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De los ojos ciegos bien abiertos a un testimonio posible de lo innombrable

por Noailles, Gervasio, Piasek, Sebastián

De los ojos ciegos a un testimonio de lo innombrable

Las tramas de Trainspotting (largometraje de 1996 dirigido por Danny Boyle, y basado en la novela homónima de Irvine Welsh) y Rayuela (novela de Julio Cortázar publicada en 1963) nos sitúan al espectador y al lector frente a dos escenarios que, de modo general y en una primera instancia, se muestran muy distintos. Nos interesa centrarnos en dos fragmentos específicos de cada una de las obras [1]; dos fragmentos que sí muestran un claro punto en común. A partir de esta selección, un análisis de ambas escenas y especialmente del comportamiento de sus personajes, nos servirá de contexto para pensar el modo en que la sociedad argentina fue testigo del proceso que atravesaron las Madres de Plaza de Mayo al enterarse de la trágica muerte de sus hijas e hijos.

Hablamos entonces de dos escenas que en primera instancia presentan algunos puntos en común. Será en todo caso a pesar de estas semejanzas que creemos importante analizar, a partir de la posición de sus personajes, una gran diferencia entre ambos escenarios. Partiendo de una lectura lineal de cada relato intentaremos obtener, como nos enseñaran en la escuela primara, el mínimo común denominador -es decir, aquellos puntos en los que estas dos escenas de Trainspotting y Rayuela coinciden- para luego, desde una perspectiva clínica, analizar allí las diferencias que nos facilitan una posible problematización del sufrimiento vivido por las Madres de Plaza de Mayo.

En ambos casos se puede observar el retrato de un grupo de amigos. En ambos casos, también, la amistad se ve acompañada de competencias; celos; admiraciones. En ambos casos observamos una madre, y un hijo en el medio de una escena que pareciera no ser la ideal para un bebé: en Trainspotting, un grupo de amigos adictos a la heroína arrastra días enteros de consumo sin interrupción, encerrados en un departamento sucio y desordenado. La escena comienza con los gritos desesperados de Allison, la madre de un niño de pocos meses de vida que, desde el inicio de la película, ya podemos ver entreverado en situaciones poco comunes para un niño de su edad: mientras su madre y sus amigos consumen heroína y dejan las jeringas usadas en el piso, el bebé gatea por la casa sin encontrar oposición –ni que hablar de un atisbo de cuidado- por parte de ninguno de los allí presentes. En el capítulo 28 de Rayuela, por otro lado, Cortázar se las ingenia para sumergir al lector en un ambiente por momentos tan frío como el de Trainspotting. Lo hace a través de un París helado y lluvioso que se cuela en el cuerpo de los personajes, pero también a través de la oscuridad que inunda la habitación, oscuridad forzada por una madre que pretende no despertar a su bebé -quien casualmente ya ha fallecido, esto lo sabemos desde el principio del capítulo-. Como si esto no bastara para generar en el lector un ambiente gris, los personajes fuman tabaco cerca de la cuna de Rocamadour, y discuten a altas horas de la madrugada sobre cuestiones filosóficas acerca de la realidad, el presente y la existencia del hombre.

En las dos escenas que nos interesa analizar fallece un bebé. En las dos escenas el niño es encontrado muerto en su cuna. En las dos escenas la madre se encuentra, como ya dijimos, rodeada de amigos. Ahora bien, mientras que Trainspotting relata la historia de un grupo de amigos cuyo punto de encuentro no parece ser otro que el consumo de heroína, Rayuela nos enfrenta en cambio con un estilo ciertamente bohemio, pero acaso más centrado que el anterior: en esta misma línea, la primera gran diferencia que podemos ubicar entre ambos grupos no radica especialmente en el uso y consumo de sustancias, si no en la preocupación y los intereses en cuestiones culturales -como el jazz, la literatura o la filosofía- que demuestran los personajes de Rayuela, en oposición al casi solitario consumo de heroína que se erige como eje central en la vida de los personajes de la película.

Esta primera diferencia nos orientará entonces en nuestro desarrollo, en la medida en que deviene soporte de otras y, con ello, nos asiste en el contrapunto con la experiencia vivida por las Madres de Plaza de Mayo: la secuencia de Trainspotting comienza, como comentábamos anteriormente, con los gritos desgarrados de una madre que acaba de descubrir a su hijo muerto. Podemos imaginar largas horas de una madre ausente: presente en cuerpo, quizás, pero ausente desde lo simbólico, completamente alienada por el consumo de heroína. Los gritos dan lugar entonces a una escena helada: a través de los barrotes de la cuna podemos ver el cuerpo azul de un niño que, no quedan dudas, ha fallecido hace mucho tiempo. Ninguno de los allí presentes ha percibido nada, y nada quiere ni puede saber sobre la muerte de ese bebé. Luego de un breve instante de estupor y silencio, la única respuesta posible resulta ser un nuevo “saque”. Muy distintos son los indicadores en el capítulo de Rayuela: todos los allí presentes, excepto la madre, ya saben de la muerte del bebé cuando ella finalmente se anoticia. Para algunos de ellos tan solo basta un cruce de miradas, o un pequeño comentario, para lograr que el otro entienda que ya todos saben: todos, entonces, excepto Lucía, saben que tarde o temprano llegará el momento en que ella intentará darle a Rocamadour su medicación. Tarde o temprano deberá encontrarse, al fin, con aquello que ya todos saben.

Ante el horror que implica la muerte de un hijo, contamos aquí con dos escenarios opuestos en lo que respecta al soporte frente al sufrimiento de una madre. En “Bordear el duelo, bordear el deseo”, Adriana Alfano (2016) desarrolla el concepto de orfandad subvertida para intentar dar cuenta de lo traumático que puede devenir la muerte de un hijo para una madre:

Un hijo adviene en el lugar de la falta en el Otro, falta que no quedará por ello colmada ni clausurada pero que será causa de un deseo en el Otro. Por eso es posible pensar el duelo cuando se pierde a alguien para quien se ha sido causa de su deseo, es decir, se puede hacer un duelo por la pérdida de un padre o una madre. Pero cómo pensar la inscripción de la pérdida cuando se trata de una orfandad subvertida (Alfano, 2016)

Este concepto de Alfano nos orienta en el intento de comprensión de un trauma que se muestra incomprensible, y aún con más fuerzas a la luz de lo ocurrido en la última dictadura militar argentina: nos referimos al trauma vivenciado por una madre que pierde a su hijo pero no logra elaborar esa pérdida, en la medida en que no puede nominarla: no hay tumba, no hay cuerpo, no hay muerte; tan sólo “desaparición”. Si hablamos de soporte ante la pérdida, entonces, las diferencias entre una y otra escena se acrecientan casi de forma exponencial: en la primera, observamos una madre en soledad porque nadie puede anticipar, nadie puede ver, nadie puede contener. En la segunda, un grupo de amigos que sabe de la muerte del niño antes que la madre, y deciden estar allí con ella porque saben que podrán acompañar, que podrán contener.

No son pocos los indicadores que nos orientan en esta dirección: si algo de este increíble escenario que Cortázar monta alrededor de La Maga genera incomodidad en el lector, es la reflexión de Horacio acerca de por qué debería contenerla, o quizás debiéramos decir para qué; para quién: “Pero eso yo lo haría por mí (…) Ella está más allá de cualquier cosa. Soy yo el que después dormiría mejor, aunque no sea más que una manera de decir. Yo, yo, yo”. Horacio reconoce allí su propio narcisismo, pero lo hace desde el sostén que implica su presencia en esa habitación, durante todas esas horas y con un objetivo muy claro. En otras palabras, si Horacio puede pensarse egoísta frente al dolor de la Maga, esto es porque, aunque más no fuera mediante elucubraciones filosóficas o airadas discusiones con vecinos que protestan a causa del ruido, tanto él como sus amigos están ahí por y para ella, para soportar y acompañar su dolor. En Trainspotting, en cambio, Mark Renton no sólo no puede portar la palabra -como le pide un desesperado Sick boy, cuando todos descubren el por qué de los gritos de Allison- frente a aquella imagen absurda; en cualquier caso no puede portar la palabra por estar alienado a la droga, y es precisamente por eso que prefiere, otra vez, portar la heroína como vía de escape a la palabra, a la toma de posición ante aquello que forzosamente se vio enfrentado.

La única respuesta que el grupo de amigos de Trainspotting puede encontrar ante este real que los interpela es precisamente la del consumo: Mark sólo puede decir “voy a preparar otro saque”. Retorna entonces a la heroína, que espera fiel en el centro del living. Allison deja de gritar y le pide una dosis, y él accede. La voz de Mark -ahora en off- relata la forma en que la muerte de ese niño busca licuarse desde el desentendimiento absoluto al respecto de la pérdida: “Podía entenderlo… para aliviar el dolor”. En ausencia de una palabra que nomine, todos allí pretenden olvidar, escapar, mirar con ojos ciegos. Ante este panorama, la madre también sucumbe a la droga como vía de salida al trauma, que no encuentra soporte alguno en las únicas personas que podrían quizás ayudarla a tramitar el dolor. Esta ausencia de regulación a nivel simbólico, ausencia de soporte sobre una madre hundida en el dolor, se hace aún más fuerte en la escena siguiente, cuando la voz en off de Mark hace una breve referencia a Sick Boy, el padre del bebé fallecido: “No sólo el bebé murió ese día. Algo dentro de Sick Boy se perdió y nunca regresó. Al parecer, no tenía ninguna teoría para explicar un momento como ese. Yo tampoco. Nuestra única respuesta fue seguir y mandar todo a la mierda”.

El contrapunto entre estas dos escenas funciona, entonces, como punto de partida para pensar de qué modo la sociedad argentina se posicionó frente a las Madres de Plaza de Mayo; frente al dolor que implicó para ellas la noticia de la desaparición y el posterior asesinato de sus hijos. Partimos del supuesto de que un determinado sector de la sociedad argentina estuvo más cerca de la posición observada en la escena de Trainspotting, que de la escena de Rayuela: más cerca de ese “seguir y mandar todo a la mierda”, que de la adopción de una postura más solidaria para con los familiares de los desaparecidos. Si es cierto, como se dice, que una gran parte de la sociedad argentina no pudo anticipar el asesinato de miles y miles de personas, también es cierto que, cuando las madres se encontraron primero con la desaparición y luego con la certeza de la muerte de sus hijos, una buena parte de ellos prefirió nuevamente, igual que los amigos de Trainspotting, mirar para otro lado y volver al consumo. De alguna forma, así como Mark y sus amigos no logran ocupar una función de soporte del dolor del otro, sucumbiendo ante una absoluta alienación a la droga, podríamos también pensar que una gran parte de la sociedad argentina decidió desentenderse no sólo del sufrimiento ajeno sino también, de modo más general, del genocidio reinante durante años en el país. Esto, siempre en pos de otros signos del Otro, distintos acaso pero no menos peligrosos que la afección de la droga: estos signos bien podrían situarse en el supuesto proceso de “reorganización nacional”; en un Mundial de fútbol, o en una guerra que nunca tuvo ni tendría sentido.

En Rayuela, en cambio, toda la discusión sobre la realidad -que bien podríamos situar como una discusión sobre el deseo y el fantasma- funciona como una forma de ligazón con el otro. Ese otro circunstancialmente es la Maga pero también es Ronald, y Babs, y es también Guy, que a pesar de no estar allí presente en cuerpo y alma [2], sí lo está desde el relato de Etienne. La escena que arma Cortázar en ese pequeño ambiente, por más frío u oscuro que sea, da cuenta de un incontenible interés por el otro que los convoca a seguir adelante: la responsabilidad que les cabe por el dolor del otro; por lo que saben que se avecina. De una forma u otra, se consolida allí un soporte simbólico para ese trauma que está por sucederse; se ubica una palabra donde aún no hay nada; se bordea el agujero.

Es esta acción de nominación del dolor del otro la que se evidencia ausente en Trainspotting, y en gran parte de la sociedad Argentina de la dictadura militar, y de los años que le siguieron. Ante la posibilidad de tomar una cierta responsabilidad por el dolor del otro, por el horror mismo, se observa una sociedad adormecida en los semblantes del individualismo y el miedo. Jorge Alemán (2010) detalla en “Lacan, la política en cuestión”, lo que él entiende que debiera suceder en una sociedad freudiana, asistiéndonos así en el análisis de los efectos que provoca tal desresponsabilización, pero ahora desde el contraejemplo:

Sabemos que desde el momento en que imaginamos una sociedad freudiana, ella se vuelve imposible. ¿Cuáles serían sus condiciones? Apostar al deseo sin garantías sin excluir el horizonte de la responsabilidad (…) En esta sociedad imposible habría lugar para la tragedia singular, pero no para la humillación planificada; encontraría lugar el dolor de existir, pero no la explotación de la fuerza de trabajo; se realizaría la voluntad de decir cualquier cosa y también la de callar, pero no en un silencio cobarde; estaría contemplado el ser extranjeros de sí mismos, pero no el desarraigo obligado para las multitudes [3] (Aleman, 2010)

Precisamente donde no hay lugar para la tragedia singular, en la medida en que las condiciones de posibilidad para una sana elaboración de la pérdida (a través del rito funerario) no están dadas, sólo podrá haber humillación para aquellos que han perdido: para quienes han perdido la vida, la humillación que implica la ausencia de un registro sobre la vida y sobre la muerte; una tumba. Para quienes han perdido a sus seres queridos, la humillación aún más dolorosa de tener que vivir la desresponsabilización, la complicidad, y con ello la injusticia durante muchos años. Porque, como en la escena de Trainspotting, la sociedad de los años posteriores a la dictadura también demostró una absoluta ausencia de solidaridad ante el sufrimiento de las Madres; un permanente mirar para otro lado. En “Infancia e Historia”, Giorgio Agamben comenta que “la experiencia no tiene su correlato en el conocimiento, sino en la autoridad, es decir en la palabra y el relato” (Agamben, 2007, p. 9), planteando de esta forma la importancia de la tramitación de la vivencia por medio de la palabra: aquel que no pueda narrar aquello que ha ocurrido, no obtiene sino un resto de experiencia. El problema, si así podemos decirlo, es que sólo se podrá poner en palabras aquello que se ha podido presenciar; aquello de lo que se ha sido testigo, para lo cual no basta con presenciar la escena en el momento y el lugar oportunos: debe haber allí disposición para ver.

Bien podríamos asociar esta ausencia de disposición para la lectura del horror, que se muestra tan evidente en la escena de Trainspotting y en la mayor parte de la sociedad argentina de la dictadura, con la posición del “Idiota” en la antigua Grecia. La palabra “idiota”, si bien contemporáneamente suele utilizarse de forma despectiva, tiene su origen en los griegos, quienes designaban “idiotas” a aquellos ciudadanos que desoían los asuntos públicos para centrarse únicamente en los privados. De allí que Lacan (1981) haya elegido el término de “Goce del idiota” para poner en palabras, en el Seminario XX, al sujeto ensimismado en un goce masturbatorio solitario, que da cuentas de una no-relación al Otro.

Esta cuestión resulta central a la hora de analizar los beneficios de un escenario tan siniestro para quienes orquestaron el terrorismo de Estado. El primero de estos beneficios es evidente: si algo sirve al neoliberalismo en la prosecución de sus objetivos más macabros -como los desplegados en nuestro país durante la última dictadura militar-, es precisamente esta extraña mixtura de complicidad, negación y olvido ante aquello que debiera interpelar a una sociedad como tal. El discurso capitalista de Lacan nos muestra, del mismo modo, las implicancias que para el sujeto tiene el hecho de quedar atrapado, alienado, bajo los signos del Otro. Pero este beneficio comporta un segundo nivel de análisis que resulta acaso más grave que el anterior, en la medida en que el mismo desentendimiento de la sociedad pone sobre tela de juicio, y lo hace casi de forma automática, todo lo sucedido durante aquellos años. Como planteara el Obispo y filósofo George Berkeley (1989), todo elemento o suceso existe como tal en la medida en que es percibido. Aquello de lo que no hay testigos, entonces, queda puesto en cuestión: la ausencia de una sociedad que pudiera imponer su voz sobre la tragedia posibilitó, de esta forma, el despliegue de diversas teorías que buscaban desmentir lo ocurrido durante el gobierno de facto: el desentendimiento generalizado abrió paso a la impostura del “algo habrán hecho”; de allí a la falta de soporte por el dolor sufrido por las madres, tan solo pequeños pasos.

Al igual que los personajes de la escena de Trainspotting, la sociedad argentina de aquellos años miró siempre con ojos ciegos bien abiertos, ojos de videotape, desoyendo con esto no sólo el duelo de las madres sino también el duelo colectivo que toda sociedad debiera hacer por sus muertos. Afortunadamente, a partir de la derogación de las Leyes del perdón y del consecuente procesamiento de muchos de los genocidas que llevaron adelante el plan sistemático de desaparición de personas, este escenario ha mutado en los últimos años, tanto para las Madres de Plaza de Mayo como para la sociedad toda. La responsabilidad por el continuo despliegue de este escenario en el futuro, con vistas a una significativa compensación ante la pérdida –aún cuando no sea tarea fácil identificar el nivel de esa compensación- recaerá una vez más, no está de más decirlo, sobre la misma sociedad.

Bibliografia

Agamben, G. (2007) Infancia e historia. Buenos Aires, Ed. Adriana Hidalgo.

Aleman, J. (2010) Lacan, la política en cuestión. Buenos Aires, Ed. Grama.

Alfano, A. (2016) Bordear el duelo, bordear el deseo, En Revista Aesthethika. Revista internacional de estudio e investigación sobre subjetividad, política y arte. Departamento de Ética, Política y Tecnología, Instituto de Investigaciones, Facultad de Psicología. Universidad De Buenos Aires. Volumen 12, Nº 1, Junio de 2016.

Berkeley, G. (1989). Comentarios filosóficos. Introducción manuscrita a los principios del conocimiento humano. Recuperado de https://books.google.com.ar/books?id=CtWmb5OP1KcC&lpg=PA12&ots=D_ogT8Lgnc&dq=Introducci%C3%B3n%20manuscrita%20a%20los%20principios%20del%20conocimiento%20humano%20ed&pg=PP1#v=onepage&q&f=false

Cortázar, J (1963) Rayuela. Buenos Aires, Ed. Sudamericana

Lacan, J. (1972-1973) El Seminario. Libro XX. Aún. Buenos Aires, Ed. Paidós.

Lacan, J. (1986). El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires. Ed. Paidós.

Martyna D (11 de Junio de 2015) Trainspotting [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=NELO1PGRjJ4



NOTAS

[1Una escena de la película y un capítulo de la novela: El fragmento de Trainspotting puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=NELO1PGRjJ4. Por otro lado, el capítulo analizado de Rayuela es el número 28.

[2No debemos dejar de lado el juego poético que implica este evidente contrapunto entre la vida de Guy, que no se perdió acaso por milagro, y la vida de Rocamadour: dos actos opuestos que parecen casi darse en simultáneo a nivel cronológico.

[3Subrayamos especialmente aquellos pasajes que, a nuestro entender, aluden casi con una notable perfección a todo aquello que no sucedió en la sociedad Argentina durante muchos años de dolor..





COMENTARIOS

Mensaje de Giselle A. López  » 31 de octubre de 2016 » gisellelopez@psi.uba.ar 

Excelente artículo que recurre a dos recortes de ficción para poder situar el modo en que la sociedad argentina fue testigo del proceso atravesado por las madres (y abuelas) que perdieron a sus hijos y nietos, desaparecidos por la última dictadura cívico militar argentina, metaforizando a través de estos recortes dos posturas bien diversas, una de las cuales se refiere al “no querer ver” en esos ojos bien abiertos, pero ciegos. Modo renegatorio de parte de la sociedad de un crimen público cuyo fundamento se articuló a no dejar huella y cortar los lazos para imponer un modelo económico determinado.
Tanto el presente texto, como el arduo y ejemplar trabajo de las instituciones de Madres y Abuelas, me remite a reflexionar acerca de una situación actual que vive un grupo de madres, que se han congregado y nominado “Madres Víctimas de Trata”. Son mujeres cuyas hijas permanecen desaparecidas y sobre las que se sospecha que están siendo explotadas en prostíbulos clandestinos, conformando redes de trata. Estas mujeres reclaman que los prostíbulos en la actualidad son los “centros clandestinos” contemporáneos. Creemos que se puede hacer una lectura, en el mismo sentido que ubican los autores respecto de modos renegatorios en que la sociedad se posiciona frente a una situación de catástrofe subjetiva: en la misma sociedad en que multitudes reclaman por justicia y protección de derechos para las mujeres, muchos otros sectores sostienen circuitos de violencia y avasallamiento de toda clase de derechos. Ojos ciegos bien abiertos.



Mensaje de Érika Vanesa Tomé  » 31 de octubre de 2016 » erika.vanesa.tome@gmail.com 

Es muy interesante el planteo en relación cuanto a las formas de elaborar el duelo.

Por un lado, el horror frente a la evidencia del cuerpo de un niño muerto (en Trainspotting y Rayuela), y por otro, el horror del vacío ante a la ausencia de un cuerpo que dé evidencia de la muerte, en el caso de las Madres de Plaza de Mayo.

Considero que la sociedad argentina, adormecida y atemorizada tras la dictadura, recién ahora comienza a elaborar el duelo. Recién hoy en día (tras un difícil trabajo de recuperación y construcción de la memoria en los últimos años) comenzamos a sentir esas ausencias como muertes, empezamos a tratar abiertamente el tema, y principalmente, nos permitimos llorar esas ausencias y comprender que los desaparecidos hoy nos faltan a todos.

Saludos. Érika.



Mensaje de   » 26 de septiembre de 2016 »  

¡Hola Nicolás!

Muchas gracias por el comentario.
Es muy acertado lo que marcás acerca de la singularidad del trabajo de duelo y el problema potencial de pensar esto a nivel social.
Definitivamente no buscamos emparentar un concepto con otro, sino por el contrario abrir un interrogante sobre las condiciones de posibilidad que una sociedad puede (o no) presentar u ofrecer para el despliegue de ese trabajo de duelo, ahora sí a nivel singular.
Podríamos decir, en todo caso, que una clara toma de posición a nivel sociedad resulta en muchos casos esencial para el despliegue simbólico o, siguiendo tus palabras, para fomentar los agujeros en esa pared de la que habla Charly García.

Saludos!
Sebastián



Mensaje de Sebastian  » 9 de septiembre de 2016 » sebastian.gamazo@gmail.com 

Buenos días Sebastian y Gervasio,

Les dejo un pequeño comentario:

A las dificultades de la inscripción de la perdida ahí donde no hay cuerpo, y por consiguientes las madres no pueden acceder a los ritos que nuestra cultura impone para comenzar el duelo por la perdida, podríamos esperar fuera la sociedad quienes vía el repudio, la memoria, y el recuerdo, suplementen esa perdida física para comenzar el proceso de duelo, acompañando en este trabajo a las madres, cosa que como bien marcan los autores no aconteció y no es sino en los últimos años que ese proceso se pone en marcha, con la derogación de las leyes de obediencia de vida y punto final. Fue necesario del rol del estado y que se ponga en relieve desde ese lugar la lucha de las madres para que un porcentaje mayor de la población tome nota del lugar que podían ocupar, previo es esto se podría pensar un rol cercano a la banalización del mal por parte del conjunto de la sociedad, las denuncias de civiles que terminaban en la detención de los que serían desaparecidos durante la dictadura dan cuenta de esto. Por estos días nos ponemos frente a autoridades cuya postura frente a estos hechos han sido catalogadas como negacionismo histórico, poniendo en cuestión no solo el número de los desaparecidos sino además ubicando lo acontecido como una “guerra sucia”, teoría de los dos demonios, borrando el rol del estado en un plan sistemático para secuestrar, torturar y aniquilar a una porción de la población.
Podemos pensar que un estado mas ausente en materia de derechos humanos(Aunque no solo en materia de derechos humanos), es solidario con el goce autístico del idiota, sujeto barrado que como Lacan bien destaca se encuentra en el lugar del comando en el discurso capitalista, sin tomar nota que bajo la barra, en el lugar de la verdad, se encuentra el Amo(S1), por otra parte, un estado mas presente lo podríamos analogar al discurso del Amo, y los semblantes que lo interpretan, ambas posiciones tienen un saldo en los sujetos, y una forma particular de gozar/sufrir en los mismos. Las consecuencias subjetivas de un retorno a posiciones que parecían superadas en torno a los desaparecidos, estas que los autores ponen en serie con el grupo de amigos de trainspoting, las iremos apreciando por sus efectos, aunque el repudio parcial a esta situación nos haga pensar que no hay un para todos posible, y que, como en los discursos, la forma de lazo no es estática, como la posición del sujeto.

Me gustó mucho el escrito, saludos!



Mensaje de Nicolás Herrera  » 30 de agosto de 2016 » nicolasnh.7192@gmail.com 

¡Hola Gervasio y Sabastián!

Es muy interesante como relacionan ambas historias "ficcionales" y la lucha de las madres, que no por muy real deja de parecer de "película". El duelo como trabajo simbólico, tanto el de las madres como el de la sociedad, creo que, como ustedes exponen, es comparable a lo que la Maga o Allison pueden hacer con el horror de perder un hijo.
Creo igual que saltar de lo singular de los personajes a el plural de la sociedad o, incluso, "las" madres, puede ser un problema para pensar la singularidad del trabajo de duelo. Pero analizar las posturas responsables (o no) que se tuvieron frente al dolor de otros me parece muy pertinente para pensar que sociedad queremos.
Y si "este mundo te dirá por siempre que es mejor mirar a la pared", habrá que hacerle algunos agujeros...

Saludos, Nicolás.


Película:Trainspotting | Rayuela

Titulo Original:Trainspotting | Rayuela

Director: Danny Boyle | Julio Cortázar

Año: 1996 | 1963

Pais: Reino Unido | Argntina

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