indica que a nivel mundial 284 millones de personas de entre 15 y 64 años consumió alguna droga durante el 2020. Dicha cifra implica un aumento del 26% con respecto al 2010. Entendemos que se trata de una presentación clínica de gran prevalencia en la actualidad, la cual ha suscitado numerosas reflexiones no sólo en el campo del Psicoanálisis, sino desde disciplinas tales como Psicología, Medicina, Salud Pública, Sociología, Derecho, entre otras.

En la actualidad la Organización Mundial de la Salud define a la adicción como el consumo repetido de una o varias sustancias psicoactivas, hasta el punto de que el consumidor [...] se intoxica periódicamente o de forma continua, muestra un deseo compulsivo de consumir la sustancia preferida, tiene una enorme dificultad para interrumpir voluntariamente o modificar el consumo de la sustancia y se muestra decidido a obtener sustancias psicoactivas por cualquier medio (1994, p. 13).

Sin desconocer dicha definición, en el presente escrito proponemos apartarnos de cierta intención generalizante que prima en la actualidad, que agrupa e identifica al denominado “adicto” en el conjunto social, para aportar aquí algunas líneas de pensamiento con respecto a la lectura que hacemos como psicoanalistas sobre esta presentación clínica. Partimos de la idea que no es posible generalizar bajo el término “adicto” a los sujetos que presentan un consumo problemático de tóxicos ya que la relación que cada persona establezca con el objeto droga dependerá de la posición singular de cada quien.

A continuación presentamos un análisis del film Beautiful Boy, película que desarrolla en su trama la historia de Nic y su consumo de drogas. Esta película estadounidense fue lanzada en el año 2018 y es una producción del cineasta Felix Van Groeningen, en la cual relata la historia real de Nic y David Sheff.

Nic y David son hijo y padre respectivamente y han escrito cada uno un libro en donde narran el periodo en el que Nic ha transitado un consumo problemático de sustancias. La trama del film está basada en dichos relatos y en la vivencia subjetiva de cada uno en relación con ese momento de sus vidas. Beautiful Boy es protagonizada por Thimotée Chamalet y Steve Carell en los papeles de Nic y David Sheff respectivamente.

En cuanto a las representaciones de los protagonistas podemos observar cómo David, el padre, ocupa un lugar más activo dentro de la historia, intentando por todos los medios disponibles para él comprender a su hijo con el fin de ayudarlo a salir del consumo de sustancias. Mientras que en Nic se observa un papel más pasivo frente a la problemática que atravesaba.

Nic es un adolescente, vive con su padre y la nueva familia de éste, compuesta por su actual esposa y dos hijos pequeños. La madre de Nic vive en otra ciudad. Sus padres están divorciados desde que él era pequeño. Durante su infancia y parte de su adolescencia ha vivido con su padre pero siempre ha mantenido vínculo con su mamá, yendo en épocas de verano a visitarla. A lo largo de su infancia ha tenido un vínculo fuerte con su padre, David, quien además de ocuparse de cubrir las necesidades básicas y afectivas que alguien necesita para su desarrollo, dedicaba tiempo para compartir momentos de disfrute y de diálogo con su hijo. Sin embargo, con el correr de los años y la entrada de Nic en la adolescencia, el vínculo parece debilitarse y padre e hijo comienzan a dejar de compartir tantos momentos juntos.

La historia transcurre en el momento en el que el joven finaliza sus estudios secundarios y está pensando a qué universidad ir con el fin de estudiar Literatura. En ese momento Nic transita un consumo problemático de sustancias, lo cual afecta su vida personal y social. Suele ausentarse de su casa, vender sus cosas y las de su familia, no mantiene vínculos con pares ni tampoco con su entorno familiar.

Por su parte, el padre juega un rol principal en el film, ya que al descubrir que su hijo presenta una adicción intenta por diferentes medios ayudarlo. A lo largo de la historia se observan momentos de angustia que lo llevan a buscarlo por las noches, consultar con especialistas en el tema, probar él mismo las drogas, revisar la habitación de su hijo y, sobre todo, rememorar el pasado intentando comprender qué le sucede a Nic.

Partiendo de la premisa de que la sustancia en sí misma no es lo central en la clínica con toxicomanías, sino la relación de cada sujeto con dicha sustancia y el efecto subjetivo que conlleva la práctica de consumo para cada quien, intentaremos precisar cuál es la función del tóxico para Nic e interrogar si puede entenderse la adicción como un síntoma en este caso. De ello deriva, a su vez, la pretensión de romper con la idea que se presenta en el discurso social con respecto al adicto en tanto conjunto homogéneo, poniendo de relieve la singularidad de quien consume.

Algunos antecedentes para pensar el estatuto de la adicción

En primer lugar, cabe señalar que la relación del ser humano con las drogas es milenaria y mucho más amplia que aquello que conocemos como adicción. Es posible ubicar que la toxicomanía y el alcoholismo como tales no tienen más de doscientos años de antigüedad. Asimismo, la droga ha tenido diversos usos a lo largo de la historia:

En la Antigüedad, diversas religiones utilizaban el cáñamo (hoy conocido como marihuana) fundamentalmente para acompañar la meditación. En la cultura grecorromana, se utilizaba el término Pharmakon para referirse a la droga, con una doble acepción: remedio y veneno, por lo que se planteaba si el problema se encontraba del lado del sujeto o del lado de la sustancia en sí misma. Posteriormente, en la época del liberalismo las drogas comienzan a tener un lugar fundamental en ciertas ideologías como el movimiento hippie, que sostenía la creencia de que consumiendo ciertas drogas se podía acceder más fácilmente al inconsciente. Finalmente, la aparición de la toxicomanía propiamente dicha se instala en el contexto de la guerra civil de Estados Unidos, entre 1860 y 1865, que es cuando se comienza a utilizar de manera sistemática la morfina para calmar los dolores de los heridos. Al terminar la guerra se evidencia la adicción a esta sustancia, por lo que se descubre entonces el fenómeno de abstinencia, lo cual sanciona la entrada de la cuestión del consumo de drogas al campo médico (Escohotado, 1998).

La adicción ha sido un tema importante en psicoanálisis prácticamente desde sus comienzos. Ya en 1908, Abraham publicó La Relación Psicológica entre la Sexualidad y el Alcoholismo, en donde indicaba un número de posibles dinámicas; y a mediados de los años 60 la literatura psicoanalítica temprana sobre el tema fue compilada por Rosenfeld (1965). Sin embargo, hallamos un antecedente fundamental en la propia obra de Freud ya que en los años previos al desarrollo de la teoría psicoanalítica, el autor se dedicó al estudio de la cocaína, en tanto la consideró (inicialmente) un instrumento terapéutico que podría contribuir a la cura de afecciones psíquicas (Escohotado, 1998; Le Poulichet, 1990; Rojas-Jara, 2018). Los artículos publicados en base a estos desarrollos colocan a Freud entre los fundadores de la psicofarmacología, puesto que perseguía la búsqueda de drogas capaces de modificar el pensamiento y comportamiento normales, así como también formas de aliviar las enfermedades mentales por medio de ellas (Byck, 1980).

Es de nuestro interés poner de relieve que la investigación que Freud llevó adelante ofrece antecedentes de suma importancia en lo que refiere al campo de las adicciones: Por un lado, describe un proceder en el estudio de las drogas y sus efectos, y por otro, subraya la utilidad no solo sobre sus efectos físicos sino también sobre el malestar psíquico. “Que un dolor psíquico pueda experimentar una cancelación tóxica es, entonces, ‘una intuición de Freud desde 1884, cuando puso en evidencia la acción de la cocaína sobre las afecciones dolorosas’ (Le Poulichet, 2012, p. 63)” (Rojas-Jara, 2018, p. 4). De este modo, podemos rastrear el inicio de la dirección que tomará en su obra al referirse a la función de las sustancias tóxicas como una vía para evitar el dolor.

Esta cancelación, sin embargo, no se trata de una solución con respecto al origen o causa inicial del dolor, sino de una acción sobre el dolor como síntoma buscando suprimirle temporalmente. El objeto/droga en este caso aparecerá como una defensa, medianamente efectiva, que pretende interferir la expansión de la angustia a través de una barrera química. (Rojas-Jara, 2018, p. 5).

Más tardíamente en su obra, en El malestar en la cultura, Freud (1930) indica que la cultura es inseparable respecto de un malestar que le es inherente. El mismo no es una contingencia de un momento dado ni una coyuntura especial, sino que se trata de un dato estructural. Para intentar paliar dicho malestar el sujeto puede recurrir a diversas estrategias: el amor, la religión, el delirio, la sublimación y el uso de narcóticos. Es decir que Freud “da a los narcóticos un valor de remedio frente a la enfermedad de la existencia humana” (Naparstek, 2008, p. 22).

Habla de tres tipos de “muletas” –así llama a las distintas formas de enfrentarse al dolor–: “distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; sustancias embriagadoras que nos vuelven insensibles a ella” (Freud, 1930, p. 75). Cada una de dichas estrategias tiene aspectos a favor y aspectos en contra, pues traen aparejado un peligro, ya que cada manera de enfrentar el malestar conlleva una forma de acercar al sujeto al malestar mismo. En el caso de las drogas, señala que la característica principal de los narcóticos es que influyen sobre el quimismo y afirma lo siguiente:

No solo se les debe el placer inmediato, sino también una muy anhelada medida de independencia frente al mundo exterior. Los hombres saben que con ese ‘quitapenas’ siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad. También se sabe que es precisamente esta cualidad de los estupefacientes la que entraña su peligro y su nocividad. (Freud, 1930, p. 78).

De este modo ubica la cuestión en términos de la economía libidinal, situando el beneficio del efecto químico en términos de la independencia del mundo exterior, pero a la vez advierte que aquello que en un primer momento funciona como paliativo puede volverse su contrario. Queda claro, entonces, que la respuesta al malestar “es una solución que no elimina el malestar mismo y a la vez […] hasta puede generarlo” (Naparstek, 2008, p. 24).

Al realizar una lectura sobre la revisión literaria hecha por Blanco Gonzalez (2015) ubicamos que si bien Lacan no ha confeccionado una teoría de las toxicomanías, ha referenciado en diferentes textos cuestiones que atañen a la problemática.

Encontramos en el texto La Familia de 1938 una primera mención. En él, Lacan plantea que existe una relación entre las toxicomanías y el complejo de destete. Explica la relación en términos mecanicistas, debido a que a esta altura de su obra no cuenta con los conceptos de significante y castración simbólica. Según el autor, el destete produce un trauma psíquico en el sujeto ya que la separación del pecho materno se produce por exigencias culturales y no por la vía del instinto, tal como ocurre en los demás animales. El trauma, a su vez, produce efectos nocivos en la persona y uno de ellos puede ser la dependencia a los tóxicos.

En 1946, en el escrito Acerca de la causalidad psíquica Lacan menciona la intoxicación como una tentativa de resolución de la “discordancia primordial entre el Yo y el ser” (Lacan, 1946, p. 184), la cual toma valor paradigmático por ser la única que propone como ejemplo. Lo que está en juego en esta proposición es el espejismo que el narcisismo hace nacer en el hombre: el de representarse como “uno”. Una unidad indivisible que, lograda efectivamente por un medio cualquiera, puede llegar a poner en juego la existencia misma, de ahí la “tendencia suicida” que habita en el narcisismo. Es así que la intoxicación encuentra su lugar en el interior del narcisismo y, por esta vía, se vislumbra en el horizonte del sujeto la esperanza de reducir a cero esa profunda división. Lo que el sujeto pretende es anular los efectos del Otro, ya que es del Otro de quien recibe la palabra. “Se trata de una posición extrema de discordancia entre el yo y el ser: el yo se comporta como realización de la unidad narcisista, el sujeto encuentra su medida en sí mismo” (Freda, 2016, p. 22). En este sentido, el narcisismo es la forma más perfecta que tiene un sujeto para hacer de su cuerpo un “otro”, para reemplazar el cuerpo sexual del otro por la imagen de su propio cuerpo. Se trata aquí de elevar el propio cuerpo a la categoría de ideal de existencia; de realizar el sueño de reencontrar en la superficie corporal el fundamento mismo del ser.

De este comentario destacamos la oposición entre la concepción corriente de la intoxicación, cuyo acento está puesto en las circunstancias exteriores que determinan ese estado, y la concepción lacaniana, en la que la intencionalidad del sujeto es puesta en primer plano. De este modo, se verificaría la primacía del sujeto del goce por sobre el sujeto como producto de la articulación significante, erigiendo el narcisismo a la posición de causa del sujeto (Freda, 2016).

La autora encontró otras referencias más a lo largo de la obra de Lacan. En 1960, Lacan menciona que la renegación de la realidad juega un rol importante en la problemática de las adicciones, y que éstas no están ubicadas en la dialéctica simbólica, sino más bien que su uso se restringe a lo personal y lo ubica en la idea de un deseo sin Otro.

En Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Lacan (1960) escribe acerca de la experiencia del uso de tóxicos y plantea que de ninguna manera el tóxico es un recurso para acceder al inconsciente, sino más bien un recurso para soportar la realidad, con esta idea se sitúa en la línea de lo que plantea Freud (1930) en el Malestar en la cultura. Es interesante señalar que el comentario de Lacan se centra en la experiencia alucinógena en cuanto técnica psicoterapéutica. En los llamados estados de conocimiento que Lacan menciona encontramos que se trata de sujetos enfermos de división que no hacen síntoma y cuya preocupación principal es la realización de la totalidad, de la unidad en cuanto paradigma del ser. En este sentido, el propósito de las tentativas terapéuticas del uso de alucinógenos era el de descubrir los mecanismos de la interioridad, cuya intención manifiesta era borrar el corte entre consciente e inconsciente, eliminar por medio de un producto las defensas que impiden el acceso a ese lugar considerado como punto de origen, donde se esconderían los secretos de las manifestaciones somáticas de un enfermo. Lacan destaca que la noción de sujeto fue subvertida por el psicoanálisis, subversión que debe ser situada en el campo del saber, dado que el sujeto del psicoanálisis toma distancia de la noción de unidad propuesta por la psicología. El efecto alucinógeno se reconsideraría, entonces, a partir de ponderar las diferencias entre el saber producido por los estados de conocimiento y el saber producido por la experiencia analítica.

Por otro lado, en Psicoanálisis y medicina (1966), Lacan hace referencia a los productos tóxicos. Allí plantea que el cuerpo es algo que está hecho para gozar, gozar de sí mismo. Ubica que la ciencia también está produciendo efectos en la dimensión de goce, los cuales se materializan bajo la forma de diversos productos que van desde los tranquilizantes hasta los alucinógenos, lo cual complica el problema de lo que se ha calificado, según él, de modo puramente policial como toxicomanía. El autor se pregunta cuál será la posición del médico para definir estos efectos, en tanto habría que precisar, desde el punto de vista del goce, qué es un uso ordenado de lo que se llama tóxicos y qué puede tener ello de reprensible. Lacan explicita que lo que se encuentra en el horizonte es la dimensión ética, la cual se extiende en la dirección del goce. El punto central de su intervención es la articulación entre la demanda y el deseo en la relación médico-enfermo, con las incidencias del desarrollo de la ciencia. De lo mencionado aquí por Lacan se desprende que, si el cuerpo es aquello que permite gozar de sí mismo, el goce del consumidor de productos se presenta al mundo bajo la fórmula de la exclusión del partenaire sexual. Se trata de un goce sin sexo, lo cual lo convierte en incalificable, siendo el verdadero partenaire un producto (Freda, 2016).

Finalmente, la referencia de Lacan más conocida sobre esta temática fue pronunciada en la Sesión de clausura de las Jornadas de los cárteles en la Escuela Freudiana de París (1975), dado que brinda una definición precisa sobre lo que se entiende por droga: “Es lo que permite romper el casamiento con la cosita de hacer pipí” (Lacan, 1975, p. 50). Asimismo, puntualiza que todo aquello que permite escapar a ese casamiento es bien recibido, de donde resulta el éxito de la droga. Esta es la única definición de la droga en la obra de Lacan y “se encuentra tomada entre tres conceptos: nominación, castración y goce constituyen una indicación precisa que permite orientar y delimitar la noción de droga” (Freda, 2016, p. 50). La droga tiene la función de producir una ruptura con el goce fálico, lo cual es también una función atribuida en el texto a la castración, “en la medida en que la castración se opera, en que hay menos falo…” (Lacan, 1975, p. 51). Si seguimos la línea indicada por el texto, la droga tiene una doble función: de agente de la castración y de efecto de nominación. Si bien pueden realizarse mayores precisiones con respecto a dicha definición y sus implicancias, aquí pondremos de relieve dos cuestiones de suma importancia que se desprenden de ella: El acento está puesto en la función de la droga y no sobre la definición del toxicómano; y no se trata de la naturaleza química de la droga ni de los efectos posibles que ella puede producir sobre el organismo.

Genealogía del concepto de síntoma para pensar la adicción

A los fines de poder circunscribir la función del tóxico para Nic, comenzaremos por precisar algunas declinaciones del concepto de síntoma desde la perspectiva del psicoanálisis lacaniano. En primera instancia, nos interesa señalar que en la actualidad suele decirse que, así como asistimos a la caída de los ideales, también existe una pérdida del sentido de los síntomas. “Los síntomas de la época tienen este aspecto de síntomas actuales, de falta de mecanismo psíquico, falta de sentido y se presentan directamente con su cara tóxica” (Naparstek, 2010, p. 26). ¿Qué significa esto?

Siguiendo los desarrollos de Naparstek (2010), llamamos verdadero toxicómano a alguien que rompe absolutamente con el Otro y que posee una certeza de goce respecto de la sustancia: sabe que aquello otorga un goce y no hay pregunta al respecto. El toxicómano prescinde del Otro ya que busca una operación que no pasa por lo simbólico. Es una respuesta a lo real por la vía de lo real (el tóxico). De este modo, prescinde del sexo y encuentra una respuesta libidinal diferente, por lo cual puede aislarse totalmente del Otro social, volviéndose una práctica de carácter autoerótico y unitario.

Como mencionamos previamente, en la Clausura de las jornadas de carteles de la EF.P. (1975) Lacan lo dice en estos términos: “la droga es lo que permite romper el casamiento del cuerpo con el pequeño hace-pipí”. Se entiende a partir de la misma que existiría una previa inscripción del falo (“pequeño hace-pipí”), es decir, que el pene responda al significante, deviniendo propiamente falo. Para que tal cosa ocurra es necesario que se dé una relación entre el órgano y la palabra, que es lo que Lacan llamó “hacer de un órgano un instrumento”, lo cual implica que el pene real –la pulsión más elemental puede comenzar a ser manejada (aunque nunca completamente, por supuesto) a partir de instrumentarlo como falo. Entonces, “por un lado hay una equiparación entre pene real y la pulsión. Por el otro, se muestra que el falo cumple la función de intentar atrapar esa pulsión más elemental” (Naparstek, 2008, p. 43). En toda esta cuestión, Lacan se refiere fundamentalmente a la función del padre (la ley y la castración) que permite poner un orden, sea simbólico o imaginario en lo real del cuerpo –organismo pulsional o goce real-. De allí, dentro del campo fálico, se desprenden diferentes modalidades de satisfacción:

1) Por la vía del onanismo como soldadura, que implica un goce autoerótico anudado al falo y que tiene la característica de estar “estancado”. 2) El síntoma o el amor que implica el desplazamiento y el juego significante, o sea, las ecuaciones fálicas que darían la posibilidad de un análisis. A su vez, esto conlleva la puesta en función del falo. Vale la pena que distingamos la inscripción del falo de su puesta en función, en el sentido de hacer uso de algo de lo que uno dispone. [...] Si está inscripto, el sujeto en un segundo tiempo puede hacer uso o no de ese falo. (Naparstek, 2008, p. 48)

Retomando lo dicho anteriormente, lo que está en juego allí es una satisfacción que no se encuentra anudada al falo, que es lo que Lacan llama goce real –a la cual Freud llama puro autoerotismo-. Es por ello que el desencadenamiento de la toxicomanía implica una pérdida de toda medida, con el consecuente exceso que resulta tan característico de las adicciones, en tanto la droga es lo que permite romper con la regulación fálica. Asimismo, la toxicomanía está muy cerca de lo que Lacan llamaba la operación salvaje del síntoma, ya que va contramano de la vertiente simbólica del síntoma como mensaje. Es el síntoma que no pide nada, que es fijación de goce. Y algo de esa opacidad, que es la opacidad del goce respecto del sentido, es lo que encontramos allí como límite (Tarrab, 2000).

Puntualizaremos, entonces, los desarrollos de Lacan sobre el concepto de síntoma. En los inicios de su enseñanza, Lacan postula un retorno a Freud a partir de la consideración del inconsciente estructurado como un lenguaje, lo cual implica también una formulación en esta línea de lo que se entiende por síntoma. En su Discurso de Roma lo explicita en estos términos: “El síntoma es aquí el significante de un significado reprimido de la conciencia del sujeto” (Lacan, 1953, p. 270). Siendo entonces el síntoma una palabra, de la cual dirá que es plena, en tanto formación del inconsciente y mensaje dirigido al Otro.

Años más tarde, reformula dicha definición al concebir la operación del síntoma como propiamente metafórica: un significante que sustituye a otro, abandonando así la idea del síntoma como significante de un significado reprimido (Lacan, 1957). Destaca, pues, la dimensión simbólica (o simbólico-imaginaria) del síntoma.

Posteriormente, ya a la altura del Seminario X, el síntoma ya no es concebido como un mensaje dirigido al Otro, sino que al suponer un goce que se basta a sí mismo, apunta más allá del principio de placer. Dicha cara de goce refractaria al Otro se considera la parte esencial de la naturaleza del síntoma, “lo que no implica que a esa naturalidad no pueda sobreagregarse el artificio que el psicoanálisis promueve para volverlo interpretable… desnaturalizándolo: la transferencia” (Schejtman, 2013, p. 39). La puesta en forma del síntoma mediante el dispositivo analítico es lo que permitiría su interpretación, al comenzar a dirigirse al Otro.

A partir de aquí, Lacan comienza a poner de relieve los efectos de goce que el síntoma comporta, entendiendo que el goce se ubica en lugar del goce imposible de la relación que no hay. Por ello, cuando se vale de la topología y la escritura nodal para pensar estas cuestiones ubica al síntoma entre simbólico y real -ya no en la intersección de simbólico e imaginario, relativa al síntoma-metáfora, del cual se desprendían los efectos de sentido-. Entonces, se introduce la concepción del síntoma-letra, entendido como “lo que viene de lo real” (Lacan, 1974, p. 84). Dicha noción se opone al adormecimiento de la copulación significante (Schejtman, 2013), puesto que se trata de “lo que anda mal, lo que se pone en cruz ante la carreta, más aun, lo que no deja nunca de repetirse para estorbar ese andar” (Schejtman, 2013, p. 81).

En el Seminario XXII Lacan (1974-1975) conceptualiza al síntoma-letra como aquel significante Uno, al que también denomina letra, que no hace cadena con un S2, es decir se sitúa por fuera de la cadena significante. Lacan ubica que el síntoma ya no es tomado como mensaje, sino como letra, como resto de goce, allí donde ya no hay más sustitución, ni sentido. El síntoma ya no se ubica en la última fase de su obra entre simbólico e imaginario, destacando su cara metafórica y sus efectos de sentido, sino entre simbólico y real, lo cual habilita concebirlo a partir de la fijación de goce en la letra (Schejtman, 2013). Lacan se refiere a la función del síntoma en tanto función matemática:

f(x), en la cual la x es aquello que del inconsciente puede traducirse por una letra en tanto que solamente en la letra la identidad de sí a sí está aislada de toda cualidad. Del inconsciente, todo Uno en tanto que sustenta el significante en lo cual el inconsciente consiste, todo Uno es susceptible de escribirse por una letra. (Lacan, 1974-1975, clase 21-1-75).

Esta nueva versión del síntoma en Lacan, síntoma-letra, viene a resaltar la distancia que se impone entre la noción de significante –que clásicamente representa a un sujeto para otro significante– y lo que se denomina letra, en la que la identidad de sí está aislada de toda cualidad. Se trata de Unos sueltos que no hacen cadena y no quieren decir nada, puros significantes que se repiten en lo real. La letra del síntoma, entonces, es la escritura salvaje de ese Uno solo, extraído y arrancado traumáticamente (Schejtman, 2013). Por ello, “el síntoma deviene sede de una fijación [...] de un goce que es producto del trastorno que lalengua introduce traumáticamente en la economía corporal. [...] el síntoma es “un suceso [acontecimiento] de cuerpo” (Lacan, 1975b, p. 13).

A raíz de esta nueva conceptualización se produce un quiebre en lo que hasta entonces era la noción de inconsciente, puesto que la fijación de goce causa la repetición, haciendo que el síntoma se distinga de la serie de las formaciones del inconsciente: el sueño, el lapsus, el acto fallido, el chiste, se caracterizan por su fugacidad; no suponen la fijeza, permanencia y repetición que caracteriza al síntoma (Schejtman, 2013). Cabe destacar que el trabajo interpretativo del inconsciente es aquello que fuerza a la letra de goce del síntoma a convertirse en metáfora. Ello permite que eventualmente el síntoma se transforme en algo en lo que allí se cree (Schejtman, 2013), favoreciendo el vínculo transferencial. Es decir que las dos vertientes del síntoma no resultan excluyentes, sino que ambas se revelan en el abordaje diacrónico del tratamiento.

¿Es la adicción un síntoma? Una lectura posible a partir del film Beautiful Boy

Lo interesante del film es que la narrativa está centrada en contar cuál es el recorrido que hace el padre en la búsqueda de saber qué le sucede a su hijo y encontrar la mejor forma posible para ayudarlo, mientras que el papel de Nic dentro de la narrativa pasaría a estar en un segundo plano. A lo largo de la película observamos que es David quien tiene a cargo el papel de contar la historia, buscarle un sentido y una explicación al padecer de Nic. De hecho, se recurre con frecuencia al recurso cinematográfico del flashback para mostrar sus recuerdos del pasado, en relación con las cavilaciones sobre la problemática de su hijo. Es él quien tiene un papel activo dentro de la trama. Este detalle en el modo de contar la historia es congruente con lo que plantea Lombardi (2014) cuando se pregunta dónde se encuentra el sujeto en los síntomas actuales y se responde que el sujeto está en los otros, en la angustia y la preocupación de su entorno.

Desde el lugar del joven, se observa que su papel dentro del film está centrado en mostrar su consumo. Se observan escenas largas de Nic drogándose, en las que se encuentra solo, yendo a lugares sin rumbo. Es notable también que son pocas las líneas de diálogo que tiene dentro de la película. Es el padre a quien se lo observa recordando, buscando información y compartiendo con otros su padecer, mientras que Nic recorre a través del film momentos de mucho silencio y soledad. Estos aspectos de la trama enfatizan una concepción vastamente extendida sobre la adicción: el efecto perjudicial del consumo de sustancias para la sociedad y para la persona (Organización Mundial de la Salud, 1994). De hecho, el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM), en su quinta edición establece la denominación “Trastornos relacionados con sustancias y adictivos” (American Psychiatric Association, 2013), entre los cuales se menciona el uso peligroso de sustancias, problemas sociales o interpersonales relacionados con el consumo y el incumplimiento de los principales roles sociales, ya sea en el ámbito laboral o familiar. El hecho de que en el campo de la salud se conceptualice de este modo al consumo problemático de sustancias tiene implicancias en otras áreas, ya sea a nivel de las políticas públicas, la normativa jurídica y especialmente el imaginario social, dado que se suele considerar a la adicción como un flagelo social. Dicha representación se asocia a una visión pesimista que plantea la situación de consumo de drogas como algo ya instalado en la sociedad, como un hecho consumado y que poco o nada puede hacerse para modificarlo. Asimismo, también conlleva una posición estigmatizante del usuario, el cual es señalado como peligroso o delincuente, y como alguien que no aprecia su vida ni la de los otros (González Menéndez, 2013).

En el presente trabajo nos interesa correr la atención del objeto-sustancia para situar una lectura del film que problematice las implicancias subjetivas del consumo para Nic, despojando las miradas estigmatizantes y discriminatorias para pensar en el estatuto del síntoma en la problemática del joven, propiciando una lectura del caso singular, sin la intención de generalizar bajo el concepto de “adicto” a las personas que consumen tóxicos (Paragis y Cambra Badii, 2016).

Lo que muestra el personaje de Nic en la película respecto del consumo de metanfetaminas es la imposibilidad de acotar el consumo, la falta de sentido por aquello que le pasa y la falta de recursos que lo anudan con lo social muestran lo que Naparstek (2008) ubica en términos de que la adicción sustituye un puro autoerotismo, donde además no hay mediación simbólica. Ello se evidencia en el malestar que se produce en Nic en los momentos en los cuales no puede consumir, lo cual daría cuenta de no poder satisfacer la pulsión. Además de la falla en la simbolización representada por la falta de sentido en el joven respecto de su posición frente al consumo.

A lo largo del film observamos que Nic consume de manera compulsiva y no aparece un límite interno que pueda acotar esa compulsión. Los detenimientos que se producen son a partir de que el cuerpo llega a un estado de sobredosis y requiere ser hospitalizado. Por otro lado, observamos que el joven rompe el vínculo con los integrantes de su familia y tampoco logra armar lazos sociales por fuera del entorno familiar, ya sea con un grupo de amigos o compañeros de trabajo o de estudio. De hecho, Nic no realiza ninguna actividad que lo ligue al encuentro con los otros. En el film se observan periodos de consumo muy fuertes, intentos de corte del consumo y recaídas, llevando a Nic a un periplo de internaciones, momentos de violencia y de soledad. A continuación, centraremos la atención en pensar qué estatuto puede tener el síntoma para este sujeto en particular.

En primer lugar, los efectos de las drogas en Nic se pueden relacionar con los aportes de Naparstek (2010) acerca de cómo los síntomas actuales presentan la cara más tóxica del síntoma, debido a que responden a términos más pulsionales en donde no hay tramitación vía el significante. Dicha ligazón a lo pulsional conlleva la cualidad de devenir algo compulsivo, de remitir siempre a lo mismo. Podemos observar en el film que el consumo de Nic estaría más ligado a esta cara del síntoma en el cual el sujeto no logra tramitar por la vía de la palabra aquello que le sucede y además aparece nítidamente la compulsión de repetición. En casi todos los momentos que el joven aparece en el centro de la escena, observamos que se encuentra consumiendo sin parar y, sobre todo, está en soledad. Son muy pocas las escenas en las cuales Nic está con otros, por ejemplo con sus hermanos menores, que suelen preguntar en varias ocasiones por él o compartiendo algún momento con sus familiares. De hecho, esas pocas escenas se dan luego de que Nic ha regresado a su hogar por algunos días. Sin embargo, son breves los momentos que puede sostener sin escapar nuevamente del hogar.

En esta compulsión a consumir podríamos ubicar una fusión entre sujeto-droga, en la cual el sujeto queda anulado sin que haya una mediación de la palabra (Unzueta y Zubieta, 2010). La película pareciera narrar la historia de Nic desde esa perspectiva, dejando al descubierto cierta “pasivización” de la persona adicta, totalmente alienada a la sustancia.

En relación con el lazo social, son muy pocas las escenas en las cuales Nic mantiene un vínculo con los otros o tiene encuentros sociales. Entre ellas resaltamos una en la que luego de realizar un tratamiento en Narcóticos Anónimos, ingresa a la facultad con el fin de estudiar Literatura. En su pasaje por la facultad conoce a una chica con la cual inicia un romance. Sin embargo, debido a que ambos comienzan a consumir juntos, el vínculo dura un breve tiempo y luego se disuelve.

Tomando los aportes de Carmona (1995) acerca de las adicciones, ubicamos que en la problemática del consumo el sujeto intenta generar la falsa ilusión de encontrar un objeto específico a su deseo. Algo que por estructura resulta imposible debido a que el deseo circula entre significantes y justamente se caracteriza por no tener un objeto específico. Asimismo, se vislumbra que el peligro que conlleva esta ilusión es reducir el deseo a una necesidad. Encontramos una escena en la película en la cual Nic, en una conversación con su padre en la que se encuentra muy angustiado, le comenta acerca de la incapacidad de poder poner un límite al consumo y de lo necesaria que se ha vuelto la droga para su vida.

A partir de lo expuesto, la función que tiene la droga para Nic puede pensarse a partir del concepto de síntoma-letra (Lacan, 1975). Aquí el síntoma se configura como ese significante Uno que no logra hacer cadena con un S2, el cual podría ser tomado como un mensaje. Al ubicar el significante Uno, el síntoma se constituye como letra, resto de goce donde no hay más sustitución ni sentido. Como hemos señalado, se produce un avance de lo real por sobre lo simbólico (Lacan, 1975).

El modo en el que es representado el consumo de Nic dentro de la trama del film es factible de ser leído bajo las coordenadas del síntoma-letra, allí donde él no puede poner en palabras aquello que le sucede y el consumo es vivenciado como una compulsión de repetición, donde además ubicamos ese resto de goce que no remite a la significación y se encuentra falto de sentido.

A lo largo del film observamos que quien toma el papel de preguntarse sobre el consumo de Nic es su padre. Es él quien se pregunta sobre aquello que le sucede al joven, mientras que en este último no se interroga sobre su padecimiento, sino que el síntoma, en tanto fijación de goce produce la repetición e invade desde lo real (Schejtman, 2014).

Hacia el final de la película vemos que el joven se interna en una comunidad terapéutica para realizar tratamiento para dejar de consumir. Si bien en el film Nic no ingresa a un dispositivo psicoanalítico, si pensáramos en una intervención posible, el desafío implicaría poder producir una operación que permita que el síntoma se constituya como tal para el sujeto (Mozzi et. al. 2014).

En su seminario, Lacan se dedica a pensar la relación entre el goce opaco del síntoma y la operación analítica. Se ve llevado a precisar la diferencia entre la “sutura” freudiana, que produce la significación inconsciente, y el “empalme” lacaniano, que define como lo que caracteriza nuestra operación. La operación freudiana obtiene del desciframiento la clave del síntoma, “pero fracasa en conmover estos nuevos síntomas de la época que rechazan el inconsciente y prescinden del Otro” (Tarrab, 2000, p. 98). La operación que Lacan propone es de otra índole: no hay desciframiento sino que se trata de cifrar el goce opaco de las prácticas que llamamos nuevos síntomas, lo cual consiste en “producir un corte en su funcionamiento, para que lo que se realiza como goce se enrede en esas pocas hilachas de goce-sentido, que le dé a ese goce opaco una nueva orientación” (Tarrab, 2000, p. 99). Podríamos decir que se trata de orientar el goce hacia un sentido, que aparezca un S2. El propio Lacan lo postula en los siguientes términos:

Si pensamos que no hay Otro del Otro, por lo menos que no hay goce de este Otro del Otro, es preciso que en algún lado hagamos la sutura entre este simbólico que sólo se extiende aquí y este imaginario que está acá. Se trata de un empalme de lo imaginario con el saber inconsciente. Todo esto para obtener un sentido, lo que es objeto de la respuesta del analista a lo que el analizante expone a lo largo de su síntoma. (Lacan, 1975-1976, p. 70)

La apuesta de un analista en un caso como el de Nic radicaría, entonces, en operar sobre el síntoma-letra, en tanto signo considerado por su efecto de goce, para acercarnos al significante, el cual tiene efecto de sentido.

Algunas reflexiones finales

A lo largo de estas páginas hemos intentado precisar algunas líneas para pensar el estatuto que tiene el síntoma para este caso singular, preguntándonos si el consumo problemático que atraviesa Nic puede tomar el estatuto de síntoma-letra conceptualizado por Lacan (1975) en el último tramo de su obra.

Como hemos mencionado, los síntomas toman el ropaje de la época y se encuentran atravesados por los discursos epocales. El discurso del capitalismo empuja a los sujetos de la posmodernidad a gozar ilimitadamente de los objetos que el sistema produce, intentando generar un goce desenfrenado en el cual no hay mediación de la palabra.

Las drogas son parte de esos objetos a ser consumidos, pero además generan en el sujeto adicto la falsa idea de haber encontrado un deseo con objeto, ilusión que se traduce en necesidad de consumo y en la cual el sujeto no puede preguntarse ni encontrar sentido a aquello que le sucede.

El film analizado nos permite ubicar estas cuestiones en el modo en que es representado el personaje de Nic, quien se muestra como un joven enfermo que no puede parar de consumir y que se encuentra absolutamente pasivizado. Resulta un detalle sumamente relevante el hecho de que sea el padre quien narra la historia de su hijo. ¿Qué nos indica este modo de presentar la adicción en la pantalla?

Bien es sabido que en torno a la figura del adicto preexisten construcciones o representaciones sociales que se encuentran incorporadas en la sociedad en general y que, en muchos casos, hacen mella en los propios usuarios de drogas. Suele prevalecer la figura del toxicómano -concepto heredado de la Psiquiatría- como la representación clásica del adicto en el imaginario social: Se trata de aquel que se encuentra estragado por la droga y se ha convertido en un verdadero desecho social, comúnmente llamado «yonqui». Sin embargo, ello soslaya que el abanico de usos y funciones posibles que adquiere el tóxico es singular de cada quien, así como también lo son sus efectos. Nos interesa destacar que los medios masivos de comunicación legitiman los discursos médico y jurídico, al reducir el consumo a trastornos psicopatológicos o asimilar al usuario de drogas a la figura del delincuente, lo cual brinda potencia a la tendencia a considerar la adicción como flagelo social. Esta tendencia a la homogeneización de los casos no hace otra cosa que redoblar el efecto que la droga misma produce: se esconde la subjetividad del usuario, quedando avasallada su singularidad por la representación social de la sustancia.

Desde nuestra lectura, la problemática de consumo que atraviesa Nic puede ser tomada como un síntoma que responde a modos de satisfacción más ligados al autoerotismo, en los que se intenta saciar la exigencia pulsional. Dicho síntoma que no logra hacer cadena significante y se encuentra desprovisto de sentido. En tal sentido, el síntoma-letra (Lacan, 1975) invade desde lo real y no involucra tramitación vía lo simbólico. Por este motivo, uno de los desafíos de nuestra clínica será poder brindar las coordenadas para que el sujeto pueda encontrar un significante que permita al significante Uno comenzar a hacer cadena e insertarse dentro de la vía de lo simbólico.

Consideramos que frente a los nuevos síntomas que han proliferado en la actualidad, el aporte que puede hacerse desde el psicoanálisis es no hacer de esta clínica una clínica del consumo, como el empuje del discurso de la época lo propone. Existen diversas corrientes terapéuticas que hacen de reglamentación de la vida, del tiempo y del goce una respuesta al consumo. Desde nuestra lectura, este tipo de tratamiento es antianalítico, porque instala a los sujetos en categorías que los tornan inanalizables, al descargarlos de la responsabilidad por sus prácticas y sus goces.

No podemos dejar de mencionar la fórmula “no hay clínica sin ética” (Miller, 1989, p. 18) y ello en relación con lo que concierne al deseo del analista. Al preguntarle al analista “¿qué quieres obtener?” en el tratamiento de las toxicomanías, bien podría responderse que se tiene por objetivo que los sujetos encajen en el orden del mundo, siguiendo una lógica de un supuesto bienestar que subyace a los ideales comunes de la sociedad. Sin embargo, “el análisis se presenta, respecto de las normas sociales, con un cierto carácter asocial” (Miller, 1989, p. 18), justamente porque no opera allí del modo que impone la moral social o el ideal de salud.

Entendemos que, en un caso como el de Nic, vía la intervención del analista se puede propiciar el despliegue de las coordenadas significantes que marcan la vida del sujeto, permitiendo ir situando la función que cumple el tóxico en su subjetividad. Desde esta perspectiva, el acto analítico se opone a la lógica capitalista, ya que brega por devolver a los sujetos algo de su singularidad, de su verdad, ofertando un espacio de escucha y de puesta en valor de la palabra, en oposición a un contexto epocal que empuja hacia la masificación y homogeneización de los modos de gozar.

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