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Distopías de la genética: 1 %

por Laso, Eduardo

A partir de cuatro episodios breves, Netflix ha lanzado Szarne Lusterko, la serie polaca inspirada en Black Mirror. Uno de estos episodios se titula “1 %” e introduce en apenas 15 minutos cuestiones cruciales de bioética: tecnología aplicada a la reproducción humana, sofisticados test predictivos y farmacología para interrupción de embarazos avanzados. En un homenaje a los films clásicos “Gattaca” y “Minority Report”, presenta un futuro distópico de eugenesia y control biopolítico de los cuerpos. Como en episodios anteriores de Black Mirror, se muestran de manera amplificada cuestiones que ya están presentes en la actualidad, como las que recorren en estos días el debate sobre la legalización del aborto.

Ciencia y biopoder

La ciencia produce un saber conjetural, crítico y en permanente cambio y revisión. No propone verdades ni certezas, sino un saber hipotético validado por evidencias parciales y posible de ser cuestionado y eventualmente cambiado. El conocimiento científico ha adquirido un lugar de prestigio y confiabilidad en el imaginario social desde el triunfo de la ciencia moderna en el siglo XVI. Sin embargo como práctica social, la ciencia no escapa a los usos políticos que puedan hacerse de sus productos teóricos y técnicos. Incluso ella misma puede ponerse al servicio de dichos empleos.

Michel Foucault propuso el concepto de “biopoder” para aludir a la práctica propia de los estados modernos de emplear diversas técnicas tendientes a subyugar los cuerpos y controlar las poblaciones. En su Historia de la sexualidad, el pensador francés señalaba que en los últimos dos siglos se había producido un cambio en el ejercicio del poder por parte de los Estados: si antes el poder se basaba en la capacidad del soberano de dar muerte, ahora se basa en la capacidad de gestionar la vida, de controlarla, organizarla y mejorarla. En ese aspecto, las ciencias naturales –especialmente la biología, la genética y la bioquímica- son tomadas en esta estrategia de poder por la cual se toman ciertas conjeturas científicas como verdades irrevocables, montándose en el prestigio ganado por la ciencia como lugar de garantía de una producción de saber testeado y probado. Y así, las teorías biologistas y genetistas se proyectan a futuro como un modo de control y regulación social. Sus conjeturas pasan a ser certezas, y las probabilidades pasan a ser predicciones. Modo mediante el cual la ciencia derrapa en ideología.

Recientemente el Consejo Nuffield sobre Bioética concluyó que es "moralmente permisible" la modificación intergeneracional del genoma humano: "consideramos que la edición del genoma no es moralmente inaceptable en sí misma", dijo la profesora Karen Yeung, presidenta del grupo de trabajo que produjo el informe. El informe abre así la posibilidad de tener bebés de diseño. Se habilita una nueva política de eugenesia a nivel humano en el que las modificaciones de los genes se emplearían para fines de mejora y cosméticos, en función de los caprichos y gustos de los padres, según lo que entiendan sería lo deseable para sus hijos. Entre las voces críticas, Marcy Darnovsky, del Centro de Genética y Sociedad, en California, comentó “han tendido una alfombra roja para el uso irrestricto de la ingeniería genética heredable, y una edad dorada en la que algunos son tratados como "poseedores" genéticos y el resto como "desposeídos". [1]

La ideología cientificista alienta la ilusión de que saber y ser queden superpuestos sin resto. Vieja ilusión de saber y control absolutos, sueño racionalista por el que todo lo real es racional y todo lo racional es real. Pero siempre hay algo que escapa al cálculo y al control racional. Siempre se hace presente algún elemento de azar en el funcionamiento de la naturaleza. Singularidades incontrolables e incalculables que escapan a los mecanismos de control biopolíticos. El sujeto es uno de esos singulares no saturables por lo biológico ni por lo simbólico.

1 % como cifra de la singularidad no codificada

El capítulo 1 % de la serie-homenaje a Black Mirror realizada por la televisión polaca [2], imagina una sociedad en la que la biopolítica del futuro es una etapa superior del esencialismo determinista, de la mano de la genética. Si el discurso religioso viene sosteniendo que el sujeto humano ya está presente en las células reproductivas (por lo que el aborto sería un asesinato), la genética nos dice que el sujeto humano no sólo ya está en las células, sino que sus genes nos informan cómo será ese sujeto luego de nacer. Su ser mismo ya estaría decidido en el determinismo genético. Y esta capacidad predictiva permite implementar una política dirigida a estos futuros miembros de la sociedad, determinada por lo que los estudios genéticos arrojen como probabilidad estadística. La genética permitiría saber de antemano si los futuros nacidos serán “genios” o “asesinos”. Con una probabilidad del 99 al 100 %. Casi una certeza. Casi…

En la línea de películas como Gattaca, a la que el episodio rinde homenaje, propone la pesadilla de una sociedad que aplasta al sujeto bajo el supuesto determinismo de los datos genéticos. El Estado eleva la genética a saber absoluto que permitiría prever cómo será un sujeto en el futuro. Y en función de dichas predicciones, se planifican diferentes destinos según la categoría en que los futuros nacidos han sido clasificados. En este escenario distópico, el Estado tiene derecho de apropiarse de aquellos sujetos que se tornen genéticamente “personas de interés”, sea porque son potenciales genios, o potenciales psicópatas.

La empleada a cargo de tomar los tests a las mujeres embarazadas representa el biopoder burocrático, que transforma una probabilidad estadística particular, en la determinación sobre un singular, sin contemplar que este pudiera estar dentro del 1 %. Desde la certeza de lo general, aplasta la posible excepción… Ese 1 % se vuelve aquí el nombre de la singularidad que queda anotada como cifra para luego forcluirse, como si no existiera. Se elimina así la brecha que introduce el no-todo: la certeza del estudio es del 99 %, pero a ese 1 % restante se lo deja de lado, haciendo del resultado estadístico un universo totalizador. También se deja fuera de consideración el factor de error maquínico y/o humano bajo la ilusión de un saber totalizador de la ciencia, a la que esta nunca podría aspirar.

“Libertad” para el aborto

Luego de que la pareja se entera que su futuro hijo está clasificado por el test genético en la categoría 39-22 (desviación psicótica, asesinos, psicópatas, personas que no pueden vivir en sociedad) se produce un debate inútil en torno de los resultados que el estudio arrojó, para darse no contra la ciencia, sino contra el discurso biopolítico disfrazado de jerga científica en el que las probabilidades se leen como una predicción infalible. La técnica les informa didácticamente que todos tenemos un patrón que seguimos en la vida el cual se rige por ciertos factores: intuición, subconsciencia, inclinación a comportamientos específicos. Y que la fiabilidad del estudio es del 99 %. Para un niño en categoría 39-22 el futuro está determinado y el Estado tiene una política para esos potenciales sujetos: al cumplir los 6 años se los lleva a un establecimiento especial para que vivan de manera apropiada a su condición. Vale decir, como prisioneros. Como en el film de Steven Spielberg Minority Report, hay aquí una sentencia previa, basada en los datos que la genética proveería, elevada a oráculo sagrado por el biopoder de turno.

La discusión que se desarrolla a partir de allí con los padres pone en juego el nivel de prejuicio y discriminación de esta lógica: la técnica pasa a referirse al futuro niño como una amenaza para la sociedad, como un asesino o un violador, al punto que la futura madre dice irónicamente “Usted señora lo sabe todo. Mi hijo aún no ha nacido, pero resulta que ya lo conoce mejor que yo”. Y le gritan que no tiene derecho a planear una vida que aun no ha sucedido. “¡No puede ser que las personas no tengan influencia sobre aquello en lo que se convertirán!” y señalan la paradoja de que la estrategia implementada por el Estado no previene la criminalidad, sino que la produce con su estrategia de nominación y segregación.

En este escenario futuro, el aborto está permitido. Pero en el episodio la libertad para abortar es en verdad la única alternativa que el biopoder estatal le deja a esta pareja, que queda atrapada en un vel alienante en el que, elija lo que elija, pierde al hijo, que ya ha sido condenado: o la prisión, o no nacer. El derecho a decidir si se desea o no tener un hijo se pervierte en esta situación en la que el deseo de maternidad no está en cuestión; al contrario: es ese mismo deseo materno el que puede conducir a la decisión de abortar, en tanto la madre y el padre no desean para su hijo una vida de condenado. En este contexto, y como ironía situacional, la clínica llama para avisarles que hubo un error en los datos y que la categoría del niño es otra más benéfica, pero el llamado se produce justo en el momento en que la pareja ya puso en práctica el procedimiento para abortar. El padre está tan embargado de dolor que ni siquiera mira el teléfono, suponiendo que es su insistente madre. De pronto advierte que es la clínica y levanta el teléfono… Nunca sabremos si atendió a tiempo o ya es demasiado tarde.

Un último detalle: que el padre se culpe por no haber atendido a tiempo es, por supuesto, una posible respuesta superyoica de este sujeto, al servicio de sostener que el Otro no está castrado. O lo que es lo mismo, para pretender que el sistema totalitario en que está montado el poder no tendría responsabilidad en este aborto forzado.

Con la colaboración de Juan Jorge Michel Fariña



NOTAS

[2Acerca de esta nueva temporada de Black Mirror ver la reseña de Magalí Legarralde en: http://aesthethika.org/Reprogenetica-y-terapia-cognitivo Al final del comentario están disponibles los enlaces para el visionado online de cada episodio.